Capítulo 12 de 15

La que aprendió a respirar el agua

La luz no venía de la superficie. Eréndira la vio abrirse debajo de la roca, donde las grietas se ensanchaban hasta desaparecer en una profundidad que no había existido cuando recorría el valle.

Intentó alcanzar de nuevo la piedra. Los dedos le rozaron el borde y resbalaron. La corriente la llevó hacia abajo. Todavía tenía el lazo alrededor del cuerpo. El extremo roto de la cuerda flotaba junto a su hombro, moviéndose como una raíz arrancada.

Quiso quitárselo, pero las manos no le obedecieron. Le ardía el pecho. El agua le llenó la boca y buscó expulsarla por instinto. El esfuerzo solo consiguió hundirla un poco más.

Arriba quedaban su padre y Tarecuato. Pensó en ellos con una claridad dolorosa. En las manos que habían sostenido la cuerda. En los dedos que no alcanzaron los suyos.

Después el dolor cambió. Al principio fue una tibieza en la garganta. Eréndira abrió la boca esperando la punzada que precedía al ahogo. El agua entró, le recorrió el pecho y salió sin desgarrarla.

Su cuerpo volvió a intentarlo. La joven se quedó inmóvil. Respiró. No comprendió lo que había sucedido hasta que lo hizo una segunda vez.

A su alrededor flotaban hojas, ramas y partículas de tierra que descendían lentamente. Algunas brillaban al cruzar la claridad que brotaba del fondo.

Eréndira levantó una mano. La vio con la misma nitidez con que habría podido mirarla bajo el sol. Tenía todavía el corte en la base del pulgar.

La cuenta verde seguía atada a su muñeca. Ella seguía allí. Pero el agua ya no intentaba expulsarla de la vida. Tarecuato consiguió soltarse del tronco cuando dos hombres lo alcanzaron.

Uno le sujetó la cintura; el otro extendió una vara desde el terreno más alto. El joven intentó apartarlos.

—¡Está ahí!

Señaló el lugar donde Eréndira había desaparecido. El agua cubría por completo la roca. Tangáxhuan permanecía unos pasos más allá, hundido hasta la cintura y sostenido por dos de sus guardias. Miraba fijamente el mismo punto.

—Otra cuerda —ordenó.

Nadie respondió enseguida. La que habían llevado seguía atada al árbol, rota cerca del extremo. Uno de los hombres corrió hacia las provisiones que habían quedado en la ladera.

Tarecuato quiso volver al agua. El guardia que lo sujetaba apretó los brazos.

—No puedes verla.

—Sé dónde cayó.

—El fondo ya no está donde estaba.

El joven dejó de forcejear un instante. Frente a él, la corriente arrastró la copa de un arbusto que había desaparecido bajo la superficie.

Eréndira sintió el primer tirón en las piernas. Bajó la mirada. La ropa se había enredado alrededor de sus rodillas. Intentó separarla y descubrió que no podía mover los pies de manera independiente.

Un dolor profundo le recorrió las pantorrillas. Se dobló sobre sí misma. Quiso gritar. El sonido salió dentro del agua, bajo y extraño, y pareció continuar mucho después de que cerrara la boca.

La luz del fondo aumentó. Por un momento vio dos reflejos atravesar la claridad: uno cálido, semejante al sol sobre un recipiente de cobre, y otro pálido como la luna que había visto elevarse sobre las montañas.

No tomaron rostros. No pronunciaron palabras. Eréndira sintió su presencia como había sentido, de niña, a su madre acercarse al lecho antes de abrir los ojos.

El dolor le hizo extender los brazos. La tela se rasgó junto a sus piernas. Debajo apareció un brillo azul verdoso. Tomás estaba sentado sobre una piedra cuando encontró a Valcárcel.

El capitán había conseguido alejarse de la corriente después de golpear la cuerda. Ahora trepaba por una raíz hacia el mismo terreno donde los hombres del cazonci reunían a los heridos.

Ya no llevaba la espada. La había perdido al caer. Uno de los guardias lo vio y levantó su arma. Tomás se puso en pie con dificultad.

—Esperen.

Habló en ambas lenguas, atropellando las palabras. El capitán miró alrededor. Su ropa mojada le pesaba sobre el cuerpo. Tenía la boca abierta y respiraba con un ruido áspero.

El guardia volvió a ordenar que se detuviera. Tomás tradujo. Valcárcel alzó las manos. Por primera vez obedeció sin exigir que le repitieran nada.

Lo sujetaron contra un árbol mientras otro hombre le ataba las muñecas. Tomás observó los nudos. Pensó en las marcas de las cuerdas sobre la piel de Eréndira.

Luego volvió la cabeza hacia el agua. La transformación avanzó despacio. Eréndira alcanzó a ver el contorno de sus rodillas perderse bajo una cubierta de escamas diminutas. El brillo descendió hasta donde habían estado sus pies y se abrió en una aleta amplia, translúcida en los bordes.

Intentó moverla. Todo su cuerpo respondió. La fuerza del impulso la apartó de la roca y la hizo girar. Eréndira extendió los brazos, asustada.

El agua le pasó sobre el rostro con una suavidad que contrastaba con la corriente de la superficie. Miró hacia abajo. La cola se curvaba debajo de ella, larga, viva, atravesada por destellos que cambiaban cuando se movía.

La tocó con ambas manos. Sintió su propia piel bajo las escamas. Comprendió que aquello le pertenecía. El descubrimiento la hizo llorar de nuevo, aunque sus lágrimas se perdieron antes de que pudiera verlas.

