Capítulo 3 de 26
La primera noche de la casa
Durante la comida de su unión, Ocelotzin derramó agua sobre el hombre encargado de recordarles sus obligaciones.
Había querido acercarle el recipiente antes de que lo pidiera y tropezó con el borde del petate. El anciano levantó los pies. Tepal se tapó la boca para no reír. Xóchitl recogió el agua con un paño mientras su madre fingía estar demasiado ocupada sirviendo para haber visto nada.
El anciano esperó a que terminaran.
—Ya saben que vivir juntos requiere atención —dijo.
La risa se extendió por el patio y alivió la solemnidad que a ambos les había endurecido la espalda. Después escucharon las palabras con respeto. Había vínculos entre familias, tareas que compartir, alimentos que no podían darse por seguros y una casa que necesitaría más que afecto para mantenerse.
Las prendas de los esposos fueron enlazadas. Xóchitl sintió el tirón del tejido al moverse y miró a Ocelotzin. Él estaba observando el nudo con la concentración de quien recibe una responsabilidad que sí ha elegido.
Comieron hasta que la luz comenzó a cambiar. Cuauhtli llegó con su mujer y sus dos hijos. El menor intentó tocar las insignias del guerrero y acabó persiguiendo a Ébano por el patio. Malinal recibió los elogios por una parte de la comida como si no hubiera pasado la noche entera preocupada por que faltara algo.
Al final, cuando las visitas se retiraron y los mayores terminaron lo que debían disponer, la casa quedó extrañamente grande.
Xóchitl recogía recipientes por no saber dónde poner las manos. Ocelotzin la ayudó hasta que ambos tomaron la misma vasija. Se detuvieron, riendo con una timidez nueva.
—Ya puedes dejar eso —dijo él.
—También tú.
Llevaron la pieza de los perros al lugar donde entraría la claridad al amanecer. Canela y Ébano encontraron sitio bajo el corredor. Ocelotzin cerró la entrada con la manta y regresó junto a su esposa.
Se habían besado muchas veces. Aquella noche el primer beso tuvo la lentitud de una pregunta. Xóchitl le sostuvo el rostro; él le dejó tiempo para acercarse de nuevo. Hablaron poco, pero pudieron decir cuándo algo les producía vergüenza y cuándo necesitaban detenerse.
Al desatarle el cabello, ella encontró la puntada irregular. Ocelotzin se volvió para besarle la muñeca. Después se sentaron sobre el petate, tan cerca que ya no podían ocultar el temblor.
Se amaron con cuidado, aprendiendo el peso del otro y riéndose una vez cuando la manta quedó atrapada bajo sus rodillas. Ninguno quiso parecer experto en una vida que apenas comenzaban. Más tarde, Xóchitl descansó con la cabeza sobre su pecho y escuchó un corazón que no necesitaba imaginar desde lejos.
—Aquí haces menos ruido que dormido —murmuró.
—Todavía estoy despierto.
—Te estoy avisando.
Él le acarició la espalda hasta que dejó de reír. Afuera se oyó a Canela cambiar de sitio y el golpe de una canoa contra el embarcadero.
Ocelotzin despertó antes de la primera claridad. Por costumbre buscó su escudo y tardó en recordar dónde estaba. Xóchitl dormía con una mano abierta junto a su cara. La manta se había deslizado hasta la cintura. La cubrió y permaneció sentado un rato.
Había esperado que el matrimonio le diera una certeza nueva, algo semejante al momento en que una formación encuentra su lugar. En cambio sentía una mezcla de alegría y miedo. Nadie podía enseñarle de una vez a cuidar lo que tenía allí.
Recordó la víspera, cuando Cuauhtli se quedó con él un rato después de ayudar a mover las últimas cargas. Su amigo examinó la casa y observó que el techo tenía una pendiente mejor que la de su propia vivienda.
—Te preocupas por cosas distintas —dijo Ocelotzin.
—Me preocupo por lo que puede despertar a mi mujer cuando quiero dormir.
La broma terminó en un silencio cómodo. Cuauhtli había compartido con él marchas y heridas; resultaba más difícil hablar de la incertidumbre de aquella noche.
—¿Alguna vez dejas de sentir que debes saberlo todo? —preguntó el guerrero.
Su compañero apoyó las manos sobre las rodillas.
—Cuando mi mujer deja de esperar que adivine. Y cuando yo dejo de fingir que he adivinado.
Le contó una discusión por un gasto pequeño que ocultaba otro problema: ella llevaba días sin descansar y él estaba respondiendo solamente a la cuenta del grano. Habían tardado dos mañanas en comprender de qué hablaban realmente.
Ocelotzin lo escuchó sorprendido. Desde fuera, la casa de su amigo siempre pareció un lugar donde cada cosa estaba resuelta porque la gente conocía sus costumbres.
—Entonces se aprende bastante despacio.
—Algunas cosas. Otras las vuelves a aprender después de equivocarte.
Cuauhtli se levantó y golpeó con el pie una de las piedras de la entrada para comprobar que estaba firme. Antes de marcharse le recordó que debía llegar a tiempo a su turno de vigilancia dos días después. El matrimonio no lo libraba de todas las obligaciones.
Ahora, mirando dormir a Xóchitl, Ocelotzin conservó aquella conversación junto a las palabras ceremoniales del día anterior. Ambas iban a necesitarle en momentos diferentes.
Xóchitl abrió un ojo.
—Si sigues mirándome, voy a pensar que tengo algo en la cara.
—Estaba pensando en la casa.
Ella se incorporó y apoyó la cabeza en su hombro.
—Hoy no vamos a terminarla.
—Lo sé.
—Mañana tampoco.
Ocelotzin le besó el cabello. La luz alcanzó el borde de la vasija. Habían imaginado habitaciones más amplias, mantas mejores y un patio donde cada cosa tuviera un lugar. Ahora había un recipiente agrietado que debían devolver, una herramienta prestada y dos perros esperando comida.
Xóchitl se levantó para encender el fuego. Él fue a buscar agua.
Al regresar la encontró inclinada sobre las brasas, con el cabello suelto y una mancha de ceniza en la mejilla. Dejó el recipiente y acercó la mano para limpiársela. Xóchitl apartó la cara, creyendo que iba a burlarse.
—Te has pintado para recibir a tu marido —dijo él.
Ella le entregó el cuenco de maíz.
—Entonces trabaja para que no me arrepienta.
Ocelotzin se sentó a su lado y juntó las rodillas para dejarle más sitio.
Recibió el trabajo con una seriedad que le provocó ternura. Mientras separaba los granos dañados, Xóchitl le habló de una visita de Citlali, de las flores que faltaban por cortar y de la pared que todavía debían terminar.
Compartieron el primer desayuno sin esperar a nadie. Cuando Citlali apareció más tarde con el pretexto de traer unas hojas, encontró platos lavados de manera desigual y a su hija enseñándole al guerrero a sujetar un manojo sin quebrarlo.
La mujer dejó las hojas y se marchó antes de que pudieran ofrecerle explicaciones.