Capítulo 2 de 25
Una casa que no era un hogar
La primera noche, Zuleima durmió con los pendientes puestos.
No porque le gustara hacerlo, sino porque se negó a aceptar que aquella habitación fuera suya. Dejó la maleta abierta sobre una silla y el vestido de la boda colgado en la puerta del armario. Pensó que Alfredo llegaría, explicaría el malentendido y se la llevaría a otro lugar.
A medianoche todavía esperaba.
A las dos escuchó pasos en el pasillo.
Se incorporó, pero nadie llamó.
A las cuatro apagó la lámpara.
Cuando despertó, uno de los pendientes le había lastimado el cuello.
Se lo quitó frente al espejo y encontró una pequeña marca roja.
* * *
En la cocina había una mujer de cabello entrecano que preparaba café.
—Buenos días, señora.
Zuleima miró alrededor.
—¿Dónde está Alfredo?
—No sabría decirle.
—¿Cómo se llama usted?
—Teresa.
Sobre la mesa había fruta cortada, huevos, pan y un vaso de jugo. Todo estaba dispuesto con un cuidado que le pareció insultante. Podían adivinar qué quería desayunar, pero nadie se dignaba a decirle dónde estaba su marido.
—No tengo hambre.
Teresa apagó la estufa.
—Le guardo algo para después.
Zuleima abrió el refrigerador y volvió a cerrarlo. No buscaba comida; necesitaba hacer algo que no fuera esperar.
—¿Usted vive aquí?
—Me quedo entre semana.
—¿Y el fin de semana puedo estar sola?
La mujer vaciló.
—Los muchachos siempre están.
Los muchachos.
Así llamaba a los hombres que caminaban alrededor de la casa con armas ocultas bajo la ropa.
Zuleima salió al jardín. Un escolta levantó la cabeza desde una silla próxima al muro.
Era joven, aunque no tanto como ella, y tenía una cicatriz en una ceja.
—Buenos días, señora.
La palabra empezaba a irritarla.
—¿Cómo te llamas?
—Iván.
—¿Tú también necesitas permiso para salir?
Él tardó un instante en responder.
—Estoy trabajando.
—Yo no.
Iván bajó los ojos.
Zuleima continuó hasta la piscina. El agua estaba limpia y quieta. En El Bordo había imaginado muchas veces una vida semejante: desayunos servidos, un jardín, ropa nueva, tiempo para no hacer nada.
Nunca había imaginado que ese tiempo pudiera volverse insoportable.
* * *
Alfredo llamó por la tarde.
Ella contestó al primer timbrazo y se odió por haberlo hecho.
—¿Cómo está mi esposa?
—Aburrida.
—Aprovecha para descansar.
—No estoy cansada. Quiero ir a ver a mi mamá.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Hubo una pausa.
—Porque hay asuntos que necesito acomodar.
—Puedes llevarme tú.
—Estoy fuera de la ciudad.
Zuleima se levantó de la cama.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
—Ni siquiera te despediste.
—Estabas dormida.
Ella miró la maleta abierta.
—¿Cuándo vuelves?
—Te aviso.
La respuesta le recordó todas las veces que había esperado su llamada antes de casarse. Entonces podía salir con Nadia, ir al salón o caminar hasta la tienda. Ahora la espera tenía muros.
—Alfredo, no quiero vivir aquí.
Su voz cambió.
—Es una buena casa.
—No he dicho que sea mala.
—Entonces disfruta lo que tienes.
Zuleima apretó el teléfono.
Quiso decirle que había comprado una esposa y la había guardado junto con sus muebles.
En lugar de eso, preguntó:
—¿Puedes mandarme algunas cosas?
—Haz una lista.
Él parecía aliviado. Esa petición sí la entendía.
Durante las semanas siguientes llegaron cajas.
Vestidos, perfumes, zapatos, cremas que Zuleima había visto anunciadas y jamás había podido pagar.
Las abría sobre la cama y fotografiaba algunas compras contra la pared, evitando ventanas y reflejos. Antes de subir cualquier imagen debía enseñársela a Rogelio.
