Capítulo 5 de 15

El sendero roto

En cuanto se apagó la luz, Eréndira dejó de ver la mano de Uárhi. Seguía sintiéndola entre sus dedos, áspera y fría, pero la oscuridad había borrado el resto de su cuerpo. Delante de ellas, Tarecuato levantó un brazo. Apenas pudieron distinguirlo contra una franja de cielo.

Nadie se movió. Una rama crujió de nuevo. Después llegó el roce de algo pesado entre las hojas y una respiración que no pertenecía a ninguno de los hombres de la comitiva.

El caballo estaba cerca. Eréndira sostuvo el aire hasta que empezó a dolerle el pecho. Tarecuato retrocedió despacio. Encontró su hombro y acercó los labios a su oído.

—A la izquierda. Sin soltar a Nana.

La joven obedeció. Un guardia apartó unas ramas y las ayudó a abandonar el sendero. El suelo descendía bajo sus pies. Eréndira tanteó con una sandalia antes de apoyar el peso; Uárhi se aferró a su brazo.

Avanzaron apenas unos pasos cuando una voz desconocida cortó la noche. Alguien respondió desde más arriba. Eran dos hombres. No podían saber todavía si las habían visto.

Se ocultaron detrás de un tronco caído. Tarecuato se agachó junto a ellas y señaló un estrecho cauce seco que descendía entre las raíces.

—Seguiremos por ahí.

Uno de los guardias se inclinó hacia él. El hombre señaló las huellas y después el camino de regreso. Tarecuato comprendió su pregunta antes de oírla: volver por el sendero abierto podía conducirlos directamente a los jinetes. Necesitaban dejarlo sin revelar hacia dónde irían después.

—Nos aleja del paso.

—También a ellos.

El hombre miró a Uárhi. La anciana comprendió.

—Puedo caminar.

Tarecuato no discutió. Llamó con un gesto a dos de los acompañantes.

—Regresen. Digan al cazonci dónde encontramos las huellas. Que nadie utilice el camino del norte hasta saber quién lo vigila.

Los hombres se deslizaron entre los árboles. Eréndira los siguió con la mirada hasta perderlos. Quedaban seis guardias con ellas.

Tarecuato volvió a acercarse.

—Bajaremos hasta encontrar terreno firme. Después rodearemos la ladera.

—¿Y la casa? —susurró Eréndira.

Él miró hacia el sendero invisible.

—Buscaremos otra forma de llegar.

No prometió que sería pronto. La joven agradeció aquella sinceridad, aunque le hizo sentir el frío con mayor fuerza. El cauce estaba lleno de piedras sueltas.

Eréndira avanzaba delante de Uárhi, ofreciéndole el hombro. Cada pocos pasos escuchaba detrás un pequeño gemido que la anciana intentaba disimular.

—Detente —murmuró.

—Sigue.

—Te estás lastimando.

Uárhi apoyó una mano en un árbol. Tenía la respiración entrecortada. Tarecuato regresó al ver que se habían separado del grupo. Se arrodilló y palpó el tobillo de la anciana.

Ella apretó los labios.

—Lo torcí al bajar.

Uno de los hombres se desprendió de su carga y se agachó de espaldas frente a ella.

—Sube, Nana.

—No voy a…

—Sube —repitió Eréndira.

Eréndira y Tarecuato le acomodaron los brazos alrededor del cuello del guardia. El guardia se levantó lentamente. La anciana hundió la cara contra su hombro, humillada por necesitar ayuda.

Eréndira recogió el cesto que había dejado en el suelo. Dentro encontró una manta, una pequeña vasija y la flor amarilla que le había regalado días antes, ahora seca y aplastada entre dos hojas.

La guardó con cuidado. Cuando levantó la mirada, Tarecuato la esperaba.

—Dame eso.

Ella le entregó el cesto, pero conservó su bolsa. Continuaron. La luna apareció entre las nubes cuando alcanzaron una pequeña explanada. Podían verse unas piedras amontonadas junto a los restos de una cubierta de ramas. El lugar había servido de refugio a quienes recogían madera en la montaña.

