Capítulo 7 de 26

Las manos que preparan el camino

La casa se llenó de