Capítulo 1 de 25
El precio de salir
La primera vez que Zuleima vio a Alfredo Barragán, estaba sacando agua sucia de su casa con una cubeta rota.
La lluvia había desbordado el drenaje y dejado una capa oscura sobre el piso de cemento. Debajo de la mesa flotaba una sandalia. Su madre intentaba rescatar unas fotografías mientras el refrigerador, desconectado desde la madrugada, despedía un olor agrio.
Zuleima llevaba un vestido corto, viejo, recogido a los lados para no mojarlo. Tenía dieciocho años y una certeza que había aprendido antes de saber multiplicar: la pobreza podía meterse por debajo de cualquier puerta.
—Ayúdame con esto —pidió su madre, sosteniendo una caja.
—Ya estoy ayudando.
—Sin hacer esa cara.
Zuleima dejó caer el agua en la calle.
—¿Qué cara quieres que haga?
Su madre no respondió.
En la colonia El Bordo, al oriente de una ciudad donde los edificios nuevos parecían crecer exclusivamente para otros, cada temporada de lluvias repetía la misma humillación. Los vecinos levantaban muebles sobre ladrillos, los niños perdían cuadernos y las autoridades aparecían cuando el agua ya se había ido, acompañadas de cámaras.
Aquella mañana llegó una camioneta negra.
Luego otra.
Después un hombre con zapatos demasiado limpios para esa calle.
Zuleima lo observó mientras se acercaba al dueño de la tienda. No era guapo. Tenía el rostro ancho, el cabello peinado hacia atrás y una barriga discreta bajo la camisa. Sin embargo, algo cambiaba alrededor de él: las conversaciones bajaban de volumen y los hombres apartaban las manos de los bolsillos.
El tendero salió a recibirlo.
—Don Alfredo.
El recién llegado miró las casas inundadas.
—Díganle al ingeniero que venga hoy.
—Sí, señor.
—Hoy —repitió.
Zuleima dejó la cubeta junto a sus pies.
Alfredo volvió la cabeza.
La miró sin disimulo.
Ella sostuvo su mirada.
Más tarde recordaría ese instante como el principio de una desgracia. Aquella mañana, sin embargo, solo vio un reloj que costaba más que todo lo que había dentro de su casa.
* * *
Trabajaba en un salón de belleza seis calles más adelante.
Barría cabello, lavaba toallas y atendía llamadas por un sueldo que desaparecía entre comida, transporte y las medicinas de su madre. Cuando sobraban veinte pesos, sentía que debía decidir qué clase de necesidad podía esperar.
Su jefa, Marisela, decía que tenía suerte.
—Con esa cara, mija, puertas no te van a faltar.
Zuleima sonreía frente al espejo.
Sabía que era hermosa. Los hombres se lo recordaban desde una edad en la que todavía no comprendía por qué algunos cumplidos la hacían sentir sucia. Tenía ojos oscuros, cabello abundante y una figura que las clientas observaban con una mezcla de admiración y fastidio.
También sabía distinguir entre un hombre que podía invitarle una cena y uno que podía cambiarle la vida.
A los primeros los ignoraba.
A los segundos todavía no había conseguido acercarse.
Su amiga Nadia le enseñaba fotografías de restaurantes, bolsos y habitaciones con ventanas enormes.
—Algún día —decía.
Zuleima detestaba esas palabras.
Algún día significaba quedarse esperando mientras la humedad avanzaba por las paredes.
Ella quería una fecha.
Un viernes por la tarde, un hombre entró al salón y preguntó por ella.
Llevaba una camisa gris y una pequeña cicatriz junto a la boca.
—Don Alfredo quiere invitarte a cenar.
Marisela dejó de cortar.
Nadia, sentada cerca del mostrador, bajó el teléfono.
Zuleima siguió doblando una toalla.
—¿Cuál Alfredo?
El hombre sonrió apenas.
—El que estuvo en tu calle.
—No lo conozco.
—Para eso es la cena.
Le entregó una tarjeta con un número escrito a mano.
—Si aceptas, pasan por ti mañana a las ocho.
