Capítulo 6 de 15
La casa sin camino
La construcción olía a madera recién cortada. Eréndira lo advirtió antes de cruzar la entrada. Había virutas junto al umbral, ramas apiladas contra una pared y marcas de herramientas en los postes. El trabajo de cerrar aquel refugio había comenzado antes de la emboscada.
Lo habían preparado antes de capturarla. La estructura descansaba sobre postes viejos, oscurecidos por las lluvias. Las tablas claras y la puerta eran recientes. Habían cerrado un cobertizo de leñadores para convertirlo en una habitación que solo pudiera abrirse desde fuera.
La certeza la hizo detenerse. El soldado que caminaba detrás la empujó por el hombro. Eréndira tropezó, pero consiguió mantenerse en pie. Dentro había un lecho de paja cubierto con una manta, una vasija y un banco bajo. Entre las tablas de la pared se filtraba la claridad del amanecer.
No había otra salida. Tomás entró después de ella.
—Voy a quitarte las cuerdas.
Eréndira retrocedió. El intérprete mostró las manos.
—Necesitas que te limpien las muñecas.
La joven miró la sangre seca bajo las ataduras. El tejido azul seguía apretado dentro de su puño. Lo deslizó bajo el borde del manto antes de extender los brazos.
Después, cuando Tomás se volvió para dejar el cuchillo, lo pasó al pequeño pliegue interior de su ropa, junto al pecho. Allí podía conservarlo aunque le quitaran el manto.
Tomás deshizo el primer nudo. El segundo estaba tan ajustado que tuvo que pedir un cuchillo al hombre de la entrada. Eréndira observó la hoja.
El intérprete lo advirtió y se volvió ligeramente para mantenerla fuera de su alcance. Cuando terminó, ella se frotó la piel lastimada.
—¿Cuánto tiempo llevaba esto aquí?
Tomás siguió mirando la cuerda.
—No lo sé.
—Hay madera cortada. Un lugar para dormir. Alimentos.
Él dejó los restos de las ataduras sobre el banco.
—Descansa.
Eréndira se acercó hasta obligarlo a mirarla.
—No vuelvas a decirme que no sabes cuando lo que quieres decir es que no vas a responder.
Tomás abrió la boca. Afuera, alguien lo llamó. Se marchó sin contestar. Eréndira esperó a que sus pasos se alejaran. Después recorrió las paredes con las manos.
Las tablas eran irregulares, clavadas sobre una estructura de postes. En algunos puntos cabían dos dedos entre ellas; en otros, apenas entraba la luz. La cubierta estaba hecha con ramas, corteza y barro todavía húmedo.
Podía oír a los hombres. Uno reía cerca del fuego. Otro tosía. Los caballos se movían hacia el extremo del claro. Se arrodilló junto a la parte posterior.
La tierra estaba blanda. Intentó hundir las uñas, pero encontró una raíz gruesa y piedras colocadas contra la base de la pared. Le dolían las manos. Las retiró y las apretó sobre las rodillas.
Tenía que pensar. Había dos veredas en las laderas y una entrada amplia por el sur. Conocía aquella disposición desde mucho antes de verla señalada sobre la mesa de su padre.
Si conseguía llegar a los árboles del poniente… La puerta se abrió. Eréndira se levantó de inmediato. Valcárcel entró acompañado de Tomás.
El capitán se había quitado algunas de las piezas de metal que llevaba durante el ataque. Sin ellas parecía menos voluminoso, pero ocupó la pequeña habitación como si tuviera derecho a cada rincón.
Miró la manta. Dijo algo. Tomás permaneció junto a la puerta.
—Pregunta si necesitas otra.
Eréndira sostuvo los brazos contra el cuerpo.
—Necesito salir.
El intérprete tradujo. Valcárcel respondió con una frase breve.
—Aquí estarás protegida.
La joven lo miró, esperando que el propio absurdo de aquellas palabras lo hiciera corregirse. El capitán no cambió de expresión.
—Sus hombres me sacaron del bosque a la fuerza. Vi caer a quienes me cuidaban. Dile que no vuelva a hablarme de protección.
Tomás tradujo despacio. La mandíbula de Valcárcel se tensó. Durante un momento, Eréndira pensó que iba a golpearla. Él avanzó un paso y empezó a hablar. Señaló la habitación, su propia ropa, después el camino que se extendía más allá de la puerta.
