Capítulo 2 de 26

Una puerta hacia el agua

La casa comenzó con una discusión sobre el suelo.

Ocelotzin había visto una vivienda que necesitaba reparaciones cerca de un embarcadero. El espacio era mayor de lo que podían conseguir junto al mercado y tenía acceso a una franja cultivable que la familia de Xóchitl trabajaba desde años atrás. A él le gustó imaginar los perros en el patio. Citlali levantó una esquina del petate y señaló la humedad.

—Los perros encontrarán dónde acostarse. Ustedes no van a criar raíces bajo la espalda.

El hombre que cedía el uso de la vivienda aseguró que el agua entraba solamente en las lluvias fuertes. Xóchitl le preguntó cuántas habían sido fuertes el último año. No contestó enseguida.

Eligieron otra casa, más pequeña, sobre un terreno ligeramente elevado. Desde la entrada se veía el canal; detrás había sitio para guardar herramientas y preparar los manojos. La chinampa quedaba a poca distancia en canoa. Tendrían que compartir parte de la cosecha y cumplir los trabajos del barrio, como las otras familias.

Ocelotzin calculó lo que podía aportar. Xóchitl añadió sus ventas. Ninguno tenía suficiente para hacer todas las reparaciones antes de casarse. Decidieron arreglar el techo, elevar un borde del patio y dejar las paredes menos urgentes para después.

Tepal se ofreció a preparar los recipientes de grano a cambio de que su hermano lo ayudara con una cubierta para el barro. Ocelotzin aceptó sin preguntar cuánto trabajo sería. A la segunda tarde descubrió que una obligación nacida de un afecto podía cansar tanto como una orden militar.

Xóchitl los encontró discutiendo sobre una viga.

—Si tiras de ese lado, se viene abajo —decía Tepal.

—Si no tiro, no se mueve.

Ella dejó la comida y observó el problema. Propuso retirar primero las cargas que impedían levantar el otro extremo. Los hermanos se miraron, avergonzados de no haberlo visto. Tepal disimuló culpando a Ébano, que dormía exactamente donde menos podía ayudar.

Por las noches, Ocelotzin acudía a casa de Citlali. A veces encontraba a Xóchitl trabajando y se sentaba cerca sin pedir que dejara las flores. Otras llegaba tan cansado que se quedaba dormido mientras ella hablaba. La primera vez le dolió. La segunda le arrojó una hoja a la cara.

—Si no puedes escucharme, dímelo.

Él se incorporó, desorientado.

—Creí que podía.

—Eso no es lo mismo.

Aprendieron a guardar algunas conversaciones para el día siguiente. Xóchitl descubrió que había silencios que no significaban rechazo. Ocelotzin comprendió que permanecer sentado junto a alguien no bastaba siempre para hacerle compañía.

Una tarde él llegó con una manta fina. Xóchitl quiso saber cuánto había costado. Al enterarse, se quedó mirando el tejido.

—Todavía no hemos pagado la madera.

—Quería que tuvieras algo bueno.

—Quiero que podamos dormir sin mirar el techo cada vez que llueva.

La discusión terminó mal. Él creyó que despreciaba el regalo; ella creyó que estaba decidiendo por ambos para sentirse generoso. Ocelotzin salió al patio antes de decir algo peor. Canela lo siguió, mientras Ébano permanecía con Xóchitl, como si los animales hubieran repartido la vigilancia.

Regresó cuando ella estaba envolviendo la manta.

—No la devuelvas para castigarme —pidió.

—No iba a devolvértela a ti. Mañana podemos cambiarla por una más sencilla y pagar una parte del trabajo.

Él miró sus propias manos. Había sabido repartir provisiones en una marcha y no había pensado en preguntar qué necesitaba la mujer con la que iba a compartir la comida.

—Mañana voy contigo.

Una tarde, Citlali pidió que Ocelotzin se quedara a ayudarla después de que Xóchitl saliera a una entrega. Él pensó que hablarían de los preparativos. La mujer le acercó un recipiente y comenzó a separar grano.

—No le vas a pedir que deje de hablar conmigo cada vez que discutan —dijo.

Ocelotzin dejó de mover las manos.

—No pensaba hacerlo.

—Es fácil no pensarlo antes.

Trabajaron un rato. Él quería defenderse de una acusación que todavía no merecía. Descubrió que Citlali no le estaba atribuyendo una culpa: intentaba conservar un lugar para su hija dentro de una vida que iba a cambiar.

—Puedes venir cuando quieras —ofreció.

La mujer lo miró de reojo.

—También puedo tener cosas que hacer en mi casa.

Ocelotzin sonrió. Al imaginar el matrimonio había pensado en proteger a Xóchitl y a su madre, como si ambas hubieran pasado todos aquellos años esperando que él regresara para organizarles la vida. La idea comenzó a parecerle ridícula antes de que Citlali tuviera que decírselo.

—Preguntaré qué necesitan —respondió.

—Y si hoy no hace falta, mañana tendrás bastante que hacer aquí.

Cuando Xóchitl volvió, encontró a su madre enseñándole al guerrero a reconocer el grano que debía apartar. Quiso saber de qué habían hablado. Citlali respondió que de lo caro que salía alimentar a un hombre que rompía herramientas. Ocelotzin sostuvo aquella versión sin mucha habilidad.

Más tarde, al acompañarla al canal, él le contó la conversación. Xóchitl agradeció que no la presentara como un secreto entre adultos que decidían por ella.

—Mi madre se preocupa cuando no encuentra trabajo suficiente para las manos —explicó.

—Creo que hoy lo encontró.

Le mostró un dedo enrojecido. Ella lo besó con una ternura burlona y le recordó que todavía faltaba terminar el techo.

La manta que eligieron después tenía un defecto pequeño en el borde. Xóchitl dijo que así no les daría miedo usarla. La llevaron juntos a la nueva casa y la dejaron sobre un petate, aunque todavía no dormirían allí.

Malinal comenzó otra, despacio, para entregársela cuando estuviera terminada. Citlali preparó semillas que su hija conocía desde pequeña. Las mujeres hablaron de las visitas entre familias, de los alimentos y de quienes debían intervenir en la unión. No todo podía resolverse con el deseo de los enamorados, pero ninguna de ellas permitió que los preparativos los apartaran de sus propias decisiones.

La víspera de la ceremonia, Xóchitl anudó en el cabello de Ocelotzin una tira bordada con una línea de agua. Una puntada estaba demasiado apretada.

—Puedo deshacerla —dijo.

Él la sostuvo antes de que tirara del hilo.

—Déjala. Voy a reconocerla aunque esté oscuro.

Xóchitl tocó una cicatriz detrás de su oreja y la besó. Había aprendido aquella marca durante despedidas. Le gustó pensar que ahora tendría tiempo para conocer las que aún le faltaban.

Cuando Ocelotzin se marchó, Citlali se sentó junto a su hija. No le ofreció consejos sobre la obediencia ni le prometió que el matrimonio acabaría con la incertidumbre.

—Habrá días en que quieras volver aquí —dijo—. La entrada seguirá donde está.

Xóchitl apoyó la cabeza en su hombro. El amor que la esperaba en la otra casa no volvía menos necesario aquel lugar.