Capítulo 10 de 15
La súplica sobre la piedra
El suelo cedió hasta la altura de sus tobillos. Eréndira cayó hacia adelante y Hirápan la sujetó por debajo de los brazos. Durante un instante quedaron inclinados sobre la pendiente, unidos por el esfuerzo del hombre que intentaba sacarla y el barro que le retenía los pies.
—¡Apóyate en mí!
La joven tiró de una pierna. Su sandalia quedó enterrada. Salió con el pie desnudo, raspándose contra una raíz. Hirápan retrocedió con ella hasta un terreno cubierto de hojas.
Apenas habían avanzado unos pasos cuando escucharon el choque de las armas detrás de la casa. Tarecuato había llegado hasta Tomás. Eréndira lo vio interponerse entre el intérprete y Valcárcel. El capitán retrocedió, levantó la espada y gritó una orden que hizo volver a dos soldados.
Hirápan volvió a tirar de ella.
—Los nuestros lo ayudarán.
Desde los árboles descendían dos hombres con los escudos levantados. Eréndira quiso creerlo. Se volvió hacia la ladera y empezó a subir.
Entonces el terreno se abrió detrás de ellos con un ruido húmedo, profundo, semejante al de una vasija enorme al quebrarse. El agua salió entre las raíces.
No brotó con violencia al principio. Se deslizó por la pendiente arrastrando tierra suelta y alcanzó las brasas que habían caído junto a las provisiones. Una nube de vapor se levantó sobre el fuego.
Uno de los caballos relinchó. El animal tiró hacia atrás, arrancó una estaca del suelo y golpeó a otro con el pecho. Las cuerdas se tensaron; los hombres empezaron a gritar.
Eréndira miró la franja de barro que acababan de cruzar. Se había ensanchado. Entre ella y la casa corría ya un arroyo oscuro.
—Por arriba —dijo Hirápan.
Señaló unas piedras junto a un roble. La joven avanzó hacia ellas, pero una figura apareció al otro lado del tronco. Era uno de los soldados.
Hirápan la apartó y levantó su arma con el brazo sano. El extranjero atacó. Eréndira retrocedió buscando otra forma de pasar. Una rama le golpeó el rostro. Escuchó a Hirápan soltar un grito ahogado y se volvió.
El hombre había caído sobre una rodilla. La joven tomó una piedra y la arrojó contra el soldado. No esperó a ver dónde golpeaba.
Se lanzó hacia Hirápan y lo sujetó de la ropa. Él la empujó hacia atrás.
—¡Corre!
Tarecuato consiguió levantar a Tomás. El intérprete se apretaba un costado, aunque podía sostenerse en pie. Tenía sangre en la manga y una expresión de desconcierto, como si todavía no comprendiera por qué alguien había vuelto por él.
—¿Puedes caminar? —preguntó Tarecuato.
Tomás asintió. Uno de los hombres del cazonci llegó hasta ellos y recibió el golpe que Valcárcel dirigía contra el joven. El filo resbaló sobre el escudo.
Tarecuato empujó al intérprete hacia la pared.
—Ve hacia los árboles.
Tomás miró detrás de la construcción. El agua le cubría los pies. Había abierto un canal entre las piedras que sostenían uno de los postes. La madera empezó a inclinarse.
Un crujido recorrió el techo.
—¡Apártense! —gritó.
Tarecuato se arrojó hacia él. La cubierta se venció sobre el lugar donde habían estado unos instantes antes. Ramas, barro y astillas cayeron entre los combatientes.
Por primera vez desde que comenzó el ataque, Valcárcel perdió de vista a Eréndira. La joven se refugió detrás de un árbol.
Había conseguido alejarse del soldado, pero ya no veía a Hirápan. Escuchaba su voz entre otras, demasiado mezcladas para saber desde dónde llegaba.