Tomás escuchó hasta el final.
—Dice que puede darte una vida buena. Que, cuando termine con ciertos asuntos, irás con él.
Eréndira sintió náuseas.
—No iré.
El capitán la había entendido antes de escuchar la traducción. Se acercó lo suficiente para tocarle el cabello. Eréndira apartó la cabeza.
Valcárcel dejó la mano suspendida. Luego la cerró y la bajó lentamente.
—Dile que no vuelva a tocarme.
Tomás obedeció. Afuera relinchó un caballo. El capitán observó a Eréndira unos instantes más y salió. La puerta se cerró detrás de ambos.
Solo entonces ella permitió que le temblaran las piernas. No tocó los alimentos cuando se los llevaron. Había maíz cocido y una pequeña porción de carne. El olor le revolvió el estómago, aunque no había comido desde la noche anterior.
Se sentó sobre la manta y sacó la tira azul. Tenía una mancha oscura cerca del borde. Eréndira intentó recordar si Tarecuato sangraba cuando cayó.
Veía el golpe una y otra vez, pero cada repetición cambiaba un detalle: la posición de su mano, el movimiento de su cabeza, la distancia que los separaba.
Lo había visto moverse. Se obligó a conservar ese recuerdo. No el arma levantada. No el suelo cubierto de hojas. Lo había visto moverse.
Apretó la tela contra la boca para contener un sollozo. Después lloró en silencio, inclinada sobre las rodillas. Tarecuato despertó bajo unas ramas.
Intentó incorporarse y el dolor le atravesó la cabeza. Una mano lo sujetó por el pecho.
—Quieto.
Reconoció la voz de uno de los guardias. El hombre tenía el brazo vendado con una tira de su propia ropa. Tarecuato miró alrededor.
Habían construido una cubierta baja entre dos troncos. Más allá, el bosque empezaba a llenarse de luz.
—Eréndira.
El guardia no respondió.
Tarecuato volvió a intentar levantarse.
—Se la llevaron —dijo el otro, sujetándolo con mayor fuerza—. Siéntate antes de abrirte otra vez la herida.
El joven se tocó un costado de la cabeza. Los dedos salieron manchados. Entonces vio a Uárhi. Estaba sentada contra un árbol, con la pierna extendida. Tenía barro en el rostro y una expresión que él no le había conocido nunca.
—Quise sujetarla —murmuró ella.
Tarecuato cerró los ojos. Recordó unos dedos sobre su muñeca. El tirón de una tela. Luego, el golpe. Se miró el brazo desnudo.
La tira azul ya no estaba. Solo cuatro de los seis guardias que habían seguido con ellas después del desvío estaban en el refugio, contando a Tarecuato.
Uno había muerto en la explanada. Del otro no sabían nada. El hombre que cargaba a Uárhi los había conducido hasta un espeso grupo de arbustos. Después regresó por Tarecuato y lo encontró arrastrándose hacia la hondonada.
—Querías seguirlos —le dijo.
Tarecuato no lo recordaba. Bebió un poco de agua y esperó a que el bosque dejara de inclinarse ante sus ojos.
—Tenemos que saber hacia dónde fueron.
Uárhi lo miró.
—Primero debemos avisar a tu señor.
—Los dos hombres que regresaron…
—No saben que se la llevaron.
El joven bajó la cabeza. La anciana tenía razón. Uno de los guardias ilesos se ofreció para buscar a Tangáxhuan. Otro iría con él, ayudando a Uárhi hasta alcanzar una vivienda donde pudieran conseguir quien la transportara.
Tarecuato permanecería con el hombre del brazo herido. Esperarían lo suficiente para no caer delante de los caballos y buscarían el rastro.
Uárhi lo llamó antes de que se apartara.
—Mírame.
Él obedeció.
—Cuando la encuentres, necesitará que puedas ayudarla.
Tarecuato sostuvo su mirada y asintió. El agua del recipiente estaba fría. Eréndira la utilizó para limpiar sus muñecas. El ardor la obligó a detenerse varias veces.
Después se lavó el rostro y comió un poco de maíz. Necesitaba fuerzas. Cuando Tomás regresó, ella estaba sentada sobre el banco.
—Quiero salir a tomar aire.
Él miró hacia el soldado de la entrada. Hablaron brevemente.
—Puedes caminar cerca de la casa.
