Capítulo 4 de 15

El hombre de la cicatriz

El caballo golpeó de nuevo las piedras. Eréndira permaneció sentada sobre el lecho, escuchando. Había imaginado un estruendo semejante al de los árboles al caer, pero lo que llegaba desde el patio era más inquietante: respiraciones profundas, un roce de metal, pasos que obedecían a una voz desconocida.

Uárhi cerró la puerta.

—Vístete. Todavía no salgas.

La joven se puso el manto con manos torpes.

—¿Está entre ellos?

La anciana no preguntó a quién se refería.

—El guardia no lo sabe.

Afuera, las mujeres encendían luces y apartaban los recipientes que habían quedado en los corredores. Nadie esperaba visitas antes del amanecer. La llegada había roto el orden de la casa, y Eréndira descubrió que también eso podía ser una forma de imponerse: obligar a los demás a levantarse, correr y hacer espacio.

Se acercó a una abertura del muro. Desde allí alcanzaba a ver un extremo del patio exterior. Un animal oscuro movía la cabeza junto a un hombre de piernas cubiertas con piezas extrañas. El caballo llevaba espuma cerca de la boca. Alguien quiso aproximarle una vasija, pero el extranjero levantó la mano y dijo algo con brusquedad.

El muchacho que cargaba el agua retrocedió. Eréndira apretó los labios. Uárhi la apartó suavemente.

—No permanezcas donde puedan verte.

Tangáxhuan recibió a los visitantes cuando empezaba a aclarar. Habían llegado tres españoles, dos acompañantes que cuidaban los caballos y un intérprete llamado Tomás. Los animales quedaron bajo vigilancia en el patio exterior; los hombres entregaron unas armas largas antes de entrar, aunque conservaron las espadas al cinto.

Desde una estancia contigua, Eréndira escuchaba junto a Uárhi. Su padre le había permitido permanecer allí para evitar que saliera a buscar noticias. La puerta estaba cubierta por un tejido grueso, y junto a ella vigilaba un guardia.

La voz del intérprete era serena.

—Dicen que vienen con palabras de amistad.

Hubo una pausa. Uno de los españoles habló extensamente. Eréndira no entendió nada, pero distinguió el nombre de una ciudad que había escuchado en labios de los mensajeros del oriente.

Tomás tradujo las solicitudes: alimentos, alojamiento para algunos hombres y permiso para recorrer los caminos. Tangáxhuan respondió sin prisa.

—Antes de hablar de caminos, quiero saber por qué uno de los nuestros llegó herido y su hermano quedó muerto junto a unos costales de maíz.

El silencio atravesó el tejido. Eréndira oyó el pequeño crujido de algo de cuero. Después habló otra voz española, más grave. El intérprete tardó en responder.

—Dice que hubo una disputa. Que algunos hombres actuaron sin permiso.

—¿Quién responde por ellos?

Tomás repitió la pregunta. Esta vez la contestación fue breve.

—El capitán Rodrigo de Valcárcel.

Eréndira miró a Uárhi. La anciana sostenía el borde de su manto con tanta fuerza que se le habían blanqueado los dedos.

Tarecuato estaba en el interior de la sala, cerca de uno de los accesos. Desde allí vio al capitán inclinar apenas la cabeza cuando se dijo su nombre.

La cicatriz le nacía debajo de la oreja y cruzaba un extremo de la mandíbula. No era una herida reciente. La piel había quedado tirante y hacía que su boca pareciera torcida incluso cuando sonreía.

Tarecuato lo reconoció de inmediato. También reconoció al intérprete que había visto en el camino. Valcárcel llevaba las manos descubiertas. Sobre uno de sus dedos brillaba un anillo oscuro. Mientras Tomás hablaba, el capitán recorría con la mirada la sala, los objetos, las entradas.

Se detuvo en el tejido que cubría la estancia contigua. Tarecuato dio medio paso. Valcárcel volvió los ojos hacia él. Por un instante se observaron sin la ayuda de ninguna lengua compartida.