La pendiente del poniente quedaba frente a ella. El roble donde Hirápan se había enfrentado al soldado cerraba el acceso directo. Para rodearlo debía subir por una franja de tierra que el agua estaba deshaciendo. A su derecha, hacia el centro del valle, la roca sobresalía por encima de un corredor de terreno todavía firme.
Más arriba debían estar los hombres de su padre. Intentó alcanzarla por un tramo de terreno cubierto de helechos. Dio dos pasos y el pie descalzo se hundió en un barro que unos momentos antes parecía firme.
Se sostuvo del tronco. El agua le rozó el empeine. Eréndira miró hacia el fondo del valle. El humo del incendio se mezclaba con la neblina. Entre las sombras distinguió la roca donde había estado con su madre.
Quedaba cerca. Había caminado por aquel corredor desde niña. La piedra no la sacaría del valle, pero le daría altura para hacerse ver sin atravesar el paso donde seguían combatiendo.
Más cerca que el camino de subida. Desde allí podría mirar alrededor, encontrar a Tarecuato, llamar a los hombres que descendían. Se desprendió de la sandalia que aún conservaba y corrió hacia la piedra.
Tangáxhuan oyó los primeros gritos desde el paso del sur. Había dejado hombres en las veredas y avanzado con un grupo pequeño hasta la entrada principal. Su intención era mantener ocupada la atención de los extranjeros mientras sacaban a su hija por el poniente.
Luego vio el resplandor del fuego. Ordenó avanzar. Los guardias que vigilaban el paso retrocedieron hacia el campamento. Uno disparó su arma desde lejos; el estruendo golpeó las paredes del valle y dejó un olor acre suspendido entre los árboles.
Un hombre del cazonci cayó. Tangáxhuan se arrodilló junto a él lo suficiente para comprobar que respiraba. Ordenó que lo retiraran y continuó.
Al llegar al claro encontró un caballo sin jinete, provisiones desparramadas y agua corriendo por donde debía estar el sendero. Buscó a su hija.
Vio la construcción derrumbada. Durante un instante no pudo moverse. Después gritó su nombre. Eréndira lo escuchó. La voz le llegó entre el ruido de los hombres y el crujido de una rama que caía.
—¡Padre!
Se había encaramado a la roca con las rodillas y las palmas raspadas. Desde allí distinguió unas luces cerca del acceso del sur.
Levantó ambos brazos.
—¡Estoy aquí!
Tangáxhuan se volvió. Ella vio cómo empezaba a correr. La distancia entre ambos parecía breve, apenas un tramo de hierba húmeda y algunos árboles bajos.
Entonces Valcárcel salió del humo. Estaba más cerca de la roca. Eréndira bajó los brazos. El capitán tenía sangre junto a la sien y la espada en la mano. Al verla se detuvo apenas un instante, sorprendido de encontrarla allí.
Después avanzó. La joven miró hacia su padre. Entre ellos, uno de los soldados levantó un arma. Tangáxhuan tuvo que cubrirse detrás de un árbol.
Eréndira volvió a quedar sola sobre la piedra.
—No te acerques.
Valcárcel siguió avanzando. No necesitaba entender las palabras para comprender la manera en que ella retrocedía. El agua había rodeado la base de la roca. Le cubría los tobillos al capitán y arrastraba hojas contra sus botas.
Él extendió la mano libre. Eréndira sintió el recuerdo de sus dedos buscando su cabello, de las cuerdas, del mensaje que quería obligarla a enviar.
Se arrodilló en el extremo más alto. Tenía detrás una depresión llena de agua. No sabía cuánto había crecido ni si podría cruzarla.
Valcárcel dio otro paso. La joven apoyó las manos sobre la piedra.
—Déjame ir.
El capitán pronunció su nombre. Lo dijo con una paciencia que la hizo estremecerse. Como si todavía creyera que bastaba con llamarla para que terminara por obedecer.
Eréndira cerró los ojos un instante. La piedra estaba tibia bajo sus palmas. Tarecuato la vio desde los restos de la construcción.