Eréndira se levantó antes de que cambiara de opinión. El sol estaba alto. Ahora podía ver mejor el campamento: otra cubierta para los hombres, provisiones bajo unas pieles y caballos sujetos cerca de los árboles. Dos soldados trabajaban sobre un arma apoyada en un tronco.
La roca quedaba a cierta distancia. Eréndira avanzó hacia ella. El guardia levantó la voz. Tomás se interpuso.
—Hasta allí no.
—Voy a sentarme.
—Quédate cerca.
La joven miró hacia las laderas. Había un hombre en el paso del sur y otro sobre una elevación desde donde podía vigilar parte del valle. No veía el sendero del poniente.
Valcárcel conocía las entradas principales. Tal vez todavía no conocía todas las pequeñas sendas. Se sentó sobre un tocón, dentro de los límites que le permitieron.
Tomás permaneció de pie a unos pasos.
—¿Cómo supieron que saldríamos? —preguntó Eréndira.
Él miró hacia los soldados.
—Había hombres vigilando fuera de la residencia.
—¿Desde antes de que llegara el capitán?
Tomás asintió apenas.
—¿Nos siguieron también cuando dejamos el camino?
—Uno de los hombres que iba a pie los vio bajar. Los jinetes se quedaron en el sendero para que ustedes no volvieran. El otro hombre corrió a avisar al capitán. Conocían el cauce seco: lo habían recorrido buscando un lugar donde guardar provisiones.
Eréndira recordó las voces que habían oído desde arriba y la espera en la explanada. El descanso que Uárhi necesitaba había dado tiempo a los perseguidores para rodearlos.
—Habían dejado gente en varios caminos —añadió Tomás—. No sabían cuál tomarían. Esperaron a verlos salir.
Eréndira hundió los dedos en la corteza. Su padre había recibido visitantes mientras otros preparaban la emboscada.
—¿Lo ayudaste a planearlo?
—Traduje.
—¿Y la casa?
Tomás se frotó la frente herida.
—Era un cobertizo. Lo cerraron durante los días en que el capitán hacía preguntas. Entraban al anochecer por el sur y trabajaban bajo los árboles. Yo llevé las órdenes.
Esta vez no se refugió en que desconocía lo ocurrido. Ella levantó la mirada. El intérprete parecía haber envejecido durante la noche.
—Podrías marcharte —dijo Eréndira.
Tomás negó con la cabeza.
—No conoces mi situación.
—Entonces explícala.
Tomás miró hacia el fuego antes de responder.
—Mi hermana vive en una comunidad del oriente por donde pasan hombres de los suyos. El capitán dice que, si lo abandono, les contará que soy un espía. Que hará llegar mi nombre hasta allí. No sé si puede cumplirlo. He seguido obedeciendo por miedo a averiguarlo.
—Tu miedo no le quitó las manos de encima al hijo de Pamen.
—No —admitió Tomás—. No se las quitó.
—Conozco la mía.
Él recibió aquellas palabras sin defenderse. Durante un rato escucharon a un pájaro picotear un tronco.
—Si ves a mi padre… —empezó ella.
La voz se le quebró. Tomás se volvió. Eréndira tardó en recuperar el aliento.
—Dile que estoy viva.
El intérprete bajó los ojos. Esta vez no prometió nada. Al regresar a la construcción, Eréndira vio que habían dejado el pequeño espejo sobre la manta.
Lo reconoció de inmediato. La tela que lo envolvía estaba doblada a un lado. Se detuvo en el umbral, incapaz de acercarse.
Después entró, recogió el espejo y lo puso boca abajo sobre el banco. La puerta se cerró. Durante horas escuchó movimientos en el campamento. Un caballo salió por el camino del sur. Los hombres discutieron mientras comían. Más tarde, la luz empezó a retirarse de las rendijas.
Eréndira se arrodilló donde había intentado apartar la tierra. Esta vez oyó el agua con claridad. Un goteo lento, debajo de la pared.
Apoyó la palma. La tierra estaba húmeda. Dejó caer la frente contra la madera y cerró los ojos. Pensó en Uárhi, en su padre, en la mano de Tarecuato buscando la suya.
Las lágrimas le resbalaron hasta la barbilla. Una cayó sobre el suelo. Bajo sus dedos, una gota transparente brotó entre dos piedras.
Eréndira retiró la mano. Esperó. Surgió otra. Afuera no llovía.