Capítulo 14 de 15

Los que vuelven a la orilla

Uárhi llegó tres días después. Había discutido con todos los que intentaron impedírselo, empezando por la mujer que le atendía el tobillo y terminando con Tangáxhuan.

La transportaron en una armazón de ramas, con el pie vendado sobre una manta. Durante el trayecto guardó un silencio tan extraño que los hombres se turnaban para mirarla, temiendo que hubiera empeorado.

Solo habló cuando vieron el agua entre los árboles.

—Más despacio.

El valle había desaparecido. Donde antes se abría la hierba, ahora reposaba una extensión azul que recogía las montañas y las devolvía invertidas. Algunas copas sobresalían cerca de la ribera. Más allá, las aguas se oscurecían sobre el lugar donde habían estado los senderos.

Uárhi pidió que la dejaran junto a las piedras. Los guardias se apartaron. La anciana se acomodó el manto y miró hacia el centro.

No llamó enseguida. Tenía miedo de escuchar únicamente el agua. Eréndira la vio desde abajo. Reconoció la forma en que juntaba las manos cuando esperaba y el pequeño movimiento con que intentaba aliviar el tobillo sin que nadie lo advirtiera.

Ascendió despacio. La luz de la mañana atravesaba la superficie y le dejaba manchas doradas sobre los brazos. Había aprendido algunas cosas durante aquellos días: que podía descansar entre las raíces sumergidas; que las corrientes profundas eran más suaves de lo que parecían desde arriba; que los sonidos llegaban lejos cuando alguien golpeaba una piedra cerca de la ribera.

Todavía le costaba acercarse sin buscar con los pies un suelo que ya no necesitaba. Sacó la cabeza a pocos pasos. Uárhi cerró los ojos.

Eréndira pensó que iba a rezar. Pero la anciana empezó a llorar.

—Nana.

Uárhi extendió los brazos con tanta urgencia que casi cayó de la piedra. La joven se acercó. El abrazo fue torpe, interrumpido por el borde de la orilla y el agua que se interponía entre sus cuerpos.

Aun así, Eréndira hundió el rostro en su pecho. Olía a humo, a hierbas secas y a casa. La anciana le llevó un peine.

Lo sacó de entre las mantas y se lo mostró como quien presenta una solución importante.

—Te has llenado de nudos.

Eréndira dejó escapar una risa que terminó en sollozo. Uárhi le acomodó el cabello sobre un hombro y empezó a desenredarlo. Trabajó despacio, con la paciencia de tantos años.

Cuando una corriente movió la cola cerca de la piedra, la anciana dejó quieto el peine. Eréndira contuvo el aliento. Uárhi miró el destello bajo el agua.

Después siguió peinándola.

—¿Tienes frío?

La joven negó.

—Abajo no.

La anciana asintió como si hubiera recibido una explicación suficiente. Durante un rato hablaron de cosas pequeñas: de una manta que había quedado en el camino, del niño de Pamen, de Huanítzi, que ya podía sentarse sin ayuda.

Eréndira escuchaba con atención. Cada nombre le devolvía un pedazo del mundo. La flor seguía en el cesto. Uárhi la sacó al final, protegida entre dos hojas.

Los pétalos amarillos se habían vuelto frágiles.

—Tu padre me dijo que preguntaste por ella.

Eréndira la recibió con ambas manos. Recordó la mañana en que habían recorrido el valle antes de que todo cambiara. Había caminado sin mirar atrás, convencida de que cualquier demora podía resolverse con una sonrisa.

—Debí escucharte más.

Uárhi dejó el peine.

—Aquel hombre eligió hacerte daño, hija.

Eréndira bajó la mirada. La anciana le levantó suavemente la barbilla.

—No conviertas cada paso tuyo en una culpa.

La joven permaneció en silencio. Después apoyó la frente contra sus rodillas. Uárhi le acarició el cabello hasta que pudo levantar la cabeza.

Tarecuato volvió aquella tarde. No al amanecer, como había prometido días antes. La fiebre lo había retenido bajo las mantas, hablando a veces con personas que solo él veía.

Eréndira recibió noticias por los guardias y pasó largas horas cerca de la ribera, escuchando cualquier paso. Cuando finalmente apareció entre los árboles, caminaba apoyado en una vara.

