Capítulo 9 de 15

El precio de abrir una puerta

Eréndira no volvió a acercarse a la pared. Permaneció sentada sobre el lecho hasta que las voces del campamento se apagaron. Cada vez que oía unos pasos imaginaba a Tomás regresando con Valcárcel, señalando las tablas, contando lo que había descubierto.

Pero la puerta siguió cerrada. La joven tenía los dedos enlazados sobre las rodillas. Todavía podía recordar la presión de la mano de Tarecuato, la tierra bajo sus uñas, la dificultad con que respiraba.

Estaba herido. Había bajado por ella aun estando herido. Eréndira se levantó para escuchar junto a una rendija, pero se detuvo antes de llegar. Si la descubrían otra vez allí, incluso el silencio de Tomás dejaría de protegerlos.

Regresó al lecho. Bajo las piedras, el agua continuaba moviéndose. Tarecuato alcanzó su escondite cuando la luna empezaba a descender. Se dejó caer entre las raíces y apoyó la espalda contra el tronco. Había trepado la última parte de la ladera casi a gatas. El esfuerzo le provocaba náuseas y una punzada detrás de los ojos.

Esperó hasta recuperar el aliento. Desde allí no podía ver la pared posterior de la construcción, pero distinguía el techo y la luz que ardía junto al acceso.

Eréndira sabía que la habían encontrado. Aquello tenía que bastarle hasta que llegaran los demás. Se tocó la muñeca donde había llevado la tira azul.

Luego cerró los ojos. Lo despertó una mano sobre la boca. Se revolvió por instinto y oyó una voz conocida.

—Quieto. Soy yo.

Hirápan se apartó lentamente. Detrás de él había dos hombres. Uno llevaba agua; el otro, un pequeño envoltorio de hojas y vendas.

Tarecuato intentó incorporarse.

—¿El cazonci?

—Cerca del camino de los carboneros. Llegó con los hombres que habían salido a buscarnos.

Hirápan lo observó a la escasa luz. Después miró sus rodillas manchadas de barro.

—Bajaste.

Tarecuato no lo negó.

—Hablé con ella.

El hombre cerró los ojos un instante, conteniendo el enojo. Luego se arrodilló a su lado.

—Entonces cuéntame todo.

Tomás regresó al amanecer. Eréndira estaba despierta. El intérprete llevaba una vasija y un trozo de tela limpio. Cerró la puerta detrás de sí, pero no se apartó del umbral.

—Encontraron huellas detrás de la casa.

La joven sintió que el cuerpo se le endurecía. Tomás continuó antes de que pudiera hablar.

—Dije que eran mías. Fui a mirar por dónde salía el agua.

Eréndira miró sus sandalias. Estaban cubiertas de barro. Él había caminado por allí después de Tarecuato.

—¿Por qué? —preguntó.

Tomás dejó la vasija en el suelo.

—Porque si encuentran a ese muchacho, lo matarán.

La joven apretó la tela azul bajo el manto.

—Pudiste decirlo anoche.

—Anoche había un soldado escuchando.

Se quedaron en silencio. Eréndira observó el rostro del intérprete. No parecía aliviado por haberla ayudado. Tenía los ojos enrojecidos y movía continuamente un pulgar sobre el borde de su manga.

—¿Qué quieres a cambio?

Tomás la miró. La pregunta pareció herirlo, pero no protestó.

—Nada.

Eréndira esperó. Él bajó la voz.

—El capitán mandará mover las provisiones al camino del sur. Dos hombres saldrán después del mediodía con su mensaje. Si tu padre permite que lo entretengan, esta noche intentará sacarte del valle.

La joven dio un paso.

—¿Adónde?

—Hacia otro campamento. Más lejos.

Eréndira volvió la cabeza hacia las tablas por donde Tarecuato había pasado los dedos. Todo el esfuerzo para encontrarla podía volverse inútil antes de terminar el día.

