Capítulo 11 de 15

El valle bajo las aguas

El segundo nacimiento surgió junto al sendero de las mujeres. Eréndira lo reconoció por el árbol de ramas bajas que había a un lado. Allí se detenían para acomodar los cestos antes de subir; Uárhi había descansado bajo su sombra más veces de las que podía recordar.

Ahora el tronco temblaba. La tierra se abrió alrededor de las raíces y el agua empezó a levantar hojas, pequeñas piedras y terrones que se deshacían al girar.

Desde la roca, Eréndira contempló cómo los dos caudales se encontraban. El ruido creció hasta cubrir las voces.

Valcárcel dejó de intentar alcanzarla. Retrocedió hacia una elevación próxima, hundiendo las botas en el barro. Todavía llevaba la espada, pero ahora utilizaba la mano libre para sujetarse a los arbustos.

Eréndira miró hacia Tarecuato. El joven seguía al otro lado del cauce.

—¡Sube! —le gritó.

Él señaló la cuerda que llevaba al hombro. La había olvidado durante el combate. Ahora la desenrollaba con manos torpes. Tangáxhuan reunió a tres hombres junto a un árbol de raíces expuestas.

El agua ya había cubierto el lugar donde uno de sus guardias cayó al entrar en el valle. Lo habían retirado a tiempo, pero todavía quedaban heridos cerca del campamento.

—Saquen a todos de abajo —ordenó.

Uno de los hombres miró hacia los extranjeros. El cazonci señaló el agua.

—A todos los que puedan moverse.

Hirápan apareció entre los helechos, sujetándose el brazo lastimado. Otro guardia lo ayudaba a caminar. Tangáxhuan lo alcanzó.

—¿Mi hija?

Hirápan señaló la roca.

—Tarecuato está intentando llegar.

El cazonci volvió la cabeza. La vio de rodillas, pequeña bajo la extensión del cielo. Dio un paso hacia ella, pero Hirápan le sujetó la ropa.

—El suelo se está abriendo.

Ante ellos, una mata de hierba desapareció de pronto en un agujero que empezó a llenarse de agua. Tangáxhuan se quedó inmóvil.

Luego se quitó el manto y lo dejó caer. Necesitaba los brazos libres. Tarecuato ató un extremo de la cuerda alrededor de un tronco.

Probó el nudo tirando con todo su peso. Después formó un lazo amplio en el otro extremo. Eréndira comprendió lo que intentaba.

Se puso en pie con cuidado. El agua corría alrededor de la roca, pero todavía dejaba al descubierto su parte más alta. La joven retrocedió lo suficiente para darle espacio.

Tarecuato lanzó. La cuerda cayó antes de llegar. La corriente la arrastró hacia un montón de ramas. El joven tiró de ella, la recuperó y volvió a preparar el lazo.

Eréndira miró la distancia. Antes habría podido cruzarse en unos cuantos pasos. Ahora el agua ocultaba el suelo, y no había forma de saber dónde terminaba el barro y empezaban las grietas.

—Otra vez —dijo, aunque él apenas podía oírla.

Tarecuato giró la cuerda sobre la cabeza. El segundo lanzamiento golpeó el borde de la roca. Eréndira se inclinó. Alcanzó a rozarla con los dedos.

El agua tiró antes que ella. Tomás consiguió levantarse apoyándose en un poste del cercado. Tenía el costado rígido y cada respiración le producía dolor.

Los caballos habían roto parte de las cuerdas. Dos corrían hacia el paso del sur; otro permanecía atrapado, tirando de una estaca torcida.

El intérprete se acercó. El animal lanzó una coz y lo obligó a retroceder. Tomás buscó el cuchillo que llevaba al cinto.

No estaba. Lo había perdido cuando Valcárcel lo derribó. Miró hacia la construcción hundida y luego al caballo, que había empezado a resbalar en el barro.

Se sujetó al cercado y avanzó por el costado del animal, hablándole con una voz que apenas reconoció como propia. Consiguió alcanzar la cuerda.

El nudo estaba mojado y tenso. Tiró con las uñas hasta romperse una. Cuando finalmente cedió, el caballo salió con tal fuerza que Tomás cayó de espaldas.

El agua le cubrió los oídos. Durante un instante no supo hacia dónde debía levantarse. Una mano lo agarró de la ropa.

Hirápan, de rodillas sobre el terreno más alto, tiraba de él con el brazo sano. El tercer lanzamiento llegó hasta Eréndira. La cuerda cayó contra su hombro y ella la atrapó antes de que resbalara.

Sintió un alivio tan intenso que volvió a llorar. Bajo sus pies brotó otro hilo de agua. La joven miró la grieta.

Se limpió el rostro con el antebrazo y respiró despacio. Los nacimientos ya no se detenían cuando dejaba de llorar. El llanto había abierto algo que llevaba años escuchando bajo la tierra. Ahora los manantiales seguían su propio curso. Eréndira comprendió que no conseguiría cerrarlos conteniendo la respiración ni secándose la cara.

Aquello había crecido más allá del pequeño charco de su habitación. Tarecuato le gritaba algo. Eréndira volvió a concentrarse en él. Debía pasarse el lazo por debajo de los brazos.

Lo hizo con dificultad, apartando el manto mojado. El joven tiró suavemente para comprobar que estuviera sujeto. Ella sostuvo la cuerda con ambas manos.

Por primera vez parecía existir un camino entre los dos.

Tangáxhuan llegó junto a Tarecuato cuando el agua le alcanzaba al joven las rodillas. Lo sujetó por el hombro.

