Capítulo 3 de 15

La distancia entre dos manos

Eréndira no reconoció el valle en el dibujo. Habían extendido una tela sobre la mesa y colocado piedras para señalar los senderos. Una rama torcida representaba el paso entre las montañas. Más abajo, junto a una mancha de carbón, descansaba una semilla.

—Aquí —dijo Tarecuato.

La semilla estaba donde debía encontrarse la roca húmeda. Eréndira sintió deseos de apartarla. Aquel lugar tenía árboles, pájaros y el recuerdo de su madre; verlo reducido a una señal en la mesa de su padre le produjo una tristeza que no supo explicar.

Tangáxhuan examinaba el dibujo.

—¿Cuántas entradas?

—Una amplia, por el sur. Dos veredas en las laderas —respondió uno de los exploradores—. La del poniente está cubierta de ramas. Un caballo no podría pasar.

—Un hombre sí —dijo Tarecuato.

El cazonci levantó la mirada hacia él.

—¿Los extranjeros entraron?

—No lo vimos. Permanecieron en el camino después de hablar con el comerciante.

Eréndira seguía de pie junto a Uárhi. Había insistido en que su padre escuchara lo que Tarecuato acababa de contarle, y él le permitió quedarse.

Ahora lamentaba cada palabra.

—Que vigilen las veredas —ordenó Tangáxhuan—. Sin acercarse a su campamento.

Los exploradores debían observar los pasos desde las laderas y volver antes de oscurecer. El cazonci no quería hombres aislados dentro del valle mientras desconocieran la fuerza de los extranjeros. Aquella precaución dejaba sin vigilancia continua el fondo arbolado, pero evitaba ofrecerles otro prisionero.

Uno de los hombres inclinó la cabeza.

—Podemos cerrarles el paso.

—Todavía no sabemos cuántos llegarán detrás.

Nadie respondió. El cazonci retiró la semilla y la sostuvo entre los dedos.

—Y busquen al comerciante.

Lo encontraron dos días después. Se llamaba Pamen y llevaba años entrando en las comunidades con sal, agujas de hueso y pequeñas piezas de cobre. Eréndira lo había visto muchas veces. Recordaba una cesta que cambiaba de hombro continuamente y la manera en que anunciaba su mercancía antes de aparecer entre las casas.

Lo condujeron al patio al mediodía. Su hijo caminaba detrás. Era un niño de unos ocho años, delgado, con una tira de tela alrededor de la cabeza. Se detuvo junto a la entrada cuando un guardia le impidió avanzar.

Eréndira lo vio desde el corredor. Pamen se arrodilló delante de Tangáxhuan.

—No sabía que preguntarían por ella.

—Pero les respondiste.

El comerciante mantuvo la cabeza baja.

—Me detuvieron en el camino.

—¿Qué les dijiste?

—Les dije que tenías una hija, señor. Eso lo saben hasta quienes nunca han entrado en tu casa. No creí que fueran a preguntar más.

Eréndira se quedó inmóvil detrás de una columna. Pamen tragó saliva.

—Uno de ellos quiso saber dónde podía verla.

El patio pareció vaciarse de sonidos.

—¿Y tú le mostraste el valle? —preguntó Tangáxhuan.

El hombre levantó la cara. Tenía un ojo hinchado.

—Mi hijo estaba con ellos.

Eréndira miró al niño. Había empezado a arrancar hilos del borde de su ropa. Pamen explicó que los soldados se llevaron sus mercancías y sujetaron al pequeño junto a un caballo. El hombre de la cicatriz hacía preguntas a través de un intérprete. Cada vez que el comerciante tardaba en responder, uno de los soldados acercaba al niño al animal.

—Pensé que iban a soltarlo debajo de sus patas.

Su voz se quebró. Tangáxhuan no se movió.

—¿Qué más?

—Les dije que ella iba con una anciana. Que regresaban antes de que el sol estuviera alto. No conocía otros caminos.