Tangáxhuan escuchó el relato de Tarecuato bajo la cubierta de una vivienda abandonada. Habían llevado al joven hasta allí para atenderle la herida. El cazonci permaneció de pie mientras uno de los hombres retiraba la venda adherida a su cabeza.

Tarecuato apretó los dientes, pero siguió hablando. Describió el campamento, los puestos de vigilancia y la puerta de Eréndira. Repitió las palabras sobre el mensaje que Valcárcel pretendía enviar.

Cuando terminó, Tangáxhuan miró a Hirápan.

—¿Puede cercarse el valle?

—Necesitamos ocupar las veredas antes de acercarnos por el sur.

El cazonci asintió. Sobre el suelo trazaron las laderas con un palo. Esta vez Tarecuato no vio una semilla donde debía estar Eréndira. Vio el lugar donde la había escuchado llorar.

—Hay una tabla floja detrás de la casa —dijo—. Ella estaba trabajando en ella.

Tangáxhuan levantó la mirada.

—¿Podríamos sacarla por ahí?

—Tal vez, si conseguimos apartar al guardia.

Tarecuato dibujó una señal junto a la pared posterior. Si Eréndira lograba abrirla, él permanecería detrás de las ramas, con Hirápan a unos pasos. No la llamarían ni atacarían mientras la puerta siguiera vigilada. Esperarían un cambio de guardia; solo cuando ella asomara intentarían llevarla a la vereda. Si nada cambiaba, tendrían que buscar otra ocasión.

Uno de los hombres propuso prender fuego a la cubierta de las provisiones. El cazonci negó con la cabeza.

—El humo llegaría a su habitación. Y no sabemos qué haría ese hombre si creyera que está rodeado.

Tarecuato se incorporó sobre la estera.

—Debemos llegar hasta ella antes de que lo sepa.

El mensaje salió del campamento poco después del mediodía. Eréndira oyó los preparativos desde su encierro. Cascos, órdenes breves, el roce de unas cargas arrastradas.

Tomás había dicho la verdad. Cuando el ruido se alejó, intentó levantar la tabla otra vez. La madera cedió apenas. Necesitaba algo delgado para trabajar alrededor del clavo.

Miró el banco. El espejo seguía allí, con el borde hundido por el golpe de Valcárcel. Lo recogió. Por primera vez lo utilizó sin ver su rostro.

Introdujo una esquina entre la tabla y el poste, empujó y sintió que la madera se separaba un poco. El metal le cortó la base del pulgar.

Eréndira envolvió la mano con un extremo del manto y continuó. Trabajó hasta que le dolieron los hombros. Cuando oyó pasos, soltó el espejo sobre el banco y se sentó.

La puerta se abrió. Tomás entró con alimentos. Vio la sangre en la tela. Luego miró la pared.

—Todavía no —susurró.

Eréndira levantó el rostro. El intérprete se agachó junto a la vasija. Debajo del recipiente había dejado una pequeña cuña de hierro.

Los mensajeros de Valcárcel no llegaron hasta la residencia. Los hombres de Tangáxhuan los detuvieron en el camino y escucharon lo que traían que decir. Después los condujeron a una casa vigilada, lejos de los grupos que avanzaban hacia el valle.

El cazonci no acudió a recibirlos. Sus hombres tomaron las veredas de las laderas antes de que el sol comenzara a bajar.

Desde el sur, Tangáxhuan envió a un hombre a pedir que el capitán respondiera por el rapto sin avanzar todavía hasta la casa. Aquella exigencia obligó a los centinelas a mirar hacia la entrada principal y a llevar recados al campamento. En el poniente, el grupo de Hirápan aprovechó esos movimientos para bajar hasta las ramas que ocultaban la pared posterior.

Tarecuato marchaba con Hirápan y otros cuatro por el poniente. Le habían limpiado y cubierto la herida, pero el pulso seguía golpeándole dentro de la cabeza.

