Capítulo 8 de 15
Una voz detrás de la madera
Tarecuato esperó hasta que Eréndira volvió a entrar. La puerta se cerró y un soldado se acomodó junto al umbral con una rodilla levantada. Más lejos, cerca del cercado, otro hombre arrojó unas ramas al fuego.
Hirápan tocó el hombro del joven.
—Ahora sabemos dónde está.
Tarecuato no apartó la vista de la construcción.
—También sabemos dónde la encierran.
—Tu señor necesita conocerlo.
El joven se volvió hacia él. Desde que habían llegado, Hirápan había observado los accesos, contado las luces y escuchado el cambio de voces. Tarecuato apenas había podido mirar otra cosa que la puerta.
Sintió vergüenza. Se obligó a recorrer el campamento con los ojos. Había dos hombres junto al fuego, uno en la entrada de la casa, otro cerca de los caballos. Al menos uno más vigilaba el paso del sur. No sabían cuántos dormían bajo la cubierta.
—Ve —dijo por fin—. Yo esperaré aquí.
Hirápan miró la venda manchada de su propia sangre.
—Puedo llegar hasta el camino de los carboneros. Si encuentro a alguien, lo enviaré delante.
Tarecuato asintió. El hombre lo sujetó del brazo antes de marcharse.
—No bajes.
El joven sostuvo su mirada.
—No haré nada que la ponga en peligro.
Hirápan tardó un instante en soltarlo. Eréndira tenía frío. Había extendido la manta húmeda sobre el banco, pero la tela no se secaba. El agua del pequeño nacimiento había avanzado hasta dejar una línea oscura junto a la pared.
La joven se sentó sobre la paja y recogió los pies. Desde afuera llegaban palabras que no comprendía. Empezaba a distinguir algunas voces: la del guardia que tosía, la del hombre que reía con estrépito, la de Valcárcel, que solía hacer callar a los demás.
Oyó su nombre. Se acercó a una rendija. El capitán hablaba con Tomás junto al fuego. El intérprete mantenía las manos unidas delante del cuerpo.
Valcárcel señaló hacia la casa. Tomás respondió algo. El capitán lo agarró de la ropa y lo acercó tanto que sus rostros quedaron casi unidos.
Eréndira retrocedió. Cuando volvió a mirar, Tomás estaba solo. Se alisaba lentamente la parte delantera de su vestimenta. El intérprete llegó poco después con una manta seca.
La dejó sobre el banco y miró el suelo.
—Aquí hay agua.
Eréndira sostuvo la tela mojada contra el pecho.
—La tierra estaba húmeda cuando llegamos.
Tomás se agachó. Pasó un dedo por el borde del pequeño charco y lo olió, como si aquello pudiera darle una explicación.
—Pediré que hagan una zanja afuera.
—¿Para qué?
—Para desviar lo que baja de la ladera.
La joven no respondió. Tomás se incorporó. Tenía una marca roja bajo el cuello. Eréndira la miró antes de que él acomodara la ropa.
—¿Qué quiere ahora?
El intérprete tomó aire.
—Mañana enviará a uno de sus hombres con tu padre.
Eréndira se acercó.
—¿Con qué mensaje?
Tomás desvió los ojos hacia la puerta.
—Dirá que estás bajo su cuidado.
La joven dejó caer la manta sobre el lecho.
—Eso no significa nada.
—Quiere que el cazonci venga a hablar.
—¿Aquí?
Tomás asintió. Eréndira sintió un golpe de miedo. Su padre entrando en aquel valle, obligado a acercarse a hombres que ya habían roto su palabra.
—Dile que no vendrá.
—Yo no decido.
—Entonces dile lo que sí puedes decir.
Tomás levantó el rostro. Eréndira habló despacio.
—Mi padre no debe arriesgar su vida para escuchar que yo elegí estar aquí. No voy a prestarle mi voz a eso.
El intérprete permaneció inmóvil. Luego recogió la manta mojada. Esta vez ella lo dejó llevársela. Tarecuato observó cómo el cielo se despejaba.