Había ayudado a Tomás a salir de debajo de unas ramas. El intérprete seguía consciente, aunque necesitaba apoyarse en él. Al levantar la cabeza, el joven distinguió la figura de Eréndira sobre la roca.
Y al hombre que se acercaba. Dejó a Tomás junto a un tronco.
—Quédate aquí.
El intérprete le sujetó la muñeca.
—Hay agua entre ustedes.
Tarecuato miró el terreno. Un cauce nuevo cortaba el camino más corto. Todavía parecía posible cruzarlo por el extremo cercano al cercado.
La casa quedaba al pie de la ladera occidental; la roca, hacia el centro. Entre ambas, el agua bajaba de poniente a oriente. Tarecuato buscó el tramo más angosto, al lado del cercado, mientras los hombres del sur retrocedían por su propia pendiente.
Se soltó con cuidado.
—Si ves a los nuestros, llámalos.
Después corrió. Eréndira escuchó el agua debajo de la roca. El mismo golpeteo de su infancia. Pero ahora era continuo, demasiado profundo para pertenecer a un pequeño manantial.
Abrió los ojos. El cielo conservaba una franja de luz sobre las montañas. La luna empezaba a distinguirse por encima de los árboles.
Pensó en las plegarias de Uárhi, dichas al amanecer mientras avivaba el fuego, y en las palabras que su madre murmuraba de noche cuando creía que dormía.
Pronunció los nombres que había escuchado desde niña.
—Juriata… Xaratangka…
Valcárcel se detuvo al pie de la roca. Eréndira apenas lo vio. Las lágrimas le cubrían el rostro.
—Ayúdenme a salir.
La voz se le quebró. Había resistido con las manos, con una rama, con el borde de un espejo. Había encontrado la salida de su encierro y corrido hacia el bosque. Ahora su padre estaba a la vista, Tarecuato seguía en algún lugar del valle, y aun así aquel hombre volvía a tenerla al alcance.
—Quiero volver con los míos.
Las lágrimas cayeron sobre la piedra. No quedaron en su superficie. Se hundieron en las grietas como gotas sobre tierra sedienta. Un estremecimiento recorrió la roca.
Eréndira separó las manos. Entre sus dedos brotó agua transparente. La joven la contempló sin comprender. Surgió otro hilo junto a su rodilla. Después otro, cerca del borde donde Valcárcel intentaba apoyar la mano.
El capitán retrocedió. Dijo algo, esta vez sin calma. Eréndira quiso ponerse en pie, pero el cuerpo entero le temblaba. Las lágrimas seguían cayendo, empujadas por el miedo, el cansancio y el alivio incomprensible de sentirse escuchada.
Bajo la piedra, el murmullo se convirtió en un golpe profundo. A varios pasos de distancia, un círculo de hierba se levantó como si respirara.
Luego se abrió. El agua saltó hacia la noche. Tarecuato se detuvo antes de llegar al cauce. Vio el surtidor y sintió que el suelo vibraba bajo sus pies.
El caballo suelto huyó hacia la ladera. Los hombres dejaron de combatir durante unos instantes. Desde el acceso del sur, Tangáxhuan gritó una orden para que se apartaran del terreno bajo.
Eréndira continuaba sobre la roca. El agua descendía alrededor de ella, clara bajo la luz del cielo, y al tocar la tierra se extendía con una rapidez imposible.
Valcárcel intentó subir. Una corriente le golpeó las rodillas y lo obligó a afirmarse en otra piedra. Tarecuato dio un paso hacia Eréndira.
Ella lo vio. Entre ambos empezaba a formarse una superficie oscura donde antes había hierba.
—¡No cruces! —gritó.
Él se quedó inmóvil. Eréndira extendió la mano hacia él. De sus dedos cayeron gotas que brillaron un instante antes de confundirse con el agua.
Entonces, desde lo más hondo del valle, respondió un segundo nacimiento.