Capítulo 1 de 15

El valle que todavía no tenía agua

Antes de que el agua cubriera los caminos, hubo un valle. Había árboles de raíces retorcidas, piedras que conservaban el calor hasta después del anochecer y un sendero por donde las mujeres regresaban con hierbas recogidas en las laderas. Al amanecer, la neblina descendía entre los troncos y se quedaba suspendida sobre la hierba.

Eréndira conoció aquel lugar cuando todavía podía atravesarse a pie. Tenía diecinueve años y una obstinación que preocupaba a quienes estaban encargados de cuidarla. Aquella mañana había salido antes de que terminaran de preparar los alimentos, acompañada de Nana Uárhi, la mujer que la había criado desde la muerte de su madre.

—Tu padre mandará buscarnos —advirtió la anciana.

Eréndira sostuvo una rama para ayudarla a pasar.

—Regresaremos antes.

—Eso dijiste la última vez.

—La última vez regresamos.

—Con la oscuridad encima y medio palacio creyendo que te había comido un puma.

La joven sonrió, pero aminoró el paso. Uárhi empezaba a respirar con dificultad y no le gustaba que la vieran cansada. Caminaron hasta una roca ancha, situada cerca del centro del valle. Desde allí podían verse las montañas que cerraban el horizonte y una estrecha abertura entre los árboles, por donde el sendero continuaba hacia los poblados.

Eréndira se sentó y apoyó las manos sobre la piedra. Estaba húmeda. No había llovido durante varios días.

—Siempre está así —murmuró.

Uárhi dejó en el suelo su pequeño cesto.

—Debajo de la tierra también corre agua.

—¿Mucha?

—La suficiente para alimentar las raíces.

Eréndira deslizó un dedo por una grieta. En el fondo brillaba una gota. Su madre la había llevado allí años atrás. Apenas conservaba de aquella visita una imagen: sus manos pequeñas hundiéndose en un montón de hojas, mientras una voz le pedía que escuchara.

Entonces solo había oído pájaros. Ahora, sentada en la misma roca, creyó distinguir algo más: un golpeteo débil, espaciado, semejante al agua que cae dentro de una vasija.

Se inclinó.

—¿Lo oyes?

Uárhi no contestó inmediatamente.

—Oigo muchas cosas.

—Debajo de nosotros.

La anciana recogió el cesto.

—Es hora de volver.

Eréndira levantó la mirada.

—Acabamos de llegar.

—Y todavía debemos recorrer el camino de regreso.

Había una severidad poco habitual en su voz. La joven se incorporó, desconcertada. Antes de alejarse volvió a mirar la roca. Una hormiga atravesaba la grieta, cargando un fragmento de hoja mayor que su propio cuerpo. La gota que había visto ya no estaba.

Las noticias habían llegado tres días antes. La gran ciudad levantada sobre el agua, aquella de la que hablaban los comerciantes cuando regresaban del oriente, había caído en manos de los extranjeros.

Eréndira escuchó la noticia detrás de una puerta. No había buscado espiar. Iba a pedir permiso para visitar a una muchacha enferma cuando reconoció la voz de su padre y se detuvo.

Tangáxhuan hablaba poco. Incluso en la intimidad parecía medir lo que cada palabra podía provocar. Aquella tarde, sin embargo, había preguntado dos veces lo mismo:

—¿Estás seguro?

La respuesta pertenecía a un hombre exhausto.

—Vi los caminos, señor. Vi a los que salían.

Después se oyó el roce de una vasija contra el suelo. El mensajero bebió antes de continuar. Habló de casas destruidas, de hambre y de cuerpos que nadie podía recoger. Mencionó animales enormes que llevaban hombres sobre el lomo y armas cuyo estruendo se escuchaba antes de ver caer a quienes estaban enfrente.

Eréndira se había apartado de la puerta con el estómago encogido. Desde entonces, cada conversación parecía interrumpirse cuando ella entraba. Aquella mañana, al regresar del valle, encontró a dos guardias esperándola junto al acceso de la residencia.

Uno inclinó la cabeza.

—El cazonci desea verte.

Uárhi soltó un suspiro. Eréndira le entregó una flor amarilla que había recogido en el camino.

—Para que no digas que salimos sin provecho.

La anciana aceptó la flor sin sonreír.

—Escucha a tu padre.

Tangáxhuan estaba de pie frente a un mapa trazado sobre una superficie de fibras. Cerca de su mano había pequeñas piedras que señalaban poblaciones y caminos.

No levantó la voz. Eso hizo que Eréndira se sintiera peor.

—Saliste sin avisar.

—Nana estaba conmigo.

—Nana no puede detener a un hombre armado.

La joven miró las piedras del mapa. Había más que la última vez.

—¿Ya vienen?

Su padre siguió la dirección de sus ojos.

—No sabemos qué harán.

—Pero podrían venir.

—Sí.

Eréndira había preparado una defensa durante el camino: que conocía el valle, que llevaba años recorriéndolo, que los guardias la habrían retrasado. Frente al cansancio de su padre, aquellos argumentos le parecieron infantiles.

—No volveré a salir sin avisarte.

Tangáxhuan asintió. Luego apartó una piedra y se frotó la base de la nariz. Desde la muerte de su esposa, Eréndira había aprendido a reconocer sus momentos de agotamiento. En público mantenía los hombros firmes; a solas dejaba caer ligeramente el izquierdo, como si sostuviera un peso invisible.

Quiso abrazarlo. No lo hizo.

—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó.

Su padre apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Eso estamos tratando de averiguar.

—¿Oro?

—Tal vez.

—¿Tierras?

Tangáxhuan la miró.