La cinta azul seguía en su muñeca. Ella salió a la superficie antes de que llegara a las piedras. Tarecuato la vio y sonrió.

La herida estaba limpia. Tenía el rostro delgado y un cansancio que todavía lo obligaba a medir los movimientos. Se sentó con cuidado.

—Llegué tarde.

Eréndira le tomó una mano.

—Mucho.

Él bajó la cabeza, avergonzado. Ella se acercó hasta rozarle los labios.

—Pero llegaste tú.

Tarecuato dejó la vara en el suelo y la abrazó. Permanecieron juntos mientras el sol descendía. Él le contó lo que había ocurrido después de que se separaron: la fiebre, las manos de la mujer que le limpiaba la herida, Hirápan sentado cerca para impedir que intentara levantarse.

Eréndira le habló de la profundidad. De la roca que todavía podía encontrar sin buscarla demasiado. De los árboles sumergidos, cuyas ramas parecían moverse aunque no hubiera viento.

Tarecuato escuchaba sin interrumpir.

—Quisiera verlo —dijo.

Ella levantó la mirada. El joven comprendió lo que había sugerido y negó despacio.

—No voy a intentar bajar hasta donde tú vas.

Eréndira aflojó los dedos. Lo había imaginado hundiéndose, extendiendo una mano que ella quizá no alcanzaría. Tarecuato acercó la palma de la joven a su pecho.

—Cuéntamelo tú. Puedo quedarme aquí escuchando.

Eréndira sintió el latido bajo su mano. Se quedó escuchándolo. El nuevo sendero hasta la orilla empezó a tomar forma durante los días siguientes.

Los hombres retiraron ramas y colocaron piedras en los tramos resbaladizos. No construyeron un cerco. Tangáxhuan había pedido que nadie cerrara los accesos que utilizaba su hija.

Dos guardias permanecían en la parte alta, relevándose. Pronto llegaron personas de las comunidades cercanas. Algunas habían perdido herramientas en los terrenos bajos. Otras querían saber si el agua alcanzaría sus casas. Eréndira salió a hablar con ellas cuando se acercaron sin armas.

Les mostró los lugares donde la ribera era firme. Advirtió sobre una depresión oculta junto a las raíces de un árbol. No conocía todas las profundidades, pero podía recorrerlas.

Una familia había perdido un pequeño sembrado en la parte baja. La mujer llegó con un puñado de tierra seca guardada en una tela y preguntó dónde llevarían ahora a sus hijos para recoger alimento. Eréndira escuchó sin atribuir a los dioses una respuesta que ella no tenía. Pidió a los guardias que avisaran a su padre. Días después supo que varias familias compartirían por una temporada los terrenos altos y que se repartiría maíz mientras abrían una nueva parcela.

Los hombres también marcaron un camino más largo para comunicar las comunidades que antes cruzaban el valle. Eréndira señaló desde el agua dónde habían quedado los desniveles. Nadie recuperó lo que el lago había cubierto; tuvieron que aprender a vivir alrededor.

Una mujer le preguntó si el agua seguiría creciendo. Eréndira miró las marcas húmedas sobre las piedras. Llevaban dos amaneceres en el mismo sitio.

—Hoy no ha subido —respondió.

Fue lo único que pudo prometer.

Tangáxhuan llegó con Tomás una mañana cubierta de neblina. El intérprete caminaba sin ataduras, acompañado por Hirápan. Se detuvo unos pasos detrás del cazonci hasta que Eréndira lo llamó.

Había declarado delante de los hombres que investigaban el ataque. Otros acompañantes de Valcárcel confirmaron dónde estaban los centinelas, cuándo se preparó el refugio y qué órdenes recibieron.

Los prisioneros permanecían separados de los caminos del lago. Valcárcel había pedido varias veces hablar con ella. Su padre no había aceptado.

—No volverá a acercarse mientras esté bajo nuestra vigilancia —dijo Tangáxhuan.

Eréndira asintió. Quería creer que aquello bastaría. Después miró a Tomás.

—¿Qué harás?

Él pasó una mano por el vendaje de su costado.

—Buscar a mi hermana. Está en otra comunidad, hacia el oriente.

La joven recordó sus palabras junto al espejo. Yo también tengo personas esperándome.

—¿Sabe que vives?

Tomás negó. Eréndira apartó los ojos hacia el agua.

—Entonces ve a decírselo.