—Retrocede hasta el árbol.

—La tengo.

El cazonci vio la cuerda tendida. Después a su hija, con el lazo alrededor del cuerpo. Se colocó detrás de Tarecuato y agarró la fibra.

Otros dos hombres acudieron.

—Despacio —dijo Tangáxhuan.

Eréndira debía bajar de la roca y dejar que la ayudaran a cruzar. La joven buscó con el pie un apoyo bajo el agua.

No encontró el borde donde recordaba que estaba. Se arrodilló y tanteó con una pierna. El fondo había cedido. Levantó la mirada hacia su padre.

Él no soltó la cuerda.

—Te sostendremos.

Eréndira no escuchó las palabras, pero reconoció el movimiento de su boca. Aferró las manos y se deslizó por el borde. El agua le subió hasta la cintura.

La corriente tiró de su ropa con tanta fuerza que el manto se abrió sobre la superficie. Eréndira soltó una mano para quitárselo.

No podía avanzar envuelta en aquella tela. Lo dejó ir. El manto giró una vez y se alejó hacia los árboles bajos.

Tarecuato retrocedió, ayudándola con la cuerda. Ella dio un paso. Después otro. Por un momento sintió el suelo bajo los pies. Entonces una corriente lateral la golpeó.

Eréndira perdió el apoyo y cayó. El lazo se tensó alrededor de sus costillas. Quiso gritar, pero tragó agua. Al otro extremo, los hombres afirmaron las piernas.

Tarecuato tiró hasta sentir que la herida de la cabeza le latía con una violencia insoportable. La joven reapareció, tosiendo. Estaba más cerca.

Valcárcel vio la cuerda. Había conseguido trepar hasta un montículo cercano al antiguo campamento. Desde allí buscaba una salida hacia la ladera, pero el terreno bajo se llenaba de agua y ramas.

Reconoció al cazonci entre los hombres que tiraban. Luego a Eréndira. La vio sostenida por aquel vínculo que iba a devolverla a los suyos.

Bajó del montículo. Se abrió paso agarrándose a los troncos hasta alcanzar un punto donde la cuerda pasaba cerca. El montículo quedaba junto al cercado, entre la roca y el árbol donde Tarecuato había anudado la cuerda. Al tirar de Eréndira hacia la ladera occidental, la fibra rozaba los arbustos de aquel saliente. Valcárcel solo tuvo que bajar unos pasos para alcanzarla con la espada.

Eréndira fue la primera en verlo. Tenía el agua hasta el pecho. Levantó un brazo para señalarlo.

Tarecuato volvió la cabeza. El capitán extendió la espada. No podía alcanzar a la joven. La cuerda sí.

—¡Suelta eso!

La voz de Tomás llegó desde la pendiente. Valcárcel vaciló. El intérprete permanecía junto a Hirápan, empapado, con una mano sobre el costado.

Le habló de nuevo, esta vez en la lengua del capitán. Le gritó que había hombres alrededor, que podía salir si dejaba la espada, que el agua iba a cubrirlo todo.

Valcárcel miró hacia él. Después hacia la cuerda. Tarecuato avanzó dentro de la corriente. Tangáxhuan intentó sujetarlo. Demasiado tarde. El joven llegó a un tronco caído que se prolongaba hacia el saliente. Se afirmó sobre él e intentó apartar la cuerda con una mano, manteniendo el cuerpo entre la espada y la fibra.

Valcárcel levantó el arma. Un golpe de agua movió el tronco. Los dos hombres perdieron el equilibrio. La espada cayó sobre la cuerda sin cortarla por completo.

Pero las fibras dañadas empezaron a separarse. Eréndira sintió el cambio. La tensión cedió un poco. Vio los hilos sueltos abrirse sobre el agua.

—¡Tarecuato!

Él estaba intentando afirmarse en el tronco. Estiró un brazo hacia ella. Eréndira tiró de la cuerda para acercarse, haciendo fuerza con todo el cuerpo.

Le ardían las costillas. Los dedos le resbalaban. Tangáxhuan gritó algo y otros hombres entraron en el agua hasta la cintura. Entonces las últimas fibras se rompieron.

La cuerda saltó entre las manos del cazonci. Eréndira salió despedida hacia atrás. Al perder la sujeción, la corriente la arrastró de vuelta hacia el centro del valle. Los nacimientos de la ladera la empujaban en dirección a la roca que acababa de abandonar.

Tarecuato se lanzó. Sus dedos rozaron el cabello de la joven antes de que una corriente los separara. El agua dejó de tener arriba y abajo.

Eréndira sintió una rama contra el hombro y después el golpe de la piedra en la espalda. La roca. Había vuelto hasta ella.

Se aferró a una grieta y levantó la cara, tosiendo. La superficie estaba a la altura de sus labios. Intentó subir, pero los brazos no le respondieron.

A poca distancia vio a Tarecuato agarrado al tronco. Dos hombres avanzaban hacia él desde la ladera. Su padre seguía llamándola. Eréndira quiso responder.

Solo consiguió respirar una vez. El agua le cubrió la boca. Bajo sus manos, la piedra conservaba una tibieza imposible. La joven apoyó la frente contra ella.

Recordó la voz de su madre pidiéndole que escuchara. En medio del estruendo, sintió algo semejante a una mano apartándole el cabello del rostro.

Aflojó los dedos. La última franja de cielo desapareció sobre sus ojos. Y, mientras se hundía, el agua empezó a llenarse de luz.