Capítulo 4 de 26

Las cosas que se aprenden al quedarse

La primera discusión seria del matrimonio comenzó por una canoa.

Xóchitl había acordado compartir con Atzin el transporte de las flores hasta el mercado. Las dos repartirían el trabajo de remar y entregarían una parte de las ganancias al dueño de la embarcación. Ocelotzin regresó antes de lo previsto y encontró a las mujeres cargando.

—Yo puedo llevarte —dijo.

—Hoy ya lo hemos arreglado.

Él insistió. La canoa estaba demasiado llena y Atzin llevaba una herida vieja en la rodilla. Xóchitl conocía ambas cosas. Había dejado parte de las flores para el siguiente viaje. No necesitaba que él organizara de nuevo la mañana delante de su compañera.

Terminó subiendo sin despedirse como acostumbraba. Ocelotzin permaneció en el embarcadero, irritado por una ayuda que nadie había pedido.

Al volver, Xóchitl encontró los recipientes de la casa limpios y el patio barrido con una furia que todavía podía verse en las marcas del suelo.

—No me fui porque no te necesitara —dijo.

—Entonces no entiendo.

—Necesito que me creas cuando digo que he resuelto algo.

Él quiso hablar del peso de las cargas. Ella lo dejó terminar antes de recordarle cuántas había transportado mientras él estaba fuera. No discutieron sobre quién se cansaba más. Discutieron sobre la facilidad con que él convertía la preocupación en una orden.

Ocelotzin salió al corredor. Xóchitl preparó comida sin llamarlo. Cuando se sentaron, ambos habían perdido el deseo de ganar.

—En los embarcaderos, si veo un peligro, tengo que decir qué hacer —explicó él.

—Aquí puedes empezar preguntando qué hemos visto nosotros.

Tardó en aprenderlo. Algunas semanas lo recordaba mejor que otras. Xóchitl tampoco era paciente siempre: cuando tenía prisa, daba por hecho que él debía comprender silencios que nunca había sabido interpretar.

La casa comenzó a llenarse de esas pequeñas correcciones. Había una cuerda nueva donde antes usaban una rota, una forma de guardar semillas que él ya no confundía con las destinadas a molerse y un lugar junto a la entrada donde Xóchitl dejaba las herramientas para no buscarlas al amanecer.

Cuauhtli se burlaba del cuidado con que Ocelotzin revisaba los tallos cuando ayudaba en el mercado.

—Antes llevabas un escudo. Ahora temes que te regañe una flor.

—El escudo no se marchitaba si lo sujetaba mal.

Trabajaba con los jóvenes durante parte de la mañana y vigilaba las cargas otras jornadas. Al principio despertaba sobresaltado algunas noches. Xóchitl aprendió a llamarlo por su nombre sin agarrarlo de golpe. Él tardó más en hablar de lo que soñaba.

Una noche le contó que recordaba a un hombre caído frente a él, alguien del que nunca supo el nombre. Se detuvo a mitad del relato y permaneció mirando sus manos. Xóchitl le acercó agua y se sentó hasta que pudo volver a acostarse.

No todas las noches fueron así. Había tardes de comida con las familias y otras en que se quedaban solos porque no querían responder preguntas. Hablaron de tener hijos. Ambos lo deseaban, pero todavía no había ocurrido y decidieron no permitir que las visitas convirtieran cada retraso de Xóchitl en una noticia.

Las primeras flores sembradas detrás de la casa abrieron al final de una veintena. Ocelotzin quiso cortar una para ella y recibió un golpe suave en la muñeca.

—Esas se quedan ahí.

—Pensé que eran para ti.

—Por eso.

Él fue a buscar otra al puesto y se la entregó con una solemnidad excesiva. Xóchitl se rio, lo arrastró hacia el corredor y lo besó hasta que olvidó la frase que había preparado.

Unas jornadas antes, una muchacha había comenzado a ayudarlas en el puesto. Se llamaba Itotia y vivía con una tía que preparaba alimentos para vender. Citlali conocía a la familia y aceptó enseñarle a cambio de una parte convenida del trabajo.

Itotia tenía habilidad para ordenar colores, pero rompía los tallos al sujetarlos. Xóchitl se impacientó durante la primera mañana y acabó rehaciendo casi todo. Al volver a casa dijo que habría terminado antes trabajando sola.

Ocelotzin la escuchó mientras reparaba una correa.

—Mis muchachos también lo hacen peor cuando intento que aprendan de una vez.

Ella iba a responder que las flores no eran un escudo. Se detuvo al reconocer el mismo problema debajo de la diferencia.

Al día siguiente permitió que Itotia terminara una guirnalda sin intervenir a cada momento. La pieza quedó desigual. En lugar de deshacerla entera, le mostró dos puntos que podían corregirse. La muchacha volvió a intentarlo y pidió llevarse unos tallos dañados para practicar.

Una semana más tarde, un comprador elogió el trabajo de Itotia creyendo que era de Xóchitl. La joven señaló a su ayudante. El gesto le produjo una alegría que llevó consigo hasta la casa.

Ocelotzin la encontró de buen humor y quiso saber por qué. Ella le contó lo ocurrido mientras preparaban la cena. Él le habló de un muchacho que por fin había aprendido a conservar el equilibrio sin tensar los hombros.

Comieron comparando torpezas propias y ajenas. Ninguno notó de inmediato que habían pasado la tarde hablando de trabajos separados sin que la conversación los alejase.

Cuando Itotia empezó a visitar la casa para recoger materiales, Ocelotzin le ofreció consejos sobre cómo cargar. Xóchitl le recordó la canoa y ambos se rieron antes de que la muchacha entendiera de qué se trataba.

La aprendiz acabaría conociendo aquella historia. Por entonces solo vio a un hombre que se apartaba para permitir que ella mostrara cómo sujetaba la carga.

Cuando llegaron las lluvias, descubrieron una gotera encima del lugar donde guardaban las mantas. Movieron todo de noche, maldiciendo la reparación que habían pospuesto. Acabaron sentados sobre un petate estrecho, con los perros demasiado cerca y una olla recogiendo agua.

—Tu madre tenía razón con el suelo —dijo él.

—Mi madre tiene razón en demasiadas cosas. No se lo recuerdes.

Ocelotzin la cubrió con su manta. Ella apoyó los pies fríos contra sus piernas y él protestó tanto que Canela levantó la cabeza.

Meses después de casarse, la casa seguía sin estar terminada. Ya tenía, sin embargo, ruidos que ambos podían reconocer: el paso de Xóchitl cuando buscaba algo, el modo en que él dejaba un recipiente al llegar, los perros acomodándose antes de dormir.

Una mañana, mientras ella preparaba flores, Ocelotzin tosió detrás del corredor. Xóchitl le pidió que no se acercara al humo. Él dijo que se había atragantado con agua.

Al anochecer volvió a toser.