Hirápan no dejaba de observarlo.

—Si caes, te quedas.

El joven asintió. Llevaba una cuerda enrollada al hombro y un cuchillo prestado. Al llegar a la posición desde donde había visto a Eréndira, se tendió sobre el suelo.

Abajo, dos hombres cargaban provisiones. Junto al cercado preparaban otro caballo. Tarecuato sujetó el brazo de Hirápan.

—Van a moverla.

Tomás regresó cuando empezaba a oscurecer. Esta vez llevaba el rostro pálido.

—¿Pudiste aflojarla?

Eréndira asintió. La tabla se separaba lo suficiente para introducir una mano. Había dejado el clavo inferior sujeto para evitar que cayera hacia afuera.

—Dentro de poco cambiarán al hombre de la puerta —dijo él—. Iré con él hasta el fuego.

La joven se levantó.

—¿Vienes conmigo?

Tomás miró el agua que cubría ya una franja del suelo.

—No puedo salir por ahí antes que tú.

—Después.

Él no respondió. Eréndira se acercó.

—Sabes lo que hará si descubre que me ayudaste.

Tomás apretó la mandíbula.

—Por eso tienes que llegar a los árboles.

Una voz lo llamó desde el campamento. Antes de abrir, miró una última vez la pared.

—No esperes a escucharme.

El guardia se alejó. Eréndira oyó a Tomás hablar con él, el ruido de una vasija, una breve discusión junto al fuego.

Se arrodilló. La cuña entró bajo el clavo con un pequeño chirrido. Se detuvo. Afuera seguían hablando. Empujó otra vez. El clavo salió de golpe y la tabla se inclinó hacia ella. La sostuvo contra el pecho para impedir que golpeara el suelo.

Por la abertura entró aire frío. Eréndira dejó la madera sobre la paja y pasó primero una pierna. La tierra exterior estaba empapada.

Al intentar sacar el resto del cuerpo, el manto se enganchó en una astilla. Tiró. La tela no cedió. Oyó una voz detrás de ella.

Se quedó inmóvil. Entonces una mano apareció desde afuera y desgarró el borde atrapado. Tarecuato. Eréndira salió y cayó de rodillas contra él.

El joven la sostuvo apenas un instante.

—Vamos.

Hirápan esperaba entre las ramas. La libertad estaba a unos pasos. El grito vino desde la puerta. Un soldado había entrado en la habitación y descubierto el hueco.

Tarecuato empujó a Eréndira hacia Hirápan.

—¡Sube con él!

Ella corrió. Detrás sonó un golpe contra la pared y una orden furiosa de Valcárcel. Dos hombres aparecieron junto al cercado. Uno alzó un arma; otro se lanzó hacia la parte posterior de la casa.

Desde la ladera silbó una flecha. El soldado retrocedió. Hirápan tomó a Eréndira del brazo y empezó a guiarla cuesta arriba. El soldado que rodeaba la casa llevaba una antorcha. Al retroceder ante la flecha tropezó con una carga y la dejó caer junto a las provisiones.

La llama prendió en una piel reseca y trepó por unas ramas. Los caballos se agitaron. Eréndira volvió la cabeza buscando a Tarecuato.

Lo vio junto a la esquina de la casa. También vio a Tomás. Valcárcel lo sujetaba por el cuello de la ropa.

El intérprete tenía ambas manos levantadas. Eréndira se detuvo. Hirápan tiró de ella.

—No mires. Sigue.

El capitán gritó algo. Tomás cayó de rodillas. Tarecuato salió de la sombra. Eréndira comprendió que iba a regresar por él. Y en ese mismo instante, bajo sus sandalias, la tierra empezó a hundirse.

El agua que desde la habitación había corrido bajo las tablas llegaba hasta aquel tramo de la subida. Hirápan no había visto el barro: una capa de hojas lo cubría y las pisadas de los hombres acababan de romperla.