Capítulo 7 de 15
Lo que guarda la tierra
Eréndira pasó la noche vigilando el agua. Al principio creyó que el pequeño nacimiento terminaría por agotarse. Había visto humedad bajo las piedras desde niña; tal vez las pisadas de los soldados o los postes recién hundidos hubieran abierto un paso.
Pero las gotas continuaron brotando. Se reunieron en una depresión del suelo y formaron un charco del tamaño de su mano. Eréndira lo tocó.
El agua estaba tibia. La vasija de la que había bebido conservaba el frío de la noche. Comparó ambas temperaturas varias veces, desconcertada, hasta que oyó moverse al guardia al otro lado de la puerta.
Cubrió el nacimiento con la manta. No supo por qué lo hizo. Solo sintió que aquello le pertenecía y que debía conservarlo fuera del alcance de los hombres que vigilaban la casa.
Al amanecer, el agua había dejado de salir. Quedaba un círculo oscuro en la tierra y un borde de la manta empapado.
Tomás llevó los alimentos. Esta vez Eréndira aceptó la vasija antes de que él la dejara sobre el banco. El intérprete observó sus ojos hinchados y la manta extendida sobre el suelo.
—¿Has dormido?
—Poco.
Él se inclinó para recoger la tela. Eréndira puso un pie encima. Tomás se detuvo.
—Está mojada.
—La vasija se volcó.
El intérprete miró el recipiente que ella sostenía. Eréndira bebió sin apartarse. Después de unos instantes, él enderezó la espalda.
—Pediré otra.
La joven esperó a que llegara a la puerta.
—¿Han enviado a alguien con mi padre?
Tomás apoyó la mano sobre la madera.
—Todavía no.
—¿Qué espera?
El intérprete dejó pasar tanto tiempo que Eréndira pensó que volvería a marcharse sin responder.
—Quiere hablar contigo primero.
Ella dejó la vasija.
—Ya lo hizo.
Tomás miró hacia afuera antes de bajar la voz.
—Espera que cambies de parecer.
—¿Cree que mi padre lo dejará quedarse aquí?
Tomás respiró por la boca antes de contestar.
—Quiere llevarte al otro campamento antes de que lleguen sus hombres. Cree que una declaración tuya le permitirá decir que tu padre lo atacó después de que tú elegiste acompañarlo. Espera que otros españoles lo protejan si presenta así lo ocurrido.
Eréndira entendió para qué necesitaba su voz. No buscaba convencerla solo a ella: quería preparar una historia que pudiera repetir lejos del valle.
Eréndira sintió un cansancio profundo. Había respondido con claridad, se había apartado de su mano, había exigido salir. Aun así, aquel hombre trataba su negativa como una demora.
—Entonces esperará mucho.
Tomás no tradujo aquellas palabras a nadie. A media mañana permitieron que caminara. Eréndira salió con el manto sobre los hombros y la tira azul escondida junto al pecho.
El campamento parecía distinto bajo el sol. Dos soldados cortaban ramas. Otro sujetaba una cuerda entre unos postes, preparando un cercado para los caballos.
Pensaban quedarse. La joven observó los árboles del poniente. Detrás de ellos comenzaba la vereda estrecha que conocía de sus paseos. Recordaba un roble inclinado, una piedra partida y un tramo donde las raíces formaban escalones.
El guardia se adelantó cuando ella se acercó a ese extremo. Eréndira cambió de dirección sin protestar. Fue hacia la roca. Esta vez nadie la detuvo hasta que estuvo a pocos pasos.
El soldado gritó algo y señaló la casa. Ella se sentó antes de obedecer. Apoyó la mano sobre la piedra húmeda. Durante un instante recordó a su madre sujetándola por la cintura para ayudarla a subir. Luego volvió a sentir el frío de la mañana y la presencia del hombre armado detrás.
—Solo un momento —murmuró.