La primera vez creyó que era una broma.
—¿También vas a escoger lo que publico?
—Tengo que revisar que no aparezca nada de la propiedad.
—Es una bolsa.
Rogelio amplió la fotografía.
En una superficie metálica se distinguía parte del jardín.
—Tome otra.
Zuleima le arrebató el teléfono.
—Ni mi mamá me revisaba así.
—Su mamá no tiene los problemas de don Alfredo.
Lo dijo sin dureza. Eso la molestó todavía más.
Rogelio nunca necesitaba levantar la voz. Le bastaba con recordar que todas las decisiones importantes pertenecían a alguien que no estaba allí.
* * *
Su madre aceptaba sus llamadas, pero evitaba preguntar por Alfredo.
—¿Ya repararon la pared de atrás? —preguntó Zuleima una tarde.
—Sí.
—Puedo mandarte más dinero.
—Tengo lo necesario.
—Podrías cambiar el refrigerador.
—Todavía sirve.
Zuleima caminaba por el vestidor mientras hablaban. Rozó con los dedos una hilera de vestidos que no tenía dónde usar.
—¿Estás enojada conmigo?
Su madre tardó en contestar.
—Estoy preocupada.
—No me falta nada.
—Eso no fue lo que te pregunté.
Zuleima se sentó en el suelo.
Al otro lado escuchó el ruido familiar del ventilador.
Por un momento quiso pedirle que fuera por ella.
Enseguida recordó las calles anegadas, las monedas contadas sobre la mesa y las miradas de las clientas del salón cuando descubrían de dónde venía.
—Estoy bien, mamá.
La frase le salió con demasiada rapidez.
* * *
El primer traslado ocurrió al amanecer.
Teresa abrió la puerta de su habitación sin esperar respuesta.
—Tiene que levantarse.
Zuleima se cubrió con la sábana.
—¿Qué pasa?
—Nos vamos.
Rogelio apareció en el umbral.
—Póngase algo cómodo. Solo lleve lo indispensable.
—¿A dónde?
—Se lo explicamos después.
Ella buscó el teléfono.
Tenía un mensaje de Alfredo:
Haz lo que te diga Rogelio.
Nada más.
Metió ropa en una bolsa con manos torpes. Cuando intentó llevarse una caja de joyas, Rogelio negó con la cabeza.
—Eso se recoge luego.
—Son mías.
—Señora, tenemos que salir.
Aquella fue la primera vez que le habló con impaciencia.
Zuleima cerró la caja de golpe y la dejó sobre la cómoda.
En el pasillo vio a Iván sosteniendo una puerta. Otro hombre hablaba por teléfono en voz baja.
Teresa llevaba únicamente un bolso.
—¿Tú también vienes? —le preguntó.
—Sí.
Zuleima sintió un alivio que le dio vergüenza. Apenas conocía a esa mujer, pero era la única persona de la casa cuya presencia no le parecía una advertencia.
* * *
La nueva propiedad era más pequeña.
Desde la ventana de su habitación se veía un patio con un limonero y una pared amarilla. No había piscina ni vestidor.
Zuleima recorrió los cuartos sin hablar.
Después encontró a Rogelio junto a la entrada.
—Quiero saber por qué nos fuimos.
—Había que cambiar de lugar.
—Eso ya lo sé.
Él guardó su teléfono.
—Por ahora se va a quedar aquí.
—¿Cuántas casas más tienen?
Rogelio la miró con atención.
—Las necesarias.
Ella soltó una risa breve.
—Siempre tienen la misma respuesta.
—Porque no siempre podemos darle otra.
Zuleima comprendió que obtener información sería más difícil que conseguir cualquier regalo.
También comprendió que debía escuchar.
A partir de entonces observó quién recibía llamadas, quién discutía con Rogelio y quién bajaba la voz cuando ella entraba. Aprendió a distinguir el ruido de una salida normal de aquel silencio brusco que precedía a una orden.