La neblina se deslizaba por el fondo del valle, cubriendo y descubriendo la base de los árboles. Le sorprendió verla tan espesa en una noche sin lluvia, pero pronto volvió a concentrarse en el campamento.
Dos soldados discutieron cerca de los caballos. Uno se fue hacia el paso del sur. El otro recorrió la orilla del claro con una luz en la mano.
Tarecuato se tendió entre las raíces. El hombre subió unos pasos por la pendiente, se detuvo y orinó contra un tronco. El joven mantuvo la cara pegada a las hojas hasta que la luz se alejó.
Cuando pudo incorporarse, sintió una humedad caliente debajo de la venda. Se había abierto la herida. Arrancó una tira del borde de su ropa y la apretó sobre la cabeza. Después bebió lo poco que le quedaba.
Podía seguir esperando. Debía seguir esperando. Entonces oyó un llanto. Llegaba desde la construcción. No era fuerte. Apenas unos sonidos quebrados entre las voces del campamento.
Tarecuato cerró los ojos. Se quedó inmóvil hasta que el llanto cesó. Eréndira se había prometido conservar las fuerzas. Comió, bebió y volvió a examinar las tablas. Encontró una que cedía ligeramente al empujarla, pero estaba sujeta por dos clavos.
Intentó mover uno con la cuenta de piedra de su muñeca. Solo consiguió lastimarse los dedos. Dejó caer las manos. El silencio de la habitación le hizo recordar el patio de los cántaros, la tira azul entre sus dedos, la voz de Tarecuato diciéndole que hablaría con su padre.
Apenas habían empezado a quererse en voz alta. Todavía no conocía sus costumbres al despertar, ni qué historias contaba cuando tenía sueño, ni si seguía culpando a los perros de las cosas que rompía.
Se llevó la tela a la boca. Lloró por todo aquello que hasta unos días antes había dado por cercano. Cuando pudo respirar sin sollozar, el agua había rodeado una de las piedras del suelo.
Eréndira la contempló largo rato. Después levantó la cara hacia la estrecha abertura por donde entraba la luz de la luna. Recordó las palabras con que Uárhi había acompañado tantas noches de su infancia.
Pronunció el nombre de Xaratangka en un murmullo. No pidió castigo. Pidió que alguien la encontrara. El guardia de la puerta se levantó al cambiar la vigilancia.
Tarecuato había observado aquel momento dos veces. El hombre que llegaba se detenía primero junto al fuego, recibía una vasija y hablaba con sus compañeros antes de ocupar el puesto.
La parte posterior de la casa quedaba oculta por unas ramas apiladas. Desde la ladera no parecía haber nadie allí. El joven miró el camino por donde Hirápan se había marchado.
Podían faltar horas para que llegara ayuda. Luego se tocó la herida y esperó a que desapareciera el mareo. No intentaría sacarla.
Solo necesitaba saber cómo estaba. Decirle que la habían encontrado. Bajó apoyándose en los troncos. Cuando llegó al borde del claro, se quedó agachado detrás de un matorral. El guardia nuevo seguía junto al fuego.
Tarecuato recorrió los últimos pasos casi arrastrándose. Al apoyar una rodilla detrás de la construcción, encontró barro. Había un pequeño hilo de agua saliendo por debajo de las tablas.
Eréndira oyó un roce. Al principio pensó que era un animal. Se apartó de la pared. El sonido volvió, seguido de dos golpes leves.
La joven dejó de respirar.
—Eréndira.
Su nombre llegó tan bajo que creyó haberlo imaginado. Se llevó ambas manos a la boca.
—Soy yo.
Tarecuato. Se arrodilló de golpe, golpeándose una rodilla contra las piedras. Buscó la voz entre las tablas.
—¿Dónde estás?
—Detrás. Habla bajo.
Eréndira apoyó la frente en la madera. Quiso hacer muchas preguntas, pero solo pudo pronunciar una.
—¿Vives?
Afuera hubo una respiración temblorosa.
—Sí.
