Capítulo 1 de 26

El hombre que volvió para quedarse

La mañana en que Ocelotzin volvió, Xóchitl estaba discutiendo por una cesta. En aquel barrio de la zona chinampera de México-Tenochtitlan, los compradores llegaban por el canal antes de que el sol secara las flores.

El comprador aseguraba que las flores de cempasúchil se marchitarían antes del mediodía y pretendía pagar la mitad. Ella le mostró los tallos recién cortados, todavía húmedos, y le ofreció que eligiera otro puesto. El hombre dejó caer dos granos de cacao sobre el petate, como si la discusión hubiera terminado. Xóchitl los recogió y se los devolvió.

Entonces escuchó un golpe bajo la mesa.

Ébano acababa de entrar con una sandalia en la boca. Canela, que dormía debajo de la cesta más grande, levantó la cabeza. El perro negro se tendió sobre su hallazgo, dispuesto a defenderlo.

—No lo felicites —dijo alguien detrás de las flores—. Todavía necesito caminar.

Ocelotzin estaba descalzo de un pie. Llevaba polvo en las pantorrillas y una cortadura reciente junto a la ceja. Xóchitl olvidó al comprador. Se levantó tan deprisa que una guirnalda cayó sobre la tierra y se quedó mirándolo hasta que él abrió los brazos.

Al abrazarlo sintió una costra en su hombro y el olor de una manta que había pasado demasiadas noches lejos de casa. Él le sostuvo la nuca. Durante un instante no hubo mercado ni cuentas pendientes, solamente la respiración que ella había intentado recordar desde su partida.

—Has tardado —dijo contra su pecho.

—Lo sé.

No explicó todavía los caminos ni las órdenes. Xóchitl agradeció que le permitiera estar enojada antes de pedirle comprensión.

Recuperaron la sandalia a cambio de un tallo. El comprador ya se había marchado. Ocelotzin levantó la guirnalda caída y quiso limpiarla con las manos; al ver que quebraba dos flores, la dejó junto a las demás.

—Puedo cargar algo —ofreció.

—Eso sí lo haces bastante bien.

Citlali llegó al mediodía. Miró al guerrero, después a su hija, y le entregó la cesta vacía sin esperar a que terminara los saludos. Ocelotzin obedeció. Había aprendido a escuchar órdenes más difíciles que las de aquella mujer; ninguna le había producido tanta alegría.

Cuando por fin caminaron hacia el canal, él le mostró el envoltorio que llevaba bajo la manta. Contenía una vasija de barro bruñido, hecha por su hermano Tepal. En un costado había dibujado dos perros junto al agua. Uno parecía demasiado quieto para ser Ébano.

Xóchitl pasó el pulgar por una hendidura bajo el borde.

—Tepal dice que así reconocerás su trabajo —explicó Ocelotzin.

Dentro había una cuenta verde sujeta a un cordón.

—Eso no lo hizo él.

—Lo cambié por parte de mi recompensa.

Ella levantó los ojos.

Conocía el precio de aquellas recompensas. Había visto volver a los hombres con mantas finas y también había visto a sus madres detenerse ante una entrada donde ya no aparecía nadie. Acarició la piedra sin preguntarle qué había ocurrido para conseguirla.

—He pedido quedarme —dijo él.

Xóchitl dejó de mirar la cuenta.

—¿Hasta cuándo?

—Me han asignado vigilancia en los embarcaderos y trabajo con los muchachos que comienzan a entrenarse. Podrían llamarme si hubiera necesidad. Por ahora, no marcharé con el siguiente grupo.

Ella se sentó bajo un ahuejote. Necesitaba recibir aquella noticia sin convertirla enseguida en una promesa eterna. Ocelotzin se acomodó sobre la tierra, frente a ella. Canela encontró sombra junto a sus pies; Ébano fue a mojarse el vientre.

—¿Lo querías tú? —preguntó Xóchitl.

Él tardó un momento en contestar.

—Antes creía que siempre querría volver a salir. Allí sabía lo que debía hacer. Aquí tengo que aprender otras cosas.

—Aquí también hay quien sabe darte órdenes.