Tarecuato permitió que descansaran. No encendieron fuego. Uárhi se sentó con la pierna extendida mientras uno de los hombres le sujetaba el tobillo con una tira de tela. Eréndira le acercó agua.

La anciana bebió apenas.

—Tú también.

La joven obedeció y sintió que le temblaban los dientes contra el borde de la vasija. Hasta entonces no había advertido cuánto miedo tenía.

Tarecuato se sentó a su lado.

—Los hombres que envié llegarán antes del amanecer.

Eréndira miró el bosque.

—¿Cómo sabían por dónde íbamos?

Él tardó en responder.

—Puede que no lo supieran. Ese camino lleva a varias comunidades.

—O puede que nos estuvieran esperando.

Tarecuato dejó las manos sobre las rodillas.

—Sí.

Ella se volvió hacia él.

—No debimos salir.

—En la casa también podían vigilarte.

Eréndira quiso preguntar si existía algún sitio donde no pudieran encontrarla, pero vio el cansancio en su rostro y guardó silencio. Él buscó su mano bajo la manta.

—Descansa un poco.

La joven apoyó la cabeza en su hombro. No llegó a dormirse. El primer grito vino de arriba. Un guardia que vigilaba la ladera cayó sobre las piedras, rodó y consiguió incorporarse apoyándose en una rodilla.

—¡Vienen!

Tarecuato ya estaba en pie. Se oyó un golpe seco, seguido por un zumbido que Eréndira no supo reconocer. Algo se clavó en el tronco detrás de ella.

Uno de los hombres la empujó al suelo. Uárhi gritó su nombre. Entre los árboles aparecieron luces. No eran los dos jinetes del camino. Había más hombres avanzando a pie, separados para cerrarles la salida.

Tarecuato tomó a Eréndira del brazo.

—Con Nana. Hacia las rocas.

Ella se volvió para ayudar a la anciana. El guardia que la había cargado volvió a levantarla, mientras otros dos se interponían entre ellas y los atacantes.

Una espada chocó contra un escudo. El sonido hizo que Eréndira se encogiera. Nunca había estado tan cerca de un hombre que intentaba matar a otro.

Todo se volvió fragmentos: una luz cayendo entre la hierba, el rostro de un guardia apretado por el esfuerzo, unas manos que buscaban una piedra.

Tarecuato retrocedía hacia ellas sin dejar de mirar al frente.

—¡Bajen!

Eréndira sujetó la ropa de Uárhi. Corrieron. La pendiente las llevó hasta una hondonada. El hombre que cargaba a la anciana resbaló y cayó sobre una rodilla. Eréndira se arrodilló para ayudarlo, pero una sombra apareció entre los árboles.

Un extranjero le cerraba el paso. Le habló en una lengua que ella no entendía y extendió una mano. Eréndira buscó a su alrededor.

Encontró una rama gruesa y la levantó con ambas manos. El hombre avanzó. Ella lo golpeó en la cara. Oyó su grito, sintió el tirón de la madera al ser arrebatada y retrocedió hasta chocar contra el guardia que sostenía a Uárhi.

Entonces Tarecuato llegó desde la ladera. Se lanzó contra el extranjero y lo derribó.

—¡Sigan!

El guardia intentó levantarse. Eréndira dio un paso hacia Tarecuato. Uárhi la llamó. La joven vaciló solo un instante. Fue suficiente. Un brazo le rodeó la cintura desde atrás.

Al resistirse, Eréndira sintió que la correa de su bolsa se rompía contra una rama. La bolsa cayó abierta; el peine rebotó entre las hojas y el pequeño envoltorio de semillas quedó junto a una raíz. Intentó agacharse, pero el brazo que la sujetaba la levantó del suelo.

Eréndira gritó y golpeó con los codos. Sus sandalias se arrastraron sobre las hojas. Vio a Uárhi extender las manos hacia ella antes de que el hombre que la sostenía tuviera que retroceder bajo el ataque de otro soldado.

