Capítulo 2 de 15

Los hombres que preguntaban por ella

La sangre había quedado entre las junturas de las piedras. Eréndira la vio al amanecer, cuando una mujer se arrodilló con un cántaro y empezó a lavar el patio. El agua se tiñó de rosa, recorrió unos pasos y desapareció por una canaleta.

El herido seguía vivo. Eso era lo único que había conseguido averiguar. Durante la noche, su padre ordenó cerrar los accesos y reunió a sus hombres. Uárhi la condujo de regreso a su habitación con tanta firmeza que le dejó marcas de los dedos en el brazo. Después permaneció junto a la puerta, sentada sobre un petate, sin acostarse.

Eréndira tampoco durmió. Cada vez que cerraba los ojos escuchaba las palabras del desconocido. Preguntaron si era cierto que el señor tenía una hija.

Al principio había sentido miedo. Después, una vergüenza inexplicable, como si aquellos hombres hubieran conseguido entrar en su habitación sin acercarse siquiera a los muros.

Cuando clareó, se vistió. Uárhi abrió los ojos.

—Todavía es temprano.

—Quiero saber cómo está.

La anciana se incorporó con una mano apoyada en la pared.

—Mandaré preguntar.

—Puedo caminar hasta donde lo atienden.

—Tu padre pidió que permanecieras aquí.

Eréndira se volvió hacia ella.

—Anoche preguntaron por mí. Si hay algo que deba saber, quiero escucharlo.

Uárhi bajó la mirada hacia las marcas de su brazo. Alargó una mano, pero la dejó caer antes de tocarla.

—Espera a que hable con él.

Esta vez Eréndira aceptó. El hombre se llamaba Huanítzi. Había salido de su comunidad con otros dos hombres para llevar maíz a unos parientes. En el camino encontraron a los extranjeros.

Eso contó delante de Tangáxhuan, tendido sobre una estera y con el costado vendado. Eréndira escuchaba junto a la entrada. Su padre había permitido que estuviera allí después de una conversación breve con Uárhi, aunque le pidió que no interrumpiera.

Huanítzi hablaba despacio. Cada respiración parecía rozarle algo roto por dentro.

—Uno de los nuestros entendía algunas palabras del hombre que iba con ellos.

—¿Un intérprete? —preguntó Tangáxhuan.

El herido asintió.

—Preguntaron cuántos días faltaban para llegar hasta aquí. Dónde podían conseguir alimento. Cuántos hombres cuidaban los caminos.

Se humedeció los labios. Una mujer le acercó una vasija y sostuvo su cabeza mientras bebía.

—Después uno de ellos preguntó por tu casa, señor.

Eréndira apretó las manos bajo el manto.

—¿Cuál de ellos? —preguntó su padre.

—Uno que llevaba una marca aquí.

Huanítzi se tocó la mandíbula.

—Como una quemadura vieja. Los demás lo escuchaban cuando hablaba.

—¿Dijo su nombre?

—No lo entendí.

Tangáxhuan dejó pasar un momento.

—¿Por qué los atacaron?

El hombre cerró los ojos. La mujer de la vasija hizo un movimiento para indicar que necesitaba descanso, pero él empezó a hablar de nuevo.

Uno de los soldados quiso llevarse los costales de maíz. El hermano de Huanítzi se negó. Hubo un forcejeo; alguien cayó; uno de los animales se encabritó.

Después apareció el acero.

—Mi hermano quedó en el camino —murmuró.

Nadie preguntó si estaba muerto. Huanítzi volvió la cabeza hacia la pared. Eréndira salió antes de que pudieran verla llorar. Encontró a su padre en un corredor abierto al patio.

Los hombres de su consejo lo esperaban más adelante, pero Tangáxhuan se detuvo al verla.

—Quiero ayudar a su familia —dijo ella.

—Se enviará alimento.

—Quiero hacerlo yo.

Su padre observó su rostro.

—Puedes preparar lo que necesiten con Uárhi.

Eréndira asintió, aunque aquello no era lo único que quería decirle. Él lo advirtió.

—Habla.

La joven buscó una forma de ordenar lo que sentía.

—¿Cómo saben que existo?

Tangáxhuan miró hacia el patio. La mujer ya había terminado de limpiar las piedras.

—Aquí entran comerciantes, mensajeros y visitantes de muchas comunidades. No has vivido escondida.

—Pero preguntaron por mí.

—Sí.

—¿Por qué?

Su padre tardó en contestar.

—Tal vez alguien les habló de nuestra familia. Tal vez querían saber quiénes viven conmigo.

Eréndira sostuvo su mirada.

—Tampoco tú lo crees.

Tangáxhuan se acercó.

—No sé lo que quieren, hija. Por eso debes obedecer a quienes te cuidan.

La incertidumbre en su voz le produjo más temor que una amenaza concreta. Antes de marcharse, él apoyó una mano en su hombro.

Eréndira la cubrió con la suya y la retuvo unos instantes. Pasó la mañana separando mantas y llenando cestos con maíz. Uárhi trabajaba enfrente. De vez en cuando levantaba la vista para comprobar que seguía allí.

Al mediodía llegó Itzé, una muchacha de edad semejante a la de Eréndira que ayudaba a cuidar a los enfermos. Llevaba la parte delantera de la ropa manchada de una infusión oscura.

—Está dormido —informó.

Eréndira dejó de acomodar los granos.

—¿Podrá vivir?

—La mujer que lo atiende dice que hay que esperar.

Itzé miró los cestos.

—Su esposa tiene dos niños. El menor todavía mama.

Eréndira añadió otra manta. Recordó que había escuchado a varias mujeres discutir, meses antes, porque el maíz no alcanzaba para pagar tributos y alimentar a sus familias. En aquel momento le había parecido una preocupación que su padre podía resolver con una orden.