El guardia no entendió. Tiró del borde de su manto. Eréndira se levantó lentamente. Cuando retiró la mano vio cinco marcas oscuras sobre la roca, como si la humedad hubiera ascendido hasta encontrarse con sus dedos.
Tarecuato encontró el primer rastro cerca de un arroyo. Había una impresión profunda en el barro, demasiado ancha para pertenecer a un hombre.
Se arrodilló. El movimiento le provocó un latido doloroso en la cabeza. Su compañero, el guardia del brazo herido, dejó en el suelo las dos varas que utilizaba para apartar ramas.
Se llamaba Hirápan. Había servido con los hombres del cazonci durante años y conocía mejor los límites de un cuerpo herido.
—Debemos detenernos.
Tarecuato tocó el borde de la huella.
—Pasaron por aquí.
—La huella seguirá ahí después de que bebas. Tú no seguirás en pie si no paras.
El joven aceptó la vasija. Habían tardado horas en recorrer una distancia que, en otras circunstancias, habrían cubierto antes de que el sol alcanzara las copas. Dos veces Tarecuato tuvo que apoyarse contra un tronco para contener el mareo.
Hirápan tampoco estaba bien. La venda de su brazo empezaba a mancharse otra vez. Ninguno mencionó la posibilidad de regresar. Más adelante encontraron hierba aplastada y una rama quebrada a la altura de un jinete.
El rastro descendía hacia el sur. Tarecuato miró entre los árboles.
—El valle.
Hirápan siguió la dirección de sus ojos.
—¿Estás seguro?
—Ella lo conoce. Pamen les habló de ese lugar.
El joven se incorporó demasiado deprisa y perdió el equilibrio. Hirápan lo sujetó por la ropa. Esta vez no lo soltó hasta que pudo sostenerse.
Uárhi llegó ante Tangáxhuan antes del mediodía. La habían transportado sobre una armazón de ramas cubierta con mantas. Durante el trayecto pidió varias veces que se apresuraran y otras tantas que se detuvieran para que los hombres descansaran.
Al entrar en el patio buscó al cazonci. Él ya venía hacia ella. Uno de los dos guardias enviados desde el bosque había llegado durante la madrugada para advertir de las huellas. Habían preparado un grupo para salir al encuentro de la comitiva.
La noticia del ataque los alcanzó antes de partir. Tangáxhuan se arrodilló junto a la anciana.
—¿Vive?
Uárhi se llevó una mano a la boca. Asintió.
—Cuando se la llevaron, estaba viva.
El cazonci inclinó la cabeza apenas un instante. Después preguntó por cada uno de los hombres. Escuchó el nombre del muerto, la desaparición del otro, la herida de Tarecuato.
Uárhi le sujetó el antebrazo.
—Tu hija se defendió.
Tangáxhuan levantó los ojos.
—Lo sé.
La anciana apretó con fuerza.
—Necesitaba que lo supieras.
Él cubrió su mano con la suya. Luego se puso de pie y llamó a sus hombres.
Poco después llegó también el guardia del que no habían sabido nada. Se había ocultado bajo unas raíces durante la persecución y perdió el conocimiento por una herida en la pierna. Unos recolectores lo encontraron al clarear y lo llevaron a una vivienda. Su relato confirmó el de Uárhi. Tangáxhuan dispuso que lo atendieran con los demás sobrevivientes; ya no quedaba ningún hombre de aquella escolta sin localizar.
Valcárcel llegó a la construcción después de comer. Traía el espejo. Eréndira lo había dejado boca abajo sobre el banco, pero alguien lo retiró mientras ella caminaba.
Ahora el capitán lo sostenía como si pudiera iniciar con él una conversación distinta. Tomás entró detrás. Valcárcel habló con calma. El intérprete escuchó sin levantar la vista.
—Dice que debes comprender que no puede devolverte todavía.
Eréndira permaneció de pie.
—¿Por qué?
La respuesta tardó.
—Tu padre enviará hombres contra él.
—Mi padre enviará hombres porque me tiene prisionera.