Eréndira apoyó una mano en la columna. Recordó cuántas veces había pasado junto a Pamen sin detenerse. Para ella era una voz entre las casas. Él, en cambio, conocía sus paseos, su compañía y la hora de su regreso.

—¿Recibiste algo? —preguntó uno de los consejeros.

Pamen abrió las manos vacías.

—Me devolvieron al niño.

El pequeño empezó a llorar en silencio. Eréndira salió del corredor. Uárhi intentó sujetarla, pero ella ya había bajado al patio. Se acercó al niño y se arrodilló frente a él.

—Ven.

El guardia miró al cazonci. Tangáxhuan asintió. Solo entonces el niño corrió hasta su padre. Aquella tarde, Eréndira encontró a Tangáxhuan solo.

Había dejado de lado el dibujo de los caminos y sostenía una taza que ya no despedía vapor.

—¿Lo castigarás? —preguntó ella.

Su padre no fingió ignorar de quién hablaba.

—Permanecerá aquí hasta que sus heridas sanen. Después saldrá con vigilancia para reconocer al intérprete y los lugares donde estuvieron.

—Lo obligaron.

—Y puede ayudarnos a saber qué ocurre.

Eréndira se sentó frente a él.

—El niño tiene miedo de los guardias.

Tangáxhuan dejó la taza. Durante un instante pareció mucho mayor.

—Hablaré con ellos.

La joven pasó un dedo por una grieta de la mesa.

—Todos conocen mi rostro.

Su padre esperó.

—Mis paseos. La ropa que uso. Las personas con quienes hablo.

—Has crecido aquí.

—Entonces encerrarme no hará que dejen de saber.

Tangáxhuan sostuvo su mirada.

—Hace que sea más difícil encontrarte.

Eréndira no discutió. Comprendía sus razones, y aun así cada puerta cerrada la hacía sentirse más cerca del peligro. Su padre se inclinó hacia ella.

—Hay una casa en las tierras altas. La familia de tu madre la utilizaba durante algunas temporadas. Podrías permanecer allí con Uárhi.

La joven alzó la cabeza.

—¿Quieres enviarme lejos?

—Quiero que tengas un lugar seguro mientras averiguamos qué pretenden.

—¿Y tú?

Tangáxhuan recogió la taza, pero no bebió. Eréndira comprendió que no pensaba acompañarla. Buscó a Tarecuato al atardecer. Lo encontró detrás del almacén, reparando la correa de un pequeño escudo. Tenía junto a él una vasija con agua y un puñado de fibras.

Al verla, dejó el trabajo.

—¿Qué ocurrió?

Eréndira se sentó sobre una piedra.

—Mi padre quiere que vaya a las tierras altas.

Él miró hacia el suelo.

—Lo sé.

La respuesta le dolió.

—¿Todos lo sabían antes que yo?

—Me preguntó por el camino.

Eréndira arrancó una brizna de hierba. Tarecuato esperó hasta que ella volvió a mirarlo.

—Me pidió que te acompañara.

La hierba quedó inmóvil entre sus dedos.

—¿Vendrías?

—Hasta que puedas regresar.

Por primera vez desde la llegada del herido, Eréndira pudo imaginar el día siguiente sin sentir que algo la perseguía. Pensó en la casa desconocida, en Uárhi quejándose del frío y en Tarecuato entrando al patio con leña entre los brazos.

La imagen la conmovió tanto que tuvo que bajar la mirada.

—No quiero pasarme los días esperando noticias tuyas.

Él se sentó a su lado. Había entre ambos una distancia pequeña, suficiente para que ninguno rozara al otro por accidente.

—Tampoco me gusta dejarte aquí —dijo.

Eréndira observó sus manos. Una conservaba la raspadura del último viaje.

—¿Por qué?

Tarecuato soltó una respiración breve.

—Creo que lo sabes.