Ahora tenía delante un cesto pequeño y ninguna certeza de que bastara.

—Llévales también esto.

Se quitó de la muñeca una cuenta de piedra verde ensartada en un cordón. Uárhi levantó la cabeza.

—Era de tu madre.

Eréndira mantuvo la mano extendida. Itzé no la tomó.

—Necesitan comida —dijo con suavidad—. Y alguien que ayude a traer agua mientras él sana.

La joven miró la cuenta sobre su palma. Después volvió a atársela.

—Entonces conseguiremos eso.

Por la tarde vio a Tarecuato cerca del almacén. Llevaba un hatillo sobre la espalda. Eréndira se detuvo frente a él.

—Vas a salir.

—Antes de que oscurezca.

—¿Hacia el camino?

Tarecuato asintió. Ella miró el corte de su ceja. Se había formado una costra fina.

—Apenas regresaste.

—Conozco el lugar donde los vimos.

Desde el otro lado del patio, un hombre lo llamó. Tarecuato levantó una mano para indicar que lo había oído. Eréndira quiso pedirle que se quedara. Le sorprendió la fuerza de aquel deseo y bajó los ojos para ocultarlo.

—No te acerques demasiado.

—Debemos saber cuántos son.

—Puedes contarlos desde lejos.

Él intentó sonreír.

—Eso pienso hacer.

Eréndira desató una tira delgada del tejido que recogía su cabello. Era azul, con un borde gastado por el uso. La dobló y se la ofreció.

Tarecuato la miró sin comprender.

—Para sujetarte el pelo —dijo ella—. Siempre te cae sobre los ojos.

Él tenía el cabello recogido. Los dos lo sabían. Aun así, tomó la tira con cuidado.

—La traeré de vuelta.

Eréndira levantó la vista.

—Tráela tú.

El hombre volvió a llamarlo. Tarecuato guardó el tejido bajo el borde de su ropa y se alejó sin responder. Antes de cruzar la entrada se volvió.

Ella seguía allí.

La primera noche sin noticias fue soportable. La segunda tuvo demasiados ruidos. Eréndira empezó a reconocer los pasos de los guardias y el cambio de voces cuando llegaban los relevos. Se dormía por momentos y despertaba creyendo escuchar caballos, aunque nunca había oído uno de cerca.

Al tercer día le permitieron salir al jardín interior. Uárhi la acompañó hasta un árbol bajo cuya sombra solían sentarse las mujeres a bordar.

Eréndira no llevaba labor. Observó a una araña que intentaba reparar su tela entre dos ramas. El viento rompía una hebra y ella volvía a empezar.

—Mi madre venía aquí cuando estaba preocupada —dijo.

Uárhi se acomodó junto al tronco.

—También cuando estaba contenta.

—Recuerdo más sus manos que su cara.

La anciana tardó en contestar.

—Tenías pocos años.

Eréndira tocó la cuenta de su muñeca.

—Soñé con ella en el valle.

Uárhi mantuvo la vista en el jardín.

—Me lo dijiste.

—Tú sabes algo de ese lugar.

Una hoja descendió entre las dos. La anciana la apartó de su falda.

—Tu madre iba a sentarse sobre aquella roca.

Eréndira se volvió.

—¿Por qué?

—Decía que allí podía pensar sin que nadie le pidiera nada.

—¿Y el agua?

Uárhi alzó los ojos.

—Hay un manantial bajo las piedras. A veces se escucha.

La explicación era sencilla. Eréndira quiso conformarse con ella.

—Entonces, ¿por qué te asustaste?

La anciana se frotó las manos.

—Porque tu madre también soñaba con agua.

Antes de que Eréndira pudiera preguntar más, sonaron pasos en el corredor. Un guardia se inclinó ante ellas. Habían regresado los exploradores.

Tarecuato entró después de los otros. Caminaba por su propio pie. Eréndira sintió que el aire le llenaba el pecho por primera vez en tres días.

Él la encontró entre quienes se habían acercado al patio y se llevó discretamente una mano al lugar donde guardaba el tejido.

Después siguió a los hombres que iban a reunirse con Tangáxhuan. Pasó mucho tiempo antes de que lo dejaran salir. Eréndira lo esperaba junto a un muro, lejos de las mujeres que repartían agua.

—Los contaste —dijo.

Tarecuato asintió. Tenía polvo en las pestañas y una raspadura nueva en una mano.

—Son más de los que vimos primero.

—¿Vienen hacia aquí?

—Todavía están en el camino del sur.

Eréndira esperó. Él miró hacia la habitación donde seguía reunido el consejo.

—Hay algo más.

La joven sintió frío. Tarecuato sacó la tira azul. No se la entregó; la sostuvo entre los dedos mientras buscaba las palabras.

—El hombre de la cicatriz estaba hablando con un comerciante. Le preguntó por una muchacha que suele salir hacia un valle.

Eréndira oyó una vasija romperse en algún lugar del patio. No volvió la cabeza.

—¿Qué comerciante?

—No pude verle bien el rostro.

Ella pensó en sus paseos, en las personas a quienes había saludado, en las veces que había caminado convencida de que todos los senderos conocidos eran seguros.

—¿Qué le respondió?

Tarecuato cerró la mano sobre el tejido.

—Le señaló las montañas.

Eréndira miró por encima del muro. Desde allí apenas se alcanzaban a ver las cumbres, inmóviles bajo la luz de la tarde.

En alguna parte, detrás de ellas, estaba la roca húmeda donde había apoyado las manos. Y alguien acababa de mostrarle el camino a un desconocido.