Tarecuato volvió la cabeza. Al verlo, Eréndira consiguió pronunciar su nombre. Él se desprendió del hombre con quien luchaba y corrió hacia ella.

Estaban a dos pasos. Eréndira extendió la mano. Sus dedos alcanzaron la tira azul de su muñeca. Entonces un golpe hizo que Tarecuato cayera de lado.

La tela se deslizó entre las manos de ambos. Ella la retuvo sin comprender qué había sucedido.

—¡Tarecuato!

Él intentó incorporarse. Un soldado levantó el arma otra vez. Eréndira dejó de resistirse.

—¡No! ¡No le hagan daño!

No podían entenderla, pero su voz detuvo al hombre durante un instante. Alguien dio una orden desde la parte alta. El soldado bajó el brazo.

Dos hombres arrastraron a Eréndira pendiente arriba. Lo último que vio fue a Tarecuato moviéndose entre las hojas. Rodrigo de Valcárcel la esperaba donde habían dejado los caballos.

La luz de una antorcha le iluminaba la cicatriz. Eréndira reconoció al visitante que había recorrido los corredores de su casa aquella mañana. Había recibido alimento de su padre; ahora esperaba junto a los hombres que la habían arrancado de su escolta. No sabía cuándo había abandonado la residencia ni cómo había llegado hasta allí.

El capitán la miró de arriba abajo. Tenía el manto desgarrado y sangre ajena en una mano. Dijo algo a los soldados.

Uno le soltó el brazo. Eréndira aprovechó para golpearlo y echó a correr hacia los árboles, pero otro la sujetó por la ropa. La tela le apretó el cuello y cayó de rodillas.

Valcárcel se acercó. No sonreía. Pronunció una orden y la levantaron. Tomás apareció detrás de uno de los animales. Eréndira lo miró con una furia que le devolvió fuerzas.

—Diles que me suelten.

El intérprete tenía una herida pequeña en la frente.

—No intentes correr otra vez.

—¡Diles que me suelten!

Tomás habló con el capitán. Valcárcel respondió sin apartar los ojos de ella.

—Dice que irás con él —tradujo.

—Mi padre…

—El capitán sabe quién es tu padre —respondió Tomás.

Eréndira dejó de hablar. Por primera vez entendió que mencionar a Tangáxhuan no bastaba para protegerla. Le ataron las muñecas por delante y la sentaron sobre un caballo, sujeta a uno de los soldados.

La altura la mareó. Intentó mirar hacia la hondonada, pero las luces del combate habían desaparecido.

—¿Y Nana? —preguntó.

Tomás ajustaba una carga cerca de ella.

—No lo sé.

—Había una anciana. No podía caminar.

Él evitó su mirada. Eréndira se inclinó todo lo que le permitieron las cuerdas.

—Tienes que buscarla.

El intérprete cerró los ojos un momento. Después fue a hablar con uno de los hombres que regresaban del bosque. Volvió solo.

—No la encontraron.

Aquello podía significar que estaba a salvo. Eréndira se aferró a esa posibilidad mientras los caballos empezaban a moverse. Dentro del puño conservaba la tira azul.

Descendieron durante mucho tiempo. El cuerpo del animal se movía debajo de ella con una fuerza que no podía anticipar. Cada vez que tropezaba, Eréndira sentía que iba a caer.

No volvió a pedir ayuda. Observó las montañas, la inclinación del terreno, un árbol partido por el rayo. Intentó guardar cada señal.

Cuando empezó a clarear reconoció el olor de la tierra húmeda. Luego vio la abertura entre los árboles. El valle. Valcárcel había elegido aquel lugar.

Había hombres junto a una construcción de madera levantada al borde de la ladera. Cerca ardían las últimas brasas de una fogata.

La bajaron del caballo. Eréndira apenas pudo sostenerse. A lo lejos, entre la neblina, distinguió la roca de su infancia. Seguía allí, baja y oscura sobre la hierba.

La joven apretó el tejido azul contra sus muñecas atadas. Desde algún lugar bajo sus pies llegó un golpeteo leve. Agua cayendo dentro de la tierra.

Esta vez no había soñado.