Tomás tradujo. El capitán apretó el espejo. Siguieron varias frases. Eréndira reconoció su propio nombre y el del cazonci. Tomás respiró hondo.
—Quiere que mandes un mensaje. Que digas que estás aquí por tu voluntad.
La joven sintió que se le enfriaban las manos. Miró al intérprete, buscando en su rostro la posibilidad de haber escuchado mal.
—No.
Valcárcel se acercó. Volvió a hablar.
—Dice que evitarás un enfrentamiento.
Eréndira imaginó a su padre recibiendo aquellas palabras. Lo vio obligándose a creerlas, intentando comprender por qué su hija había partido hacia una casa desconocida sin despedirse.
—No voy a mentirle.
El capitán golpeó el banco con el espejo y lo dejó allí. El ruido hizo que Tomás retrocediera. Eréndira se estremeció, pero sostuvo la mirada.
Valcárcel pronunció una última frase y salió. El intérprete permaneció junto a la puerta.
—¿Qué dijo?
Tomás tardó en responder.
—Que volveremos a hablar mañana.
Cuando estuvo sola, Eréndira se sentó en el suelo. Había logrado contenerse delante de ellos. Ahora sentía el cuerpo entero estremecido por un temblor que no podía dominar.
Recordó a su padre acomodándole el manto. En cuanto el camino sea seguro. Se cubrió la cara. Quiso volver a aquella despedida y decirle que no la dejara salir. Después comprendió que habría deseado lo mismo si el ataque hubiera ocurrido dentro de la residencia.
No había una decisión pasada a la que pudiera regresar para arreglarlo todo. Solo estaba aquella habitación. La puerta vigilada. La amenaza de convertir su voz en un engaño.
Sacó el tejido azul y lo extendió sobre las rodillas.
—Estoy aquí —susurró, imaginando que Tarecuato podía escucharla—. Todavía estoy aquí.
Las primeras lágrimas cayeron sobre sus manos. Bajo la manta húmeda sonó una gota. Eréndira levantó el rostro. Esperó. Otra. Retiró la tela.
El agua brotaba entre las piedras. Se inclinó hasta quedar muy cerca. Esta vez no era una humedad lenta. Un hilo transparente empujaba pequeños granos de tierra y se abría paso hacia la depresión del suelo.
Eréndira dejó de llorar. Se limpió el rostro con el dorso de la mano. El agua continuó unos instantes y luego disminuyó.
Permaneció inmóvil, escuchando. Afuera, un hombre pidió leña. Un caballo golpeó el cercado. Dentro, la última gota quedó suspendida entre dos piedras.
Eréndira pensó en su madre. En las visitas al valle después de perder a un hijo. En aquella voz que le pedía escuchar cuando era niña.
Sintió que las lágrimas volvían a llenarle los ojos. La gota cayó. Otra ocupó su lugar. La joven retiró las manos y se sentó contra la pared.
Por primera vez desde el rapto, sintió algo distinto del miedo. No alcanzaba a llamarlo esperanza. Tarecuato y Hirápan llegaron a la ladera occidental al anochecer.
Avanzaron agachados entre los arbustos hasta encontrar un lugar desde donde observar el fondo del valle. Había humo. Más abajo distinguieron los postes del cercado, unos hombres alrededor del fuego y la construcción junto a los árboles.
Tarecuato buscó la puerta. Estaba cerrada.
—Esperaremos —murmuró Hirápan.
El joven clavó las uñas en la tierra. Entonces la puerta se abrió. Un soldado dejó una vasija en el umbral y se apartó.
Eréndira apareció unos instantes después. Desde aquella distancia apenas podía distinguirse su rostro, pero Tarecuato reconoció la forma en que sujetaba el manto sobre el pecho.
Apoyó una mano contra el árbol más cercano. Había llegado a tiempo para verla viva. Abajo, Eréndira alzó la cabeza hacia la montaña.
Él contuvo el impulso de llamarla. Entre ambos se extendían la hierba, los guardias y una franja de sombra que empezaba a llenarse de neblina.