Capítulo 15 de 15
El nombre que conservó el agua
La primera vez que Eréndira se rio dentro del agua, el sonido la sorprendió.
Había intentado seguir a un pez pequeño entre las ramas sumergidas y terminó atrapada por el cabello en una horqueta. Los había descubierto cerca del arroyo que entraba por el norte: aquel hilo de agua, antes perdido entre las piedras, desembocaba ahora en la nueva orilla. Tardó varios minutos en soltarse. Cuando por fin pudo apartarse, encontró al pez inmóvil frente a ella, como si hubiera esperado para comprobar que salía.
La joven se llevó una mano a la cabeza. Después empezó a reír. El sonido atravesó la profundidad, rozó los troncos y se perdió entre las piedras.
Por un instante sintió vergüenza, como si aquella alegría traicionara todo lo que había sufrido. Luego vio la luz de la mañana descendiendo hasta el fondo.
Se quedó allí, suspendida entre las ramas. El lago también podía contener aquel momento.
Había aprendido a dormir en una hondonada protegida de las corrientes, cerca de la roca. El hambre seguía llegando, aunque de otra manera: a veces tardaba mucho en sentirla y otras ascendía buscando la comida que Uárhi le enviaba en un cesto. Descubrió que podía comer sentada contra una piedra, con la cola sumergida, y que necesitaba bajar de nuevo cuando el aire empezaba a secarle la garganta.
El corte del pulgar cerró poco a poco. Las marcas de la cuerda tardaron más. Eréndira las observaba al despertar y reconocía en aquellas señales un cuerpo que todavía debía cuidar.
Tarecuato construyó una pequeña vivienda cerca de la ribera. Eligió un terreno alto, donde la tierra permanecía firme incluso después de las primeras lluvias. Hirápan lo ayudó a levantar los postes y se quejó durante toda una mañana de que el joven medía las distancias mirando hacia el agua.
—La puerta está de este lado —le recordó.
Tarecuato acomodó una viga.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de buscarla cada vez que se mueve una hoja.
Eréndira los escuchaba desde una parte de la orilla cubierta de juncos. Cuando Hirápan se alejó a buscar herramientas, ella salió a la superficie.
—La puerta podría mirar al lago.
Tarecuato se volvió. Tenía polvo en la nariz y una cuerda entre los dientes. Se la quitó antes de responder.
—Eso intento explicarle.
Eréndira sonrió. La casa tardó varias semanas.
El primer invierno les enseñó que estar cerca no resolvía todos los días. Tarecuato pasaba largas horas ayudando a reparar el camino y, cuando regresaba de noche, Eréndira no siempre oía sus pasos desde el fondo. Una tarde él encontró intacta la comida que había dejado por la mañana y empezó a llamarla hasta quedarse ronco. Ella salió asustada, creyendo que alguien estaba herido.
—Pensé que te había ocurrido algo —dijo él.
—Estaba dormida.
Tarecuato miró el cesto.
—Llevas todo el día sin venir.
Eréndira se apartó del borde. Había pasado meses encerrada y reconoció con desagrado la necesidad de explicar dónde había estado.
—Puedo ir al centro del lago. No siempre estaré esperando junto a esta piedra.
Él se quedó callado. Luego recogió el cesto sin acercarse más.
—Tienes razón. Me dio miedo y te lo dije como si hubieras hecho algo malo.
Acordaron golpearse una señal en la piedra al llegar y encontrarse al caer la tarde cuando fuera posible. Si alguno faltaba, dejarían un aviso a los vecinos; ninguno debía convertir una ausencia en una orden para el otro. No siempre lo hicieron bien. Hubo días de enfado y otros en que apenas pudieron hablar por el cansancio. Aprendieron a pedir compañía sin exigirla.
En las mañanas tranquilas, Tarecuato remendaba sus cosas bajo la cubierta y Eréndira le contaba lo que encontraba sumergido. Ella conoció sus silencios al despertar y la costumbre de dejar para el final la parte más difícil de un trabajo. Él aprendió que, cuando el lago se agitaba, a veces era ella quien necesitaba quedarse lejos de la orilla para descansar. La vida que habían imaginado en la casa de las tierras altas no llegó a existir. Construyeron otra con aquellas visitas, con las discusiones que terminaban regresando a conversar y con la alegría de seguir buscándose.
Junto a las piedras colocaron después una cubierta sencilla, abierta hacia el agua. Allí Uárhi podía sentarse sin que el sol le diera en la cabeza, y Eréndira encontraba manos conocidas cuando deseaba acercarse.