No sabía todavía qué ocurría fuera de las casas.
Dentro empezaba a conocer las reglas.
* * *
Alfredo fue a verla casi cuatro meses después de la boda.
Llegó al anochecer con flores y una pulsera.
Zuleima había imaginado su llegada muchas veces. En algunas lo abrazaba; en otras le arrojaba todo lo que le había comprado.
Cuando lo tuvo delante, permitió que la besara.
—Estás más bonita —dijo él.
—Tú estás igual.
Alfredo no advirtió la falta de entusiasmo.
Durante la cena habló de un viaje y de personas cuyos nombres ella desconocía. Zuleima intentó contarle que Teresa tenía una hija enferma, pero él la interrumpió para responder una llamada.
La dejó sentada frente al plato.
Más tarde, en la habitación, quiso acercarse a ella como si aquellos meses hubieran sido una ausencia de pocas horas.
Zuleima correspondió por obligación y después permaneció despierta, mirando la franja de luz bajo la puerta.
No sintió deseo ni ternura. Le pesaba la familiaridad con la que Alfredo disponía de ella, sin preguntarse qué había ocurrido durante todo el tiempo que no estuvo.
A la mañana siguiente él volvió a irse.
La pulsera quedó sobre la mesa de noche.
* * *
El segundo traslado fue rápido.
El tercero, humillante.
En aquella ocasión Zuleima perdió la mitad de su ropa porque nadie consideró importante recogerla.
Discutió con Rogelio hasta que él dijo:
—Prefiero que me reclame por un vestido y no tener que explicarle a su marido por qué la dejé allí.
Zuleima calló.
Empezaba a entender que las casas no eran domicilios.
Eran lugares donde la escondían.
* * *
Habían entrado en el quinto mes de matrimonio cuando ocurrió el primer ataque. Teresa estaba sirviendo sopa.
Zuleima llevaba el cabello recogido y un vestido sencillo. Había pasado la tarde mirando videos sin prestarles atención.
El primer golpe llegó desde la calle.
Después escuchó voces.
Iván entró en la cocina.
—Al suelo.
Teresa soltó el cucharón.
Zuleima se quedó inmóvil.
Hubo un estruendo que hizo temblar los cristales y una voz gritó desde afuera que eran agentes federales.
Iván la sujetó del brazo.
Ella cayó detrás de la mesa justo cuando una ventana se rompía.
El ruido ocupó toda la casa.
Zuleima se cubrió la cabeza. No podía distinguir órdenes, disparos ni pasos; únicamente sentía el suelo bajo las rodillas y la mano de Teresa aferrada a su vestido.
Rogelio apareció con el rostro ensangrentado.
—Levántese.
Zuleima intentó hacerlo, pero una pierna no le respondió.
Él la alzó y la arrastró hacia el pasillo.
Antes de doblar la esquina, ella vio a Iván junto a la puerta de la cocina.
No se movía.
Quiso decir su nombre.
Rogelio tiró de ella.
—Siga caminando.
* * *
Cuando alcanzaron otra propiedad, Zuleima tenía sangre seca en el brazo y un pequeño corte sobre la ceja.
Preguntó por Teresa.
Nadie le dio una respuesta.
Preguntó por Iván.
Rogelio se sentó frente a ella y bajó la cabeza.
Esa vez no hizo falta insistir.
* * *
Alfredo llegó antes del amanecer.
Observó el vendaje, tocó su rostro y luego apartó la mano.
—Esto no vuelve a pasar.
Zuleima no respondió.
Él llamó a Rogelio al corredor. La puerta quedó entreabierta.
—Quiero a Miguel aquí.
—¿Miguel? —preguntó Rogelio—. Apenas se encarga de asuntos menores.
—Sé lo que hace.
—Para una responsabilidad así...
Alfredo lo interrumpió.
—Lo conozco desde niño. A ese muchacho lo vi crecer. Se queda con ella y responde directamente ante mí.
Zuleima levantó la cabeza.
Era la primera vez que escuchaba aquel nombre.