Cuando se fue, nadie habló durante varios segundos.
Finalmente, Marisela cerró las tijeras.
—No vayas.
Zuleima miró la tarjeta.
—Hace un momento decías que mi cara me iba a abrir puertas.
—Hay puertas que después no puedes cerrar.
* * *
Su madre también reconoció el nombre.
Estaba sentada junto a la ventana, cosiendo el borde de una sábana.
—Ese hombre no hace favores —dijo.
—Me invitó a cenar.
—Los hombres como él nunca invitan solamente a cenar.
Zuleima abrió el pequeño armario.
Tenía tres vestidos adecuados para salir. Uno estaba desteñido; otro conservaba una quemadura de plancha. Eligió el tercero.
—No voy a casarme con él.
Su madre dejó la aguja sobre sus rodillas.
—Tu padre también creyó que podía aceptar un trabajo y luego irse.
El silencio llegó de golpe.
El padre de Zuleima había desaparecido siete años antes. Durante meses, su madre visitó oficinas donde todos pedían otra copia, otro documento, otra espera. Después dejó de ir. Nunca dejó de mirar hacia la puerta cuando alguien golpeaba.
—Papá manejaba un camión —respondió Zuleima.
—Y un día llevó algo que no debía.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Tiene que ver con creer que siempre vas a poder escoger.
Zuleima sostuvo el vestido contra su cuerpo.
En el espejo vio la cama estrecha, la pared manchada y el ventilador al que le faltaba un aspa.
—Yo ya escogí quedarme aquí durante dieciocho años.
Su madre la miró con un cansancio que le dolió más que un reproche.
—Nadie te está pidiendo que te quedes.
—Entonces no me pidas que rechace la única oportunidad que aparece.
* * *
El restaurante estaba en la parte de la ciudad donde las calles no se inundaban.
Alfredo la esperaba en una mesa apartada. Se levantó cuando la vio y apartó una silla.
—Te ves preciosa.
—Gracias.
Zuleima se sentó procurando no mostrar que nunca había estado en un lugar semejante.
Había aprendido algunas cosas mirando videos: no acomodarse el cabello a cada instante, no preguntar el precio de los platillos y no observar el restaurante como si acabara de entrar a un museo.
Alfredo pidió vino.
Ella eligió agua.
—¿No tomas?
—Prefiero acordarme de lo que digo.
Él soltó una carcajada.
—Eso me gusta.
Conversaron sobre el salón, la colonia y su madre. Alfredo escuchaba con una atención que parecía generosa hasta que Zuleima descubrió que conocía detalles que ella no había mencionado.
Sabía dónde trabajaba.
Sabía que su madre tenía problemas de presión.
Sabía que su padre no había vuelto.
Zuleima dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Preguntó por mí?
—No invito a cualquiera.
La respuesta debía halagarla.
También debía advertirle algo.
Ella decidió quedarse con la primera interpretación.
—¿A qué se dedica? —preguntó.
Alfredo cortó un trozo de carne.
—Tengo negocios.
—Eso dicen todos.
Él la miró.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
Después regresó, más pequeña.
—Yo tengo más que la mayoría.
Zuleima pensó en la cubeta rota.
—Entonces supongo que trabaja mucho.
—Demasiado.
—¿Y para qué quiere compañía si nunca tiene tiempo?
Alfredo apoyó los cubiertos.
—Porque puedo comprar muchas cosas. Llegar a una casa y encontrar a alguien que quiera verme es más difícil.
Ella supo reconocer una invitación cuando la escuchó.
También supo que aquel hombre confundía querer verlo con necesitarlo.
No lo corrigió.
* * *
Durante los meses siguientes llegaron regalos.
Primero un teléfono.
Después ropa.
Luego dinero para reparar el techo.
Su madre rechazó el sobre hasta que una noche la lluvia volvió a caer sobre la cama.
Zuleima pagó a los trabajadores sin decirle de dónde salía el dinero.
Alfredo la llevaba a cenar cuando estaba en la ciudad. En ocasiones pasaban dos semanas sin verse. Otras veces él llamaba pasada la medianoche y esperaba que ella estuviera lista en veinte minutos.
Nunca preguntaba si tenía planes.
Zuleima dejó el salón.
Compró zapatos que no necesitaba y descubrió el placer de entrar a una tienda sin hacer cuentas. Publicaba fotografías de sus compras, cuidando que Alfredo no apareciera.
Esa era una de sus reglas.
Nada de imágenes de él.
Nada de ubicaciones.
Nada de preguntas acerca de sus viajes.
—Me gusta la discreción —explicó.
A Zuleima también le gustaba.
Le permitía inventar una vida mejor que la verdadera.
En las fotografías no se veían las esperas, sus cambios de humor ni la manera en que los hombres que lo acompañaban vigilaban las puertas.
Tampoco se veía que ella empezaba a sentir alivio cuando él anunciaba que debía irse.
Alfredo era atento mientras recibía obediencia.
Una noche le quitó el teléfono de la mano porque estaba respondiendo un mensaje durante la cena.
—Cuando estoy contigo, estás conmigo.
Lo dijo suavemente.
Zuleima tuvo ganas de levantarse.
Entonces recordó que llevaba en los pies unos zapatos pagados por él y que su madre había dormido seca por primera vez en años.
Se quedó.
* * *
Cumplió diecinueve años en una casa con piscina.
Alfredo le regaló unos pendientes y una pequeña caja que permaneció cerrada hasta después del pastel.
Dentro había un anillo.
—Quiero que seas mi esposa.
Zuleima lo miró.
Él tenía cuarenta y siete años. Al hablar de futuro, lo hacía como si pudiera ordenarlo.
—¿Lo dice en serio?
—No juego con estas cosas.
Ella pensó en los vestidos, en los viajes prometidos y en el rostro de Nadia cuando viera el anillo.
También pensó en las manos de Alfredo sobre su cuerpo y en lo mucho que deseaba que ciertas noches terminaran pronto.
Empujó ese pensamiento hacia un lugar donde no estorbara.
—Sí —respondió.
Su madre no asistió a la boda.
Fue una ceremonia pequeña, en una finca donde los invitados parecían conocer alguna información que Zuleima todavía ignoraba.
Uno de ellos, un hombre llamado Rogelio, entregó una carpeta al encargado de los documentos.
Zuleima alcanzó a ver su fotografía en varias hojas.
—¿Para qué necesitan tantas copias?
Alfredo cerró la carpeta.
—Para que no te falte nada.
Luego le tomó la mano.
El anillo le apretaba un poco.
* * *
Tres días después, Zuleima descubrió que no viviría con su marido.
Alfredo se lo comunicó durante el desayuno.
—Vas a estar en otra propiedad.
—¿Cuánto tiempo?
—Lo necesario.
—Acabamos de casarnos.
—Precisamente por eso tengo que cuidarte.
Ella miró a Rogelio, que esperaba junto a la puerta.
—¿Cuidarme de quién?
Alfredo untó mantequilla en una tostada.
—De gente que quisiera hacerme daño a través de ti.
Por primera vez, Zuleima escuchó con claridad lo que había decidido no preguntar.
—¿Qué clase de gente?
Él levantó los ojos.
—No necesitas saberlo.
Aquella tarde la trasladaron a una casa rodeada por muros altos.
Tenía habitaciones grandes, muebles nuevos y un vestidor lleno de ropa de su talla.
También tenía cámaras.
Un hombre permanecía junto al portón y otro vigilaba el jardín.
Zuleima caminó hasta la entrada con el teléfono en la mano.
—Voy a comprar unas cosas.
El escolta no se apartó.
—Tiene que autorizarlo don Alfredo.
—Soy su esposa.
—Por eso, señora.
Ella observó el portón cerrado.
Sacó el teléfono y llamó a su marido.
No respondió.
Volvió a llamar.
Rogelio apareció detrás de ella.
—Está ocupado.
—Quiero salir.
—Hoy no se puede.
Zuleima miró su anillo. Después, la calle que apenas alcanzaba a distinguir entre los barrotes.
Había conseguido salir de El Bordo.
Ahora necesitaba permiso para cruzar una puerta.