Capítulo 5 de 26
El asiento junto a la luz
Ocelotzin continuó trabajando durante los primeros días de malestar.
No tenía una herida nueva ni había sufrido una caída. Se cansaba antes, perdía el deseo de comer y algunas noches despertaba húmedo bajo la manta. Teyacapan lo examinó al volver de los embarcaderos. Le pidió que descansara, evitara cargar y regresara si la debilidad aumentaba.
Xóchitl no quiso organizarle de inmediato toda la vida. Le dejó agua cerca y preguntó qué necesitaba. A la mañana siguiente lo encontró intentando levantar un costal.
—Eso no es descansar.
—Puedo mover uno.
El costal permaneció en el suelo. Ocelotzin tuvo que apoyarse en la pared antes de responderle otra cosa.
Teyacapan volvió. No encontró una causa que pudiera nombrar con seguridad. Las molestias habían comenzado dentro de una vida corriente, lejos de campañas, rayos o accidentes de agua. Trató lo que sabía atender y dispuso que otro conocedor de enfermedades lo viera también.
Ocelotzin recibió la incertidumbre peor que una orden difícil. En la guerra podía mirar el terreno. Allí su cuerpo le ocultaba lo que debía enfrentar.
Durante una breve mejoría, se sentó junto al canal y ayudó a Xóchitl a limpiar tallos. Ella procuraba no mirarlo cada vez que dejaba de moverse. Él lo advertía de todos modos.
—No hace falta que me cuentes las respiraciones.
—No estoy contando.
Había empezado a hacerlo sin darse cuenta.
Discutieron aquella tarde. Ocelotzin estaba cansado de depender para cosas que antes resolvía sin pensar. Xóchitl llevaba varios días repartiendo el trabajo entre el puesto, la chinampa y la casa. Cuando él rechazó la comida por tercera vez, ella dejó el recipiente con demasiada fuerza.
—No puedo hacer que te guste —dijo—. Tampoco puedo pasarme toda la tarde adivinando qué sí vas a aceptar.
El silencio que siguió le produjo vergüenza. Él miró la comida y después le pidió que se sentara. No tenía hambre. Le dolía admitirlo porque parecía otra tarea en la que estaba fallando.
Xóchitl se echó a llorar antes de llegar al petate.
—No estoy enojada porque estés enfermo.
—Lo sé.
—A veces estoy enojada con todo y te lo dejo a ti.
Ocelotzin le sostuvo una mano. La enfermedad no los volvió sabios ni delicados de inmediato. Algunos días hablaron bien; otros tuvieron que disculparse después de lastimarse por cansancio.
Citlali y Malinal comenzaron a alternarse para que Xóchitl pudiera ir al mercado. Tepal llevó una vasija de semillas y se quedó a reparar un soporte. Cuauhtli consiguió que las obligaciones de vigilancia se distribuyeran entre otros hombres. No hubo una gran reunión para decidirlo. Cada uno encontró una tarea y regresó al día siguiente.
Una mañana Xóchitl se negó a salir. Ocelotzin había pasado una noche mala y le pareció desleal vender flores mientras él intentaba beber unos sorbos. Citlali insistió en que estaría con él. La discusión terminó cuando el propio enfermo pidió que lo dejaran dormir sin hablar de lo que cada uno sacrificaba.
Xóchitl llegó al puesto con una irritación que Itotia recibió sin comprenderla. La muchacha había preparado una parte de los encargos. Dos estaban bien y uno debía corregirse. Xóchitl señaló el error con demasiada dureza.
Itotia dejó las flores.
—Si no quieres que lo haga, dímelo antes.
La frase detuvo a su maestra. No era la primera persona de la mañana a la que estaba exigiendo soportar un miedo que no sabía explicar.
Se disculpó sin pedirle a la muchacha que la consolara. Revisaron juntas el encargo. Cuando estuvo terminado, Xóchitl se sentó detrás de las cestas y lloró con el rostro oculto entre las manos.
Itotia mantuvo el puesto. Atendió a dos compradores, rechazó un precio injusto y buscó a la vecina cuando llegó una persona con un pedido que no conocía. Xóchitl pudo volver a levantarse sin haberlo perdido todo durante aquel rato.
Al regresar a casa encontró a Ocelotzin dormido. Citlali estaba limpiando un recipiente y le señaló que podía comer antes de que despertara. La joven obedeció. Tenía hambre y se sintió culpable al advertirlo.
Su madre la observó llevarse el primer bocado a la boca.
—Tu cuerpo no sabe esperar a que deje de dolerte.
Xóchitl terminó la comida lentamente. Cuando Ocelotzin abrió los ojos, pudo sentarse a su lado con una paciencia que no había tenido al amanecer. Él le pidió noticias del mercado y ella contó lo que Itotia había conseguido sola.
Durante unos minutos hablaron como otras tardes, sin que cada palabra tuviera que preguntar por la enfermedad.
Una mañana Ocelotzin quiso revisar el techo antes de las lluvias siguientes. Tepal aceptó escucharlo desde el patio y no le permitió subir. El guerrero indicó dónde debía cambiarse una atadura. Al terminar, su hermano le mostró el trabajo con la solemnidad de un aprendiz.
—Si se cae, diré que seguí tus órdenes.
Ocelotzin sonrió. Luego tuvo que acostarse.
Habían transcurrido varias veintenas desde los primeros síntomas. Los momentos de alivio eran más breves. Teyacapan cuidaba que bebiera y cambiara de posición. No prometió una recuperación que no podía sostener.
Xóchitl empezó a comprenderlo antes de que él hablara. Se encontró guardando detalles sin querer: una frase dicha mientras dormía, el modo de apartarse el cabello, una pequeña uña quebrada. Le asustó aquella urgencia por recordar a un hombre que todavía tenía delante.
Al caer la tarde, él le pidió que lo ayudara a sentarse donde entraba la luz. Canela se echó junto a sus pies. Ébano olfateó sus manos y permaneció cerca de la puerta.
—No quiero que te quedes sin flores por cuidarme —dijo Ocelotzin.
—Hoy ya las entregó Atzin.
—No hablo de hoy.
Xóchitl sostuvo el recipiente entre ambas manos. Podía fingir que no lo entendía y conseguir otra noche sin aquella conversación. Él la miraba esperando que lo acompañara también en eso.
—Dime —respondió.