Después, el español sonrió. La conversación duró hasta que el patio se llenó de luz. Tangáxhuan autorizó que recibieran alimento y descansaran en unas dependencias separadas de las habitaciones familiares. No permitió que sus acompañantes circularan libremente.

El permiso era para descansar, no para retenerlos. Si decidían volver a su campamento, el responsable de la puerta debía acompañarlos hasta el camino exterior y avisar al consejo. Tangáxhuan quería conocer sus movimientos sin convertir aquella visita en una disputa que todavía podía evitar.

Los visitantes salieron de la sala mientras unos hombres preparaban las estancias. Eréndira esperó a que el guardia apartara el tejido.

—Ya pueden regresar —dijo él.

Uárhi avanzó primero. Atravesaron un corredor estrecho que desembocaba en el jardín interior. Eréndira conocía cada desnivel de aquel suelo. Lo había recorrido de niña con los pies descalzos, había escondido semillas entre las grietas y jugado a no tocar las manchas de sol.

Aquella mañana, al doblar una esquina, encontró a un desconocido frente a ella. Valcárcel se había detenido junto a una pared decorada con tejidos.

Detrás de él venía Tomás, seguido por un guardia que señalaba hacia el corredor opuesto. Todos quedaron inmóviles. Eréndira vio primero la cicatriz.

Luego la mano apoyada sobre la empuñadura de la espada. El español bajó los ojos hasta su rostro y los mantuvo allí.

Uárhi se adelantó.

—Este paso conduce a las habitaciones de la familia.

Tomás tradujo rápidamente. Valcárcel retiró la mano de la espada y dijo algo. El intérprete miró a Eréndira antes de hablar.

—El capitán pide perdón. Le llamaron la atención los tejidos.

El guardia volvió a señalar el camino. Valcárcel no se movió todavía. Pronunció unas palabras más. Tomás vaciló.

—Pregunta si eres la hija del señor.

Uárhi tomó a Eréndira del brazo.

—El capitán debe seguir a su guardia.

La joven habría podido marcharse sin contestar. Sin embargo, la manera en que aquel hombre esperaba una respuesta le hizo levantar el rostro.

—Soy Eréndira.

Tomás tradujo. Valcárcel repitió su nombre despacio. Al oírlo en aquella boca, ella sintió el mismo desagrado que le habría causado encontrar una prenda propia entre las manos de un extraño.

El capitán inclinó la cabeza. Después permitió que el guardia lo condujera fuera del corredor.

Eréndira no volvió a verlo aquella tarde. Mientras ella preparaba el viaje, Valcárcel pidió regresar con los suyos para repartir el alimento recibido. El encargado de la puerta lo acompañó hasta el camino, junto con Tomás y sus hombres. La noticia de su salida llegó a Tangáxhuan cuando la comitiva de su hija ya estaba preparada. Parecía una dificultad menos dentro de la residencia.

Tangáxhuan escuchó lo ocurrido sin interrumpir. Uárhi relató el encuentro; Eréndira permaneció junto a ella.

—Se apartó del camino que le indicaron —dijo la anciana.

El cazonci llamó al responsable de los visitantes y ordenó colocar otro hombre en el acceso al jardín. Cuando quedaron solos, Eréndira se acercó.

—Es él.

Su padre asintió.

—Tarecuato lo reconoció.

—No se perdió.

Tangáxhuan la miró con gravedad.

—Saldrán esta noche.

Eréndira tardó un instante en comprender.

—Faltaba un día.

—Ya no conviene esperar.

Uárhi empezó a enumerar lo que debían preparar. Mantas, alimentos, recipientes pequeños. Tangáxhuan la escuchó y añadió que viajarían sin cargas que retrasaran la marcha.

Eréndira pensó en la casa de las tierras altas. Hasta entonces había sido una posibilidad. Ahora tenía una noche concreta, un sendero y el dolor de dejar a su padre detrás.

—¿Cuántos vendrán con nosotras?

—Ocho hombres. Tarecuato irá al frente.

—¿Y si preguntan dónde estoy?

—No tendrán que saberlo.