Valcárcel dejó la ribera bajo custodia y fue llevado a un asentamiento del interior donde los hombres del cazonci podían mantenerlo vigilado. No lo devolvieron a su campamento ni le permitieron volver a reunir a sus soldados.
Antes de conducirlo hacia otro asentamiento, los hombres del cazonci reunieron las declaraciones de los sobrevivientes del ataque. Pamen reconoció al capitán y al soldado que había sujetado a su hijo. Huanítzi relató lo ocurrido junto a los costales de maíz.
Tomás tradujo cada respuesta. Nadie permitió que el rapto se confundiera con una visita acordada. El nombre de Eréndira quedó unido a lo que ella había dicho desde el principio: había pedido volver con los suyos.
Cuando Tangáxhuan le contó que el capitán ya no estaba cerca, su hija escuchó sin hacer preguntas sobre el camino que seguiría.
Apoyó las manos sobre la piedra. Esperó sentir alivio. Lo sintió, aunque más pequeño de lo que había imaginado. Todavía despertaba algunas noches creyendo oír la puerta de madera.
—Tardará —dijo su padre al verla mirar hacia los árboles.
Eréndira asintió. Aquella vez pudo contarle el sueño sin guardar los detalles. Tomás volvió antes de partir hacia el oriente. Llevaba un pequeño envoltorio.
Eréndira lo recibió junto a la cubierta de la orilla, mientras Tarecuato reparaba una cesta a pocos pasos. El intérprete abrió la tela.
Dentro estaba el peine que ella había perdido durante el ataque en el bosque. Uno de los hombres lo encontró entre las hojas y lo guardó con otros objetos recuperados.
Eréndira lo reconoció por un diente roto. Tomás le explicó que habían recuperado la bolsa abierta junto a una raíz. Dentro quedaba ropa. A su lado encontraron el envoltorio de semillas, todavía cerrado y seco por dentro; nadie había sabido de quién era hasta que Uárhi reconoció la tela.
El intérprete puso también aquel pequeño paquete sobre la piedra. Eréndira lo abrió sin derramar el contenido.
—Estas eran de mi madre.
Tarecuato dejó la cesta que reparaba y se acercó. Ella le entregó el envoltorio.
—Busca un lugar donde el agua no las cubra. Quiero ver qué nace.
—Creí que el peine había quedado en el camino.
Tomás se lo entregó. Después le mostró una tira tejida que llevaba al cinto. Su hermana había recibido el mensaje. Lo esperaba.
Eréndira pasó el pulgar por el peine.
—Cuando llegues, dile primero que estás vivo.
Tomás bajó la cabeza.
—Eso haré.
Se despidió de Tarecuato, de Hirápan y de los hombres que lo habían ayudado a sanar. Eréndira lo vio alejarse hasta que desapareció entre los árboles.
Nunca supo si consiguió explicar a su hermana todo lo que había hecho. Sí supo que había partido dispuesto a intentarlo. Tarecuato eligió un rincón alto junto a la cubierta para sembrar las semillas. Uárhi le dijo cuándo hacerlo y los dos cercaron el brote con piedras pequeñas. Eréndira siguió su crecimiento desde la orilla.
Las lluvias lavaron las últimas marcas del campamento. El fuego, las huellas de los caballos y las zanjas abiertas alrededor de la casa fueron desapareciendo bajo la hierba nueva.
En la profundidad permanecieron algunas tablas. Eréndira las encontró una mañana. Reconoció el banco, inclinado entre dos raíces. Más allá estaba la madera que había aflojado con el espejo.
Se acercó. Durante un momento volvió a sentir la paja bajo las rodillas y el esfuerzo de trabajar en silencio. Pasó la mano por el hueco de los clavos.
Después se apartó. No necesitaba destruir aquellos restos ni volver a visitarlos. Nadó hasta la roca de su infancia y dejó el peine en una grieta protegida, donde guardaba algunas cosas pequeñas.
Había empezado a conocer el fondo por lugares propios: el sitio donde descansaba, el claro donde llegaba la luz, la piedra desde donde escuchaba mejor las voces de la orilla.
Los otros prisioneros fueron separados según lo que los testigos habían visto hacer a cada uno. Valcárcel permaneció cautivo. Mucho después, Hirápan llevó a la ribera la noticia de que había muerto enfermo en el lugar donde lo retenían. Eréndira escuchó hasta el final. Su muerte cerraba la posibilidad de que regresara; no borraba las noches que ella había pasado detrás de la puerta.