Había pedido salir de su encierro. Ahora podía respirar donde ningún captor podría seguirla. Pero todavía no sabía cómo volver a los brazos de su padre.

Una nueva crecida obligó a los hombres a retirarse. El agua cubrió el pie del árbol al que habían atado la cuerda. Tangáxhuan cedió terreno solo cuando el guardia que estaba junto a él perdió el apoyo.

Tarecuato llegó a la pendiente ayudando a arrastrarlo. Entre los tres sacaron al hombre. Después el joven cayó de rodillas. No apartaba la vista del agua.

La neblina se había extendido sobre la superficie y borraba las distancias. Donde antes estaba el campamento sobresalían apenas unos postes y el extremo de una cubierta.

—Seguiremos buscando —dijo Tangáxhuan.

Tarecuato levantó el rostro. El cazonci tenía sangre en una mano y un temblor pequeño en la mandíbula. La misma pérdida los estaba alcanzando desde lugares distintos.

El joven asintió. Luego se volvió hacia el valle y llamó a Eréndira una vez más. Ella lo escuchó. La voz llegó deformada, atravesando el agua como un sonido oído desde el interior de una casa.

Eréndira alzó la cabeza. Arriba había una superficie oscura que se movía sobre sí misma. Debía llegar hasta allí. Intentó impulsarse como lo habría hecho con las piernas y apenas avanzó. La cola se dobló con torpeza y la hizo inclinarse hacia un lado.

Se detuvo. Observó unas hojas que giraban alrededor de una rama hundida. La corriente no descendía en línea recta. Dibujaba curvas, encontraba espacios, cambiaba al tocar la piedra.

Eréndira dejó de luchar contra ella. Movió el cuerpo desde la cintura. La aleta respondió con un golpe lento. Avanzó. Volvió a intentarlo.

Esta vez ascendió lo suficiente para distinguir las siluetas de los árboles. La cuerda le rozó el cuello. Todavía llevaba el lazo.

Se detuvo junto a una rama sumergida y trabajó el nudo con los dedos. La fibra estaba hinchada, pero ya no soportaba peso.

Consiguió aflojarla. Cuando se la quitó, vio las marcas rojas que había dejado en sus costados. Soltó la cuerda. La corriente se la llevó hacia el fondo.

La tira azul seguía guardada contra su pecho. Eréndira la sacó. Bajo el agua, el tejido se abrió lentamente entre sus manos.

Pensó en Tarecuato devolviéndosela sin querer durante el ataque, en la manera en que había besado sus dedos al otro lado de las tablas.

Necesitaba que supiera que seguía viva. Se ató la cinta alrededor de la muñeca, por encima de la cuenta verde. Después ascendió.

Cada movimiento era más firme. Al aproximarse a la superficie sintió el frío de la noche. La claridad de la luna se fragmentaba sobre el agua y dibujaba una red temblorosa encima de su cabeza.

Estiró los brazos. Los dedos salieron primero. Luego el rostro. Eréndira aspiró aire. Tosió, desconcertada por la aspereza que le produjo en la garganta.

El mundo de arriba olía a humo y tierra removida. Nadie la vio al principio. Los hombres estaban ocupados llevando a los heridos hacia una parte más alta. Uno de los extranjeros que había dejado las armas ayudaba a sostener a su compañero.

Valcárcel permanecía atado y vigilado. Tangáxhuan estaba junto a Tarecuato, mirando hacia el centro. Eréndira abrió la boca. La primera vez no salió sonido.

Volvió a intentarlo.

—Padre.

Su voz apenas cruzó el agua. Tarecuato levantó la cabeza. Vio una forma oscura entre los reflejos y se puso en pie.

Eréndira alzó el brazo. La tira azul cayó sobre su muñeca. El joven dio un paso hacia la orilla.

—Eréndira.

Tangáxhuan siguió su mirada. Por un instante permaneció inmóvil. Después bajó hasta donde el agua le cubría las sandalias. Ella quiso acercarse.

La cola se movió bajo la superficie y la impulsó hacia él. Avanzó varios pasos de distancia antes de detenerse. No sabía qué verían cuando el agua dejara de ocultarla.

Tarecuato entró primero. Llegó hasta un tronco parcialmente sumergido y se sujetó con una mano.

—Ven —dijo.

Eréndira lo miró. Tenía el rostro empapado y la venda de la cabeza deshecha. Ella se aproximó despacio. Cuando estuvo a su alcance, el joven extendió los dedos.

Eréndira los tomó. La expresión de Tarecuato cambió al sentir su piel caliente. La sujetó con ambas manos. Tangáxhuan avanzó detrás de él.

—Hija.

Eréndira empezó a llorar. Su padre le acarició el cabello y apoyó una mano en su mejilla, comprobando con un cuidado doloroso que podía tocarla.

—Vamos a sacarte.

Ella negó con la cabeza. Tarecuato la sostuvo con mayor firmeza.

—Podemos ayudarte.

Eréndira buscó las palabras. Antes de encontrarlas, una corriente pasó debajo de su cuerpo y la obligó a mover la cola para mantenerse cerca.

La aleta rozó la superficie. Bajo la luz de la luna apareció un arco de escamas azules. Tangáxhuan bajó los ojos. Tarecuato también.

Eréndira sintió que sus manos se quedaban quietas alrededor de las suyas.

—No me sueltes —murmuró.

El joven levantó la mirada hacia ella. Y apretó sus dedos.