Ella podría haberlo obligado a decirlo. En otro momento quizá habría sonreído, disfrutando de su torpeza. Aquella tarde necesitaba escucharlo sin juegos.

—Quiero saberlo de ti.

Tarecuato dejó las fibras sobre el suelo.

—Cuando regreso te busco antes de dejar mis cosas. Los otros ya se burlan de mí. Y anoche, al verte con el niño de Pamen, pensé que me gustaría que alguna vez me miraras así. No sabía cómo decírtelo.

Eréndira sintió calor en el rostro.

—Ya lo hago.

Él levantó los ojos. Durante unos segundos ninguno encontró qué decir. Entonces Eréndira extendió la mano sobre la piedra, con la palma hacia arriba.

Tarecuato la cubrió con la suya. Se quedaron allí hasta que las sombras alcanzaron el muro. Hablaron de cosas pequeñas. Él le contó que de niño había roto una vasija de Uárhi y culpado a un perro. Eréndira confesó que la anciana lo había sabido desde el principio.

—Te dejó creer que la engañaste porque al día siguiente trajiste agua tres veces.

Tarecuato se rio. La risa le cambió el rostro. Por un momento volvió a parecerse al muchacho que entraba por las cocinas con las rodillas raspadas.

Eréndira le tocó la ceja, debajo de la herida.

—Quisiera que te quedaras así.

—¿Sentado?

—Sin mirar siempre hacia la entrada.

Él le besó los dedos. El gesto fue tan suave que Eréndira tardó en comprenderlo. Después se acercó. Tarecuato dejó tiempo para que ella retrocediera. Al verla permanecer allí, rozó sus labios con los suyos.

Eréndira cerró los ojos. Había imaginado aquel primer beso de muchas maneras, aunque nunca se lo había reconocido. No había pensado en el olor a cuero húmedo, en una correa a medio reparar ni en el miedo que todavía le apretaba el pecho.

Pero cuando él apoyó la frente contra la suya, todo aquello encontró lugar.

—Mañana hablaré con tu padre —murmuró Tarecuato.

Ella abrió los ojos.

—Primero debemos llegar a esa casa.

—También quiero hablarle de esto.

Eréndira volvió a besarlo. Uárhi los esperaba en el corredor. No preguntó por qué Eréndira tenía el cabello desordenado ni por qué Tarecuato tardó tanto en despedirse.

La acompañó hasta su habitación y comenzó a separar las mantas para el viaje.

—Dos noches —dijo—. Tu padre quiere que salgamos dentro de dos noches.

Eréndira se quitó el manto.

—¿Conoces la casa?

—Dormí allí antes de que nacieras.

La joven observó los movimientos de la anciana.

—¿Mi madre era feliz?

Uárhi dejó una manta a medio doblar.

—Algunas veces. Otras se preocupaba demasiado.

—¿Por qué soñaba con agua?

La anciana se sentó. Durante un rato alisó la tela sobre sus rodillas.

—Después de perder a su primer hijo, iba al valle. Decía que el sonido bajo la roca la ayudaba a dormir.

Eréndira nunca había oído hablar de aquel hermano. Uárhi la miró con tristeza.

—Eras muy pequeña cuando murió. Nos faltaron años para contarte sus cosas.

Afuera, alguien comenzó a encender las luces del corredor. Eréndira se acercó y apoyó la cabeza sobre el hombro de la anciana.

Esa noche soñó otra vez con el valle. Vio agua entre la hierba y una tira azul flotando lejos de la roca.

Despertó cuando llamaron a la puerta. Era todavía oscuro. Uárhi abrió apenas. Un guardia habló en voz baja, pero Eréndira alcanzó a escuchar:

—Han llegado mensajeros extranjeros. Piden hablar con el cazonci.

La joven se incorporó. Desde el patio llegó un sonido desconocido: el resoplido de un animal grande, seguido por un golpe de cascos sobre la piedra.