Ocelotzin sonrió. Después le tomó una mano y vio la pequeña espina clavada junto a la uña. Se la retiró con un cuidado que a ella le hizo doler la garganta.

—Quiero casarme contigo —dijo—. No cuando consiga algo más. Ahora que he vuelto.

Xóchitl conservó la mano entre las suyas. Durante las ausencias había imaginado aquella petición con palabras más hermosas, junto a un amanecer que nunca se parecía al verdadero. Ahora había mosquitos, una rama atravesada en el canal y un hombre que tenía tierra debajo de las uñas.

—Sí —respondió.

Él soltó el aire.

—Pero no voy a abandonar las flores para esperar que me digas qué hacer en tu casa.

—En nuestra casa.

—Tendrás que aprender a decirlo también cuando discutamos.

Ocelotzin le besó los nudillos. Xóchitl apoyó la frente en la suya. No necesitó otra frase hasta que Ébano salió del agua y se sacudió sobre ambos.

Antes de llevar la noticia a las familias, pasaron por la chinampa. Xóchitl había dejado unas herramientas con Atzin y quería recogerlas. Ocelotzin se ofreció a bajar primero de la canoa. Ella lo detuvo con una mano en el hombro.

—Ahí no pises.

El guerrero miró una franja de tierra que parecía igual a la contigua. Xóchitl le señaló la humedad junto a las raíces y descendió por el otro extremo. Él la siguió. Había aprendido a ver huellas casi borradas en los caminos y desconocía las señales de un terreno que ella recorría desde niña.

Atzin los observó acercarse y levantó las herramientas.

—Si has venido a trabajar, todavía queda bastante —le dijo a Ocelotzin.

Él aceptó cargar un recipiente hasta la parte alta. Lo llenó demasiado y perdió agua antes de dar tres pasos. Las mujeres se miraron sin disimular la risa.

Al volver del segundo viaje, Ocelotzin encontró a Xóchitl arrodillada entre plantas. La había visto vender y ordenar flores, pero nunca se quedó bastante tiempo para mirar el trabajo anterior. Había tallos débiles que sujetar, hojas enfermas que retirar y espacios que no podían ocupar dos plantas a la vez.

—Pensé que crecían más solas —admitió.

—Crecen solas donde no tienes que venderlas enteras.

Trabajaron hasta que comenzó a cambiar la luz. Ocelotzin quiso terminar una hilera y Atzin le recordó que también debía quedar fuerza para regresar. A él le costó dejar algo sin concluir. Xóchitl le mostró la cesta donde habían reunido las herramientas.

—Mañana sabremos dónde continuar.

La facilidad con que pronunció aquel mañana le produjo una alegría que no esperaba. En las campañas, el día siguiente era un movimiento que otros decidían. Allí había tareas conocidas a las que podía volver.

Durante el trayecto, él remó y Xóchitl sostuvo la vasija entre las rodillas. Pasaron junto a una casa donde alguien cantaba mientras molía. Ocelotzin le preguntó si le molestaría oírlo levantarse temprano.

—Me va a molestar que despiertes al perro y luego te vayas sin darle de comer.

Él aceptó la advertencia con una seriedad que la hizo reír de nuevo.

Al atardecer, las dos familias compartieron comida en casa de Citlali. Malinal, la madre del guerrero, escuchó la petición sin mostrar sorpresa. Tepal protestó porque tendría que hacer demasiadas vasijas. Se pasó la cena dibujándolas con el dedo sobre el suelo.

Antes de retirarse, Ocelotzin encontró a Xóchitl llenando de agua la pieza de los perros. Ella había colocado unas flores blancas dentro y llevaba la cuenta verde contra el cuello.

—La casa debe tener un lugar donde entre la luz temprano —dijo.

—Lo tendrá.

—Y tierra suficiente para sembrar algunas flores que no tenga que vender.

Él se acercó. Xóchitl le mostró las manchas verdes de sus dedos.

—Quiero que sigas reconociendo estas manos.

Ocelotzin las besó una a una. Afuera, las voces del barrio continuaban. Por primera vez no le parecieron el ruido de una ciudad de paso, sino las cosas entre las que tendría que aprender a quedarse.