No todos llegaron con respeto. Una tarde aparecieron tres hombres que permanecieron ocultos entre los árboles. Eréndira los oyó discutir antes de verlos.

Uno llevaba una red de fibra gruesa. Otro sostenía una estaca afilada. Hablaban de las escamas. De cuánto podría ofrecer alguien por verlas de cerca.

Eréndira se quedó bajo la superficie, junto a un tronco hundido. Los hombres esperaron. Después uno empezó a llamarla con una voz fingidamente amable.

Pronunció su nombre varias veces. La joven sintió un frío antiguo en el pecho. El mismo que había conocido cuando Valcárcel lo repitió en el corredor.

Uno de los desconocidos se quitó las sandalias y entró en el agua con la red. Eréndira retrocedió. El hombre avanzó otro paso.

Debajo de sus pies había un desnivel que no podía ver. Ella conocía aquella profundidad. Podría haber permanecido inmóvil. Podría haber esperado.

La red cayó. El hombre desapareció con un golpe de agua y volvió a salir agitando los brazos. Sus compañeros intentaron alcanzarlo con la estaca, pero él se había alejado demasiado al perder el apoyo.

Eréndira lo vio hundirse otra vez. Se quedó quieta un instante. Luego nadó hacia él. El hombre la golpeó al sentirla cerca. Intentó sujetarla del cabello y ella tuvo que apartarse.

Volvió por detrás. Le sostuvo el cuerpo bajo los brazos y lo empujó hacia el tronco sumergido. Cuando consiguió que se aferrara, lo dejó allí.

El desconocido tosía, temblando. Eréndira salió a unos pasos. Sus compañeros soltaron la estaca. Ella miró la red que flotaba entre ambos.

—Vinieron a atraparme.

Ninguno respondió. El hombre del tronco empezó a llorar. Eréndira señaló la orilla.

—Ayúdenlo. Y llévense lo que trajeron.

Los guardias llegaron cuando los tres subían entre los árboles. Hirápan los hizo detenerse. Les quitó la red y escuchó lo ocurrido.

Eréndira permaneció cerca, con los brazos apoyados en una piedra. Al terminar, el hombre que había caído al agua no pudo mirarla.

Hirápan le ordenó hacerlo.

—Ella te sacó.

El desconocido levantó el rostro. Eréndira esperó un agradecimiento, una disculpa, algo que mostrara que había comprendido. Él murmuró unas palabras y bajó los ojos.

Los condujeron fuera de la ribera. Al día siguiente, Hirápan volvió con dos hombres de las comunidades cercanas. Habían acordado vigilar los senderos por turnos y mantener libres los lugares donde las familias acudían por agua. Nadie podría instalar trampas ni acercarse con redes a la cubierta donde Eréndira recibía visitas.

Ella pidió que no decidieran por ella quién podía hablarle.

—Puedo acercarme o quedarme abajo —explicó—. Si llamo, necesito que vengan. Si no salgo, no envíen a nadie a buscarme con una cuerda.

Hirápan repitió la petición ante los vecinos. El hombre al que había salvado tuvo que devolver la red y responder por el intento de captura delante de su propia comunidad. Eréndira no volvió a verlo en la orilla.

Aquella noche, en una casa del camino, uno de sus compañeros contaría que una mujer del agua había intentado llevarse al otro.

No mencionaría la red. Tarecuato encontró a Eréndira al anochecer. Ella le contó lo ocurrido sin apartarse de la piedra. El joven escuchó hasta el final.

Después dejó la vara a un lado y se sentó.

—¿Tuviste miedo?

Eréndira asintió. Miró sus propias manos.

—Hubo un momento en que no quise ayudarlo.

Tarecuato sostuvo una de ellas. No intentó responder enseguida. Más allá, el agua recogía los últimos colores del cielo.

—Lo ayudaste —dijo finalmente.

Eréndira apoyó la cabeza sobre su rodilla. El joven le pasó los dedos por el cabello. Permanecieron así hasta que apareció la primera estrella.

En los caminos ya empezaban a contarse historias sobre ella. Algunas conservarían su nombre. Otras olvidarían que una vez había sido una muchacha que solo quería volver a casa.

En la orilla, mientras tanto, Tarecuato le acomodó el manto sobre los hombros. Eréndira cerró los ojos y se acercó un poco más.