Capítulo 13 de 15
La orilla que no pudieron cruzar
Tarecuato no le soltó las manos. Eréndira lo advirtió antes que cualquier otra cosa: el roce de sus pulgares, la presión que conservaban sus dedos, la decisión de seguir sosteniéndola después de haber visto lo que se movía bajo el agua.
Tangáxhuan permanecía a su lado. La luz de la luna le permitía distinguir las escamas cuando una ondulación acercaba a su hija al tronco.
Intentó hablar, pero tuvo que humedecerse los labios.
—¿Te duele?
Eréndira negó despacio. Había esperado miedo, preguntas, quizá un retroceso involuntario. La preocupación de su padre la hizo llorar con más fuerza.
—Puedo respirar abajo —dijo—. Me estaba hundiendo y después pude respirar.
Tangáxhuan le apartó un mechón adherido a la mejilla. Tenía las manos frías. Ella le cubrió una con la suya. Detrás de ellos, las voces de los hombres fueron apagándose. Uno había visto la aleta. Otro levantó una luz y se quedó inmóvil.
Hirápan se acercó hasta la orilla. No dijo nada. Solo dejó en el suelo una manta seca. El agua seguía subiendo. Ya no lo hacía con la violencia de los primeros nacimientos. Avanzaba por las depresiones, cubría raíces y se quedaba entre los árboles como si hubiera reconocido el lugar que debía ocupar.
Tangáxhuan miró hacia la pendiente.
—Tenemos que apartarnos de aquí.
Eréndira siguió su mirada. Unos pasos más arriba había una plataforma de piedras, firme y ancha. Desde niña recordaba aquel sitio: las mujeres dejaban allí sus cestos cuando querían descansar sin sentarse sobre la tierra húmeda.
Tarecuato señaló el tramo de agua que los separaba.
—Podemos ir por el borde.
Ella asintió. Él avanzó sujeto al tronco y después a una raíz. Eréndira lo acompañó por la parte profunda, procurando no tirar de su mano.
Tangáxhuan caminó detrás. Al llegar, Hirápan y otro hombre ayudaron al cazonci a subir. Tarecuato se sentó sobre una piedra baja y mantuvo los pies en el agua.
Eréndira apoyó los brazos junto a él. Por primera vez desde el rapto, nadie vigilaba sus movimientos para impedirle marcharse. Y aun así no sabía cómo salir.
Le tendieron la manta sobre los hombros. Uárhi habría hecho lo mismo, pensó Eréndira: primero cubrirla, después preguntar. La idea le produjo una punzada de añoranza.
—¿Nana está en casa?
Tangáxhuan asintió.
—La están atendiendo.
—Tiene una flor en su cesto. Está seca.
Su padre la miró sin comprender.
—Se la di yo. Que no la tiren.
—Se lo diré.
Eréndira apretó el borde de la manta. Aquella promesa pequeña consiguió tranquilizarla más que cualquier explicación sobre lo que acababa de ocurrir.
Tarecuato le tocó la muñeca. La cinta azul estaba enrollada sobre la cuenta verde.
—La conservaste.
Ella intentó sonreír.
—Te dije que la trajeras tú.
El joven bajó la cabeza y apoyó los labios sobre sus dedos. Tangáxhuan observó el gesto. Eréndira levantó los ojos hacia él.
Durante un instante sintió el antiguo impulso de retirar la mano, como una muchacha sorprendida en un rincón del patio. Su padre se sentó al otro lado de la piedra.
—Tendrás que contarme algunas cosas cuando puedas —dijo.
Ella asintió, con lágrimas todavía en el rostro. Intentaron ayudarla a subir. Eréndira lo pidió. No quería quedarse toda la noche mirando desde abajo a quienes habían venido a buscarla. Necesitaba comprobar si podía sentarse con ellos, sentir una manta seca alrededor del cuerpo, apoyar la cabeza en el pecho de su padre.
