Capítulo 6 de 26

Lo que se puede prometer

Ocelotzin no habló de la muerte como lo había hecho entre guerreros.

No dijo que estuviera preparado ni que hubiera vivido suficiente. Le contó a Xóchitl que tenía miedo de no reconocer el camino y de necesitar ayuda sin encontrar a quién pedirla. Había escuchado desde niño los relatos del Mictlán. Antes eran palabras de los mayores; ahora intentaba imaginarse dentro de ellas.

—Yo creía que moriría de otro modo —admitió.

Xóchitl se sentó frente a él.

—Yo creía que tardarías mucho más.

Lo dijo con una sinceridad que les impidió consolarse demasiado pronto.

Nécuil, el hombre al que las familias del barrio acudían para disponer las obligaciones rituales, había hablado con él una tarde. Si moría de aquella enfermedad, le correspondería el Mictlán. Haber sido guerrero no le daría el destino de quienes caían en combate o eran sacrificados.

Ocelotzin le preguntó por los pasos del camino. Nécuil se sentó cerca para que no tuviera que esforzarse al escucharlo. Le habló de las montañas que se encontraban, de la culebra y de la lagartija verde; después, de los páramos, los collados y el viento de navajas. Explicó qué papeles se colocarían entre sus mortajas y para qué tránsito se dispondría cada uno. Al nombrar el río, miró a Canela, echada junto al petate.

Ocelotzin alcanzó a acariciarle la cabeza. Xóchitl, sentada al otro lado, mantuvo los ojos en el suelo.

Ocelotzin lo sabía. Aun así, le costaba abandonar la idea de un lugar entre los hombres con los que había peleado. Cuauhtli lo escuchó una tarde sin intentar devolverle aquella certeza. Le habló de su casa, de sus hijos y de una discusión sobre las provisiones. Ocelotzin agradeció que todavía pudiera pedirle opinión sobre algo.

Después pidió ver a su hermano. Le señaló las herramientas prestadas, las deudas pendientes y la reparación del techo. Tepal escuchó hasta que comprendió que estaba recibiendo encargos para un tiempo en que el otro no estaría.

—No me lo des todo de una vez —dijo.

Ocelotzin se quedó callado.

Tepal recogió un recipiente. Lo limpió con el borde de la manta y volvió a colocarlo en el mismo sitio.

—Mañana me explicas otra cosa.

Su hermano aceptó. Aquella tarde hablaron de una pieza de barro que había salido torcida.

Con Malinal fue más difícil. La mujer le acomodaba la manta como cuando era niño. Ocelotzin intentó pedirle que cuidara de Xóchitl. Ella le sostuvo la cara y lo hizo mirarla.

—A Xóchitl la quiero —dijo—. Ven acá. No me dejes todos esos encargos ahora.

Él apoyó la frente en su mano. Durante un rato volvió a sentirse hijo, libre de la obligación de dejar resuelta toda ausencia.

Xóchitl escuchaba parte de esas conversaciones desde el corredor. Le dolía que otros recibieran despedidas que ella todavía no conseguía aceptar. Por la noche, cuando quedaron solos, le preguntó si ya había terminado de irse.

La crueldad de la frase los sorprendió a ambos.

—Todavía estoy aquí —respondió él.

Xóchitl dejó el agua. Se arrodilló junto al petate y le pidió perdón. Ocelotzin le acarició el cabello sin decir que no importaba. Había importado.

Después ella se acostó a su lado, cuidando no cargarle el pecho. Permanecieron unidos por las manos. No había palabras capaces de volver soportable todo lo que faltaba.

—Voy a preparar lo que necesites para el camino —dijo Xóchitl al fin—. Nécuil me ayudará con lo que no sepa.

—No prometas dejar de vivir mientras llego.

Ella cerró los ojos.

—Eso todavía no sé cómo hacerlo.

Ocelotzin aceptó la respuesta. Le pidió que colocara la vasija de los perros donde siguiera entrando la luz. Xóchitl se la mostró desde el petate. La cuenta verde descansaba contra su pecho y él la tocó con un dedo.

Una tarde, todavía capaz de conversar, Ocelotzin pidió que le acercaran la vasija de los perros. Le molestaba una pequeña mancha que había quedado bajo el borde. Xóchitl la lavó y volvió a colocarla a la vista.

—Ya está.

Él la miró tanto tiempo que ella acabó preguntando qué más necesitaba.

—Nada. Quería comprobar que todavía podía arreglar algo.

Xóchitl se sentó con la pieza entre las rodillas. Había empezado a retirar de su conversación los asuntos pequeños por temor a cansarlo. Al hacerlo, sin querer, también lo había separado de la casa.

Le contó que el asa de una cesta estaba a punto de romperse, que Itotia se enfadó con un comprador y que Ébano había encontrado la manera de empujar una tapa con el hocico. Ocelotzin preguntó dónde guardaban ahora la comida del perro. Ella lo condujo por una explicación innecesariamente larga de todos los sitios que habían probado.

El guerrero se rio hasta que la tos lo obligó a detenerse. Xóchitl esperó a que pudiera respirar con calma y no convirtió aquel momento en una orden de silencio. Él le hizo una seña para que continuara.

Más tarde llegó Tepal. Entre los tres discutieron si la cesta podía conservarse con otra atadura. Ocelotzin señaló dónde añadiría un refuerzo. Su hermano prometió hacerlo al día siguiente.

La conversación no cambió el curso de la enfermedad. Le devolvió un rato en el que los demás todavía podían necesitar su opinión sin fingir una tarea grandiosa para agradecerla.

Al quedarse solos, Xóchitl le tomó la mano.

—Mañana te cuento lo que haga Ébano. Aunque vuelvas a reírte hasta toser.

Él sonrió con cansancio.

—Eso ya lo hacías antes.

Ella apoyó la frente en su hombro. Agradeció que todavía pudiera burlarse suavemente de ella, incluso allí.

Durante los últimos días hubo ratos de confusión y otros de lucidez. Teyacapan permaneció cerca. Citlali preparaba comida que alguien terminaba comiendo fría. Malinal no quiso irse a dormir hasta que Tepal prometió llamarla ante cualquier cambio.

Ocelotzin murió antes del amanecer, varias veintenas después de enfermar. No despertó en otra ocasión ni hubo dudas prolongadas sobre su aliento. Teyacapan lo examinó y esperó lo necesario antes de comunicarlo.

Xóchitl tenía una mano sobre el brazo de su esposo. Le pareció imposible que la habitación conservara la misma forma. Fuera alguien comenzó a moler y una canoa pasó junto al embarcadero.

Citlali intentó abrazarla. Ella se apartó para mirar otra vez la cara de Ocelotzin.

—Hoy no —susurró.

No sabía a quién se lo pedía.

Canela se levantó y apoyó el hocico junto a la mano inmóvil. Ébano caminó hasta la entrada, regresó y volvió a salir. Malinal se sentó en el suelo sin hacer ruido. Tepal quedó de pie con un recipiente que nadie necesitaba.

Xóchitl inclinó la frente junto a la de su esposo. No le pidió que regresara antes de la noche ni que la esperara en una orilla. Durante un momento no pudo pedir nada.

Solo quiso que la dejaran sostenerlo un poco más.