Tangáxhuan siguió visitando a su hija mientras pudo. Algunas veces llegaba acompañado de hombres que aguardaban lejos de la cubierta; otras llevaba solo un hatillo con comida y se sentaba a escucharla. Eréndira descubrió que podían hablar de su madre sin que él se levantara enseguida para atender otro asunto.
En su última visita llevó una manta antigua. Tenía reparado el borde que ella había deshilado de niña.
—La encontré entre tus cosas —dijo.
Eréndira la extendió sobre la piedra. Su padre permaneció de pie más tiempo de lo acostumbrado, mirando la orilla que había ayudado a preparar.
—A veces sigo pensando cómo habría sido si no te hubiera enviado aquella noche.
—Yo también pienso cosas que no ocurrieron. No me ayudan a saber qué hacer mañana.
Tangáxhuan se sentó con dificultad.
—¿Y qué harás?
—Esperar que vengas cuando puedas. Contarte lo que encuentre abajo.
Él le rozó el cabello y prometió enviar noticias. Cumplió esa promesa durante un tiempo, aunque ya no volvió a bajar al lago. Cuando Eréndira recibió la noticia de su muerte, pasó una noche entera en el lugar donde él solía sentarse. Tarecuato permaneció cerca sin pedirle que hablara. Al amanecer, ella dobló la manta y le pidió que la guardara en la casa. Quería encontrarla allí cuando saliera a verlo.
Uárhi envejeció junto al agua. Al principio todavía intentaba levantarse sin ayuda para recibir a Eréndira. Después aceptó un bastón y, con los años, permitió que Tarecuato la llevara del brazo.
La joven la escuchaba contar historias que conocía desde niña. Algunas cambiaban un poco. Una tarde, la anciana confundió el nombre de una mujer con el de su hermana muerta y se quedó callada, avergonzada.
Eréndira le sujetó la mano.
—Cuéntamela otra vez.
Uárhi la miró. Después retomó la historia desde el principio. Cuando ya no pudo bajar, Tarecuato llevó su lecho bajo la cubierta durante una mañana templada.
Eréndira permaneció cerca, con el rostro apoyado sobre sus manos. La anciana abrió los ojos.
—Te has vuelto a enredar el pelo.
La joven sonrió entre las lágrimas.
—Mañana traeré el peine.
Uárhi le acarició la frente. Murió días después, en su casa, acompañada. Eréndira dejó una flor amarilla sobre el agua. La siguió hasta que la corriente la llevó fuera de su alcance.
Los años también cambiaron a Tarecuato. La cicatriz de la cabeza quedó oculta entre el cabello, pero una rodilla empezó a dolerle cuando hacía frío. Después aparecieron hebras claras cerca de sus sienes.
Eréndira las descubrió mientras lo peinaba con los dedos.
Después buscó su propio rostro en un remanso. Recordaba la primera vez que había visto una cana en Uárhi y las arrugas que habían ido apareciendo junto a los ojos de su padre. En ella no encontró ninguna señal semejante. Pasaron otras lluvias antes de atreverse a preguntárselo a Tarecuato. Él la observó con atención y negó: su rostro seguía siendo el de la muchacha a quien habían sacado del bosque.
Eréndira comprendió que el agua también la había apartado de la manera en que envejecían los suyos. Nadie había prometido que el don terminaría cuando ella lo deseara. Desde entonces le costó menos reconocer las pequeñas marcas del tiempo en Tarecuato que aceptar su ausencia en sí misma.
Se quedó mirándolas. Él lo advirtió.
—Siempre has buscado mis heridas.
La joven sonrió apenas. Tarecuato le besó la palma. No hablaron aquel día del tiempo que pasaba. Lo hicieron más adelante, una mañana en que él llegó cansado y tuvo que detenerse antes de alcanzar las piedras.
Eréndira lo esperaba en silencio. Cuando se sentó, tomó sus manos. Las conocía desde que eran manos de niño. Ahora tenían manchas pequeñas y los nudillos más anchos.
—Tengo miedo —confesó.
Tarecuato miró sus dedos unidos.
—Yo también.
Permanecieron así un largo rato. Después él le contó que había visto un venado cerca de la casa, y ella le habló de una rama hundida que la corriente había dejado al descubierto.
Todavía tenían aquel día. Lo ocuparon juntos.
La última visita de Tarecuato ocurrió antes del amanecer. Dos jóvenes de una familia vecina lo ayudaron a llegar. Había cuidado de ellos durante años, enseñándoles los senderos y advirtiéndoles dónde el agua se volvía profunda.
Lo acomodaron sobre mantas. Después se apartaron. Eréndira se acercó hasta apoyar la cabeza junto a la suya. Tarecuato llevaba la cinta azul en la muñeca.