Tarecuato se arrodilló. Tangáxhuan le ofreció el brazo. Entre ambos la ayudaron a levantar el torso sobre una losa inclinada. La cola apareció poco a poco.
Las escamas conservaban un brillo oscuro, con destellos verdes cerca de la cintura y azules hacia la aleta. El borde, fino y flexible, dejó un rastro de agua sobre la piedra.
Eréndira evitó mirar a los hombres que permanecían más arriba. Concentró toda su atención en las manos de Tarecuato. Él no dejó de ayudarla.
Lograron acomodarla sobre un costado, cubierta hasta donde permitía la manta. Tangáxhuan se sentó detrás para sostenerle la espalda. Ella cerró los ojos.
Durante unos instantes pareció suficiente. El malestar comenzó en el pecho. Eréndira tomó aire y sintió una resistencia inesperada. Volvió a intentarlo, esta vez más despacio.
La garganta le ardió. Tarecuato lo advirtió.
—¿Qué ocurre?
Ella se llevó una mano al cuello.
—No sé.
Las escamas cercanas a la aleta empezaron a perder brillo. Una tirantez dolorosa le recorrió el cuerpo. Tangáxhuan la acomodó contra su pecho.
—Tranquila.
Eréndira abrió la boca. El aire entraba, pero no le bastaba. Buscó el agua con una mano. Tarecuato comprendió. La ayudaron a deslizarse de nuevo hasta que la superficie le cubrió la cintura. El alivio fue inmediato, aunque necesitó inclinar el rostro y permanecer sumergida unos momentos.
Cuando volvió a levantarse, su padre seguía arrodillado al borde. Eréndira lo miró. Ninguno preguntó si debían intentarlo otra vez. Más arriba, Tomás esperaba junto a los heridos.
Hirápan le había improvisado un vendaje y lo obligó a beber. El intérprete tenía los labios pálidos, pero se negó a partir con el primer grupo.
Quería saber si Eréndira había vuelto a aparecer. La vio desde lejos, sostenida entre la piedra y el agua. Después vio el brillo de la aleta.
Se quedó con la vasija suspendida entre las manos. Uno de los extranjeros murmuró algo detrás de él. Tomás no respondió. Hirápan llegó desde la orilla.
—Ella quiere verte.
El intérprete levantó la cabeza. Miró hacia Valcárcel, que permanecía atado a un árbol bajo la vigilancia de dos hombres. El capitán también había visto a Eréndira.
No dejaba de mirar el agua. Tomás puso la vasija en el suelo y se levantó con ayuda. Eréndira esperó a que estuviera cerca.
El intérprete se detuvo antes de llegar a la piedra. La miraba al rostro con un esfuerzo tan evidente que ella comprendió cuánto deseaba bajar los ojos.
—Tarecuato me dijo que lo ayudaste a salir —dijo.
Tomás asintió. La joven miró el vendaje de su costado.
—Tú abriste mi puerta.
Él apretó las manos.
—Debí hacerlo antes.
Eréndira recordó al niño de Pamen, el espejo sobre la manta, las respuestas que Tomás había evitado darle. También recordó la cuña de hierro bajo la vasija.
—Sí —contestó.
El intérprete recibió la palabra sin apartarse. Tangáxhuan lo observaba desde la piedra.
—Hablarás con mis hombres —dijo el cazonci—. Contarás cómo prepararon el ataque, quiénes participaron y qué pretendían hacer con mi hija.
Tomás inclinó la cabeza.
—Lo contaré.
—Di también que pedí volver desde el primer día.
—Lo diré.
Valcárcel pidió hablar cuando vio que conducían al intérprete hacia él. Tomás escuchó mientras uno de los guardias revisaba las ataduras. El capitán empezó exigiendo. Después bajó la voz.
Señaló el agua y pronunció el nombre de Eréndira. Tomás se quedó inmóvil. Hirápan esperaba a unos pasos.
—¿Qué dice?
El intérprete tardó en responder.
—Quiere que ella lo ayude a salir de aquí.