Ella empezó a llorar otra vez. Se obligó a contener el sonido.
—Te vi caer.
Al decirlo, Eréndira sintió otra vez la tela azul resbalar por la muñeca del joven. Cerró los ojos un instante, aliviada de que ahora hubiera una mano viva al otro lado de las tablas.
—Lo sé.
—Creí…
No terminó. Tarecuato pasó dos dedos por una separación entre las tablas. Eréndira los sujetó con ambas manos. Tenían tierra bajo las uñas.
Nunca había sentido algo tan real.
—Nana está viva —susurró él—. La enviamos con tu padre.
Eréndira cerró los ojos. Aquella noticia le aflojó una parte del pecho que llevaba apretada desde el bosque.
—¿La hirieron?
—El tobillo. La están ayudando.
Ella besó los dedos que podía alcanzar.
—¿Y tú?
Tarecuato tardó demasiado.
—Puedo caminar.
Eréndira reconoció la evasión.
—Necesitas que te atiendan.
—Hirápan fue a buscar ayuda. Les dirá dónde estamos.
Eréndira guio los dedos de Tarecuato hasta el borde de la tabla que había conseguido mover.
—Esta cede. La sujetan dos clavos. No tengo con qué sacarlos.
Él empujó desde fuera y sintió el pequeño juego de la madera.
—No la fuerces mientras haya alguien cerca. Lo diré cuando lleguen los nuestros.
—Hay ramas apiladas detrás. Podrían ocultarme unos instantes.
—Las he visto. Si podemos abrir un paso, vendremos por aquí.
La joven miró hacia la puerta. Una sombra cruzó la rendija del umbral y desapareció. Ambos guardaron silencio. Cuando volvieron a oír las voces junto al fuego, Eréndira acercó los labios a la madera.
Le contó el mensaje que Valcárcel quería enviar.
—No dejen que mi padre venga solo.
—Se lo dirán.
—Tarecuato, prométemelo.
Él apretó sus dedos.
—Lo sabrá antes de entrar en el valle.
Una gota le cayó sobre la muñeca. Tarecuato miró el agua que seguía saliendo bajo la pared.
—¿Se volcó algo?
Eréndira volvió los ojos hacia el pequeño nacimiento.
—No.
Él esperó.
—Sale de la tierra.
—¿Desde cuándo?
La joven quiso explicarlo, pero no encontró palabras que pudiera decir en aquel susurro, con un guardia a unos pasos.
—Después te contaré.
Tarecuato movió ligeramente los dedos.
—Aléjate de esta pared cuando amanezca. Se ve el agua desde afuera.
Eréndira asintió, aunque él no podía verla.
—Tengo tu cinta.
—Guárdala.
—Era mía.
A través de la madera le llegó una risa mínima, agotada. Eréndira sonrió entre las lágrimas. Luego él dijo:
—Quiero volver a verte en aquel patio.
Ella apretó su mano.
—Yo también.
Un crujido sonó cerca de la esquina. Tarecuato retiró los dedos. Eréndira quiso retenerlos, pero comprendió.
—Debo irme.
Ella apoyó la palma sobre el hueco.
—Te esperaré.
El joven se apartó. Eréndira escuchó un roce entre las ramas. Después, nada. Se quedó arrodillada unos instantes, tratando de conservar el calor de su mano.
Entonces la puerta se abrió. La luz la alcanzó junto a la pared. Tomás apareció en el umbral. Miró su rostro, las manos apoyadas sobre las tablas y el agua que le mojaba la falda.
Desde afuera, el guardia le hizo una pregunta. El intérprete sostuvo la mirada de Eréndira. Ella no se movió. Tomás bajó los ojos hacia la vasija que llevaba.
Respondió al soldado y entró. Dejó el recipiente en el suelo. Antes de volverse, habló sin mirarla.
—Dile que no regrese por aquí.
Eréndira sintió que el corazón volvía a golpearle el pecho. Tomás salió y cerró la puerta. Esta vez, cuando ella escuchó el agua bajo las piedras, ya no estaba completamente sola.