—No sabemos cuántos vienen ni quién los manda. Hasta saberlo, no daré por segura ninguna de sus promesas.

Desde el patio llegó el ruido de unas sandalias. Un guardia anunció el regreso de otro grupo de exploradores. Eréndira entendió que debía retirarse.

Ya estaba junto a la puerta cuando su padre la llamó.

—Hija.

Se volvió. Tangáxhuan se acercó y acomodó el borde de su manto, torcido sobre un hombro. Era un gesto tan parecido a los de su infancia que Eréndira sintió una punzada en la garganta.

—Necesito saber dónde estás.

—Lo sabrás.

Él sostuvo un instante su mirada antes de dejarla marchar. Encontró a Tarecuato en el patio de los cántaros. Tenía un corte reciente sobre la ceja y limpiaba barro seco de una de sus sandalias.

Se conocían desde niños. Su madre había trabajado entre las mujeres que preparaban los tejidos de la residencia, y él había crecido entrando por las cocinas, siempre con hambre y alguna rodilla lastimada.

Ahora llevaba armas. Eréndira todavía no terminaba de acostumbrarse.

—Te golpearon —dijo.

Tarecuato alzó la vista.

—Una rama.

—Una rama muy precisa.

Él sonrió y volvió a su sandalia. Eréndira se sentó a su lado. Durante unos momentos escucharon el agua que una mujer vertía en un recipiente al otro extremo del patio.

—Tú los viste —dijo ella.

Tarecuato dejó de raspar el barro.

—Desde lejos.

—Cuéntame.

Él miró hacia el corredor por donde acababa de pasar un guardia.

—No debería hablar contigo de eso.

—Todos dicen lo mismo.

—Tal vez debas escucharnos.

Eréndira se levantó. Había dado dos pasos cuando él habló.

—Los animales hacen temblar el suelo.

Se detuvo. Tarecuato tenía la mirada fija en sus manos.

—Al principio pensé que corrían hacia nosotros. Estaban cruzando un claro. Eran seis.

—¿Los hombres?

—Los animales. Los hombres iban encima.

Eréndira regresó lentamente.

—¿Son tan grandes como dicen?

Él asintió.

—Y obedecen.

Aquello la inquietó más que el tamaño. Trató de imaginar una criatura capaz de llevar a un guerrero, de correr sin soltarlo, de avanzar contra otro hombre porque así lo ordenaba una mano.

—¿Te vieron?

—No.

Respondió demasiado deprisa. Eréndira observó el corte de su ceja. Tarecuato se puso de pie.

—Prométeme que no irás sola al bosque.

—Nana tampoco confía en mis paseos.

—Prométemelo.

La urgencia de su voz hizo que ella abandonara cualquier respuesta burlona.

—No iré sola.

Tarecuato pareció aliviarse, aunque solo un poco. Eréndira alargó la mano y rozó con cuidado la piel sana junto a la herida.

Él permaneció inmóvil. Nunca se habían tocado de aquella manera. La joven retiró los dedos al escuchar pasos cerca.

—Deja que te limpien eso —murmuró.

—Es una rama.

—También las ramas ensucian.

Esta vez ambos sonrieron. Pero cuando Eréndira se alejó sintió que algo había cambiado en aquel patio, entre el ruido del agua y una promesa hecha casi en secreto.

Esa noche soñó con su madre. No recordaba su rostro con precisión. En el sueño reconocía sus manos: una pequeña cicatriz cerca del pulgar, el movimiento con que separaba el cabello antes de trenzarlo.

Estaban en el valle. La roca húmeda sobresalía entre la hierba. Su madre permanecía al otro lado y parecía esperar que Eréndira se acercara.

La joven quiso correr hacia ella, pero tenía los pies hundidos en el barro. Bajó la mirada. El agua le cubría los tobillos.

Cuando volvió a levantarla, su madre había desaparecido. Despertó intentando llamarla. Uárhi se incorporó junto al lecho.

—¿Qué ocurre?

Eréndira respiró varias veces antes de poder hablar.

—Había agua.

La anciana acercó una lámpara.

—Estabas soñando.

—En el valle.

Uárhi dejó de moverse. La llama iluminó las arrugas de su rostro y el pequeño temblor de sus labios. Eréndira sujetó su muñeca.

—¿Qué pasa con ese lugar?

—Nada que deba quitarte el sueño.

—Esta mañana también quisiste marcharte.

La anciana sostuvo la lámpara con ambas manos. Por un momento pareció dispuesta a contarle algo. Entonces sonó una llamada en el patio.

Primero un golpe. Después tres, rápidos. Uárhi volvió la cabeza hacia la puerta. Se escucharon voces, pasos apresurados y el roce de armas contra los muros.

Eréndira se levantó.

—Quédate aquí —ordenó la anciana.

Pero ella ya había apartado la cortina. Dos hombres cruzaban el patio sosteniendo a un tercero. El herido dejaba un rastro oscuro sobre las piedras. Cerca del acceso, Tarecuato hablaba con uno de los guardias.

Eréndira corrió hasta él.

—¿Qué sucedió?

Tarecuato la vio y su expresión cambió. Antes de que pudiera responder, el hombre herido levantó la cabeza. Tenía sangre seca en la boca.

—Preguntaron por los caminos —dijo.

Un guardia trató de hacerlo avanzar. El hombre se resistió apenas lo suficiente para terminar:

—Y preguntaron si era cierto que el señor tenía una hija.

Eréndira sintió la mano de Uárhi cerrarse sobre su brazo. Al otro lado del patio, su padre apareció rodeado de hombres. Por primera vez desde que llegaron las noticias del oriente, nadie intentó ocultarle el miedo.