Hirápan volvió la cabeza hacia el lago que iba formándose. Después miró al hombre atado.
—Tiene piernas. Caminará con los demás.
Valcárcel habló de nuevo, más deprisa. Tomás lo escuchó hasta el final. Esta vez no se acercó para facilitarle las palabras. Cuando terminó, pidió al guardia que lo condujera con el resto de los prisioneros.
El capitán tuvo que apartarse del árbol. Y, por primera vez desde que conoció el nombre de Eréndira, perdió la posibilidad de llamarla para que acudiera.
La noche avanzó. Los heridos fueron retirados hacia las viviendas de la ladera. Los hombres buscaron a quienes faltaban mientras todavía podían recorrer algunos bordes del valle.
Tangáxhuan recibió cada noticia. Escuchó los nombres de los vivos y de los muertos. Dio órdenes para que nadie permaneciera en los terrenos bajos.
Después regresó junto a su hija. Tarecuato seguía sentado en la piedra, con el agua hasta los tobillos. Eréndira descansaba los brazos cerca de sus rodillas.
El joven se había quedado dormido sin soltarle una mano. La venda volvía a mancharse.
—Debe ir con quienes pueden atenderlo —murmuró Tangáxhuan.
Eréndira miró el rostro agotado de Tarecuato. Había querido conservarlo allí, al alcance de sus dedos, para no volver a sentir el vacío de la separación.
Ahora vio cómo temblaba incluso dormido.
—Lo sé.
Le acarició la mejilla. El joven abrió los ojos enseguida.
—¿Qué pasa?
—Tienes que dejar que te curen.
Tarecuato miró al cazonci. Luego a ella.
—Me quedaré hasta que amanezca.
Eréndira negó.
—No quiero volver a verte caer.
El joven tardó en aceptar. Cuando finalmente se puso en pie, tuvo que apoyarse en el hombro de uno de los hombres.
Eréndira se quitó la cinta azul. La desenrolló despacio, alisando las partes mojadas con el pulgar. Después llamó a Tarecuato. Él se arrodilló otra vez.
La joven se la ató alrededor de la muñeca. Sus dedos trabajaron el nudo con un cuidado obstinado.
—Ahora sí debes traerla tú —dijo.
Tarecuato miró la tela.
—Volveré cuando amanezca.
Eréndira alzó el rostro. Él se inclinó y la besó. Tenía los labios fríos. Ella le sujetó la nuca un instante, reconociendo el contacto, guardándolo sin saber cuándo podrían repetirlo.
Al separarse, Tarecuato apoyó la frente contra la suya.
—Eres tú —murmuró.
Eréndira cerró los ojos. Había necesitado escucharlo desde que salió a la superficie. Tangáxhuan permaneció hasta que las estrellas empezaron a perder brillo.
Eréndira le pidió que fuera con los hombres que lo esperaban. Había heridos, familias que debían recibir noticias y caminos por vigilar.
Su padre miró el agua alrededor de la piedra.
—No quiero dejarte aquí.
Ella le tomó la mano. Tampoco quería quedarse. Lo comprendía cada vez que veía las hojas flotar sobre el lugar donde había corrido de niña. El agua la sostenía y le permitía respirar, pero no podía darle el sonido de los pasos de Uárhi en el corredor.
Tangáxhuan inclinó la cabeza. Eréndira le besó los nudillos.
—Dile a Nana que pude escuchar el agua.
Su padre la abrazó desde la piedra, con los brazos extendidos hacia el frío. Después tuvo que levantarse. Eréndira lo vio alejarse entre los árboles hasta que su figura se confundió con las otras.
Quedaron dos guardias en lo alto de la orilla. Ella se deslizó lentamente hacia la profundidad. Bajo la superficie encontró el valle en silencio: las ramas inmóviles, las piedras conocidas, el sendero perdido bajo una claridad azul.
Nadó hasta la roca de su infancia. Apoyó una mano en ella. Arriba empezaba a amanecer. Y por primera vez tendría que verlo salir desde el otro lado del agua.