El regalo llegó por la tarde. Tomás esperaba junto al acceso vigilado, con un objeto envuelto en tela. Pidió hablar con alguien de la familia.

Uárhi salió a recibirlo. Eréndira permaneció unos pasos atrás, suficientemente cerca para escuchar.

—El capitán quiere reparar la incomodidad de esta mañana.

El intérprete descubrió un pequeño espejo de metal pulido. La luz del patio quedó atrapada en su superficie. Uárhi no extendió las manos.

—La hija del cazonci no necesita nada.

Tomás miró hacia Eréndira. Parecía cansado.

—Solo me han pedido entregarlo.

La joven se acercó hasta quedar al lado de la anciana. En el metal vio una forma incompleta de su rostro: un ojo, una parte de la mejilla, el cabello convertido en una mancha oscura.

—Devuélvelo —dijo.

Tomás bajó la vista.

—Podría considerarlo una ofensa.

Eréndira sintió que Uárhi le rozaba la muñeca.

—Dile que no lo he pedido.

El intérprete envolvió el espejo. Ya se volvía cuando ella lo llamó.

—Tú estabas con el niño del comerciante.

Tomás se detuvo. Durante un momento solo se oyó el roce de una escoba en el patio.

—Sí.

—¿Tradujiste lo que le preguntaron a su padre?

Él asintió. Eréndira esperó una explicación. Tomás apretó el objeto envuelto contra su cuerpo.

—Yo también tengo personas esperándome —murmuró.

Después se marchó. Al oscurecer, Tarecuato entró en el pequeño patio donde habían reunido los hatillos. Eréndira estaba comprobando el nudo de una bolsa. Dentro llevaba ropa, un peine y unas semillas que su madre había guardado en una vasija.

Él se arrodilló para revisar las sandalias de repuesto.

—Tomaremos primero el camino del norte —dijo—. Después subiremos por el bosque.

Eréndira conocía parte de aquella ruta.

—¿Pasaremos cerca del valle?

—Lo dejaremos al sur. No conviene acercarnos.

Ella asintió. Tarecuato levantó la vista. La tira azul estaba atada alrededor de su muñeca. Eréndira la tocó con un dedo.

—Pensé que me la devolverías.

—Puedo hacerlo.

Ella cerró su mano sobre la de él.

—Guárdala un poco más.

Tarecuato quiso acercarse, pero se detuvo al ver aparecer a Uárhi con otra manta. La anciana dejó la carga junto a los hatillos.

—Si van a quedarse mirándose, al menos háganlo mientras comen. Necesitarán fuerzas.

Eréndira sonrió por primera vez en todo el día. Tangáxhuan se despidió de ella junto a la puerta de su habitación. No llevó consejeros.

Acomodó el manto sobre sus hombros, igual que había hecho días antes, y esta vez Eréndira lo abrazó antes de que pudiera apartarse.

Su padre le rodeó la espalda. La joven recordó el tamaño de aquellas manos cuando era niña.

—Volveré pronto —dijo, buscando que él lo confirmara.

Tangáxhuan le besó el cabello.

—En cuanto el camino sea seguro.

Eréndira quiso retenerlo, pero oyó los pasos de los hombres que venían a buscarlos. Se separaron despacio. Salieron por una puerta de servicio cuando los patios quedaron en silencio.

Tarecuato marchaba delante. Dos hombres cerraban la comitiva. Uárhi caminaba junto a Eréndira, cuidando dónde apoyaba los pies. Durante un rato solo escucharon sus propias respiraciones.

Al llegar al bosque, uno de los exploradores regresó desde una curva y levantó el brazo. Todos se detuvieron. Tarecuato avanzó hasta él.

Hablaron en voz muy baja. Eréndira vio que el joven se inclinaba junto al sendero y tocaba la tierra. Después miró hacia la oscuridad.

Había huellas de caballo donde no debía haberlas. El explorador señaló el camino de las tierras altas.

—Dos —susurró—. Pasaron hace poco.

A lo lejos crujió una rama. Tarecuato apagó la pequeña luz que llevaba uno de los hombres. La noche se cerró sobre ellos.