La tela original había sido remendada tantas veces que casi no quedaba nada de ella.
—Te la iba a devolver —murmuró.
Eréndira negó.
—Todavía no.
Él sonrió. La joven le sostuvo la mano mientras clareaba. Hablaron poco. Cuando tuvieron que llevarlo de regreso, Eréndira lo besó en la frente y lo vio subir lentamente entre los árboles.
No volvió a llegar por el sendero. Tres días después, los jóvenes regresaron con la cinta. La dejaron sobre la piedra sin poder hablar.
Eréndira la recogió. Esperó hasta que estuvieron lejos para hundirse con ella entre las manos.
Durante mucho tiempo no apareció al amanecer. Quienes acudían encontraban el agua inmóvil y la cubierta vacía. Algunos pensaron que se había ido.
Otros aseguraron haberla visto en el centro, allí donde la neblina era más espesa. Eréndira permanecía cerca de la roca. A veces extendía la cinta sobre sus rodillas y recordaba la rama que había herido la ceja de Tarecuato, su risa junto al almacén, el primer beso que olía a cuero húmedo.
Lloró. El lago recibió aquellas lágrimas sin crecer.
Años atrás había aprendido que llorar no bastaba para despertar otro nacimiento. Había llorado por su padre, por Uárhi y por ausencias pequeñas, y las marcas de la ribera habían permanecido en su lugar. Aquella primera noche había sido una respuesta que no sabía repetir. Ahora pudo entregarse al dolor sin temer que el agua alcanzara las casas.
Una mañana oyó golpes suaves sobre la piedra de la orilla. Ascendió. Una niña estaba sentada bajo la cubierta, acompañada por su madre.
Traían un peine y una flor amarilla.
—Mi abuelo decía que te gustaban —explicó la niña.
Eréndira miró los objetos. Después se acercó lo suficiente para recibirlos. La flor se deshizo con los días. Eréndira conservó el peine y devolvió al agua los pétalos. Con el tiempo llegaron otras flores, traídas por manos distintas. Algunas las dejó flotar; otras las mantuvo unas horas entre los dedos antes de soltarlas.
Las generaciones fueron cambiando los rostros de la ribera. La pequeña casa se perdió, pero otras manos repararon la cubierta. Los senderos se abrieron de nuevo cada vez que la vegetación intentó cerrarlos.
El lugar acabó siendo conocido como Zirahuén. En los relatos que crecieron a su alrededor, muchos lo llamarían Espejo de los dioses.
También crecieron las historias sobre la mujer del agua. Contaron que su belleza atraía a los hombres crueles y que las profundidades se cerraban sobre quienes llegaban con malas intenciones. Algunos añadieron cantos que nadie había escuchado; otros juraron haber visto manos entre la neblina.
Eréndira no podía corregir cada historia. Quienes habían ido con redes pocas veces contaban lo que pretendían hacer. Quienes recibían ayuda recordaban, en cambio, una mano tibia empujándolos hacia la orilla.
Una madrugada, muchos años después, un niño cayó de una pequeña embarcación. Su padre se inclinó para alcanzarlo y perdió el equilibrio. El remo se alejó mientras ambos golpeaban el agua, cada vez más lejos de la madera.
Eréndira llegó primero al niño. Lo sostuvo junto a la embarcación hasta que consiguió aferrarse. Después encontró al padre hundiéndose.
Lo llevó a una franja baja de la ribera. El hombre tosió entre las piedras y la vio cerca.
La cinta azul rodeaba su muñeca. El hombre quiso preguntarle su nombre, pero Eréndira había vuelto junto al niño. Empujó la embarcación hacia la ribera y, cuando él pudo bajar a las piedras, regresó al agua profunda.
El padre lo recibió contra el pecho. Cuando volvieron a mirar, ella ya se había sumergido. El sol empezaba a iluminar las montañas.
Eréndira nadó hasta la roca. En la grieta conservaba el peine de su juventud y la cuenta verde de su madre. Dejó junto a ellos una flor recién caída, recogida en la ribera. La cinta azul, tantas veces remendada, seguía en su muñeca.
Más arriba, el lago recogía la luz del día. La joven cerró los ojos. Recordó a su madre inclinándose para pedirle que escuchara.
Esta vez oyó el golpe de un remo, pájaros entre los árboles y dos voces en la orilla. Un niño preguntaba quién lo había salvado.
Su padre recordó las historias de su infancia. Después dijo el nombre de Eréndira. Ella abrió los ojos y ascendió lentamente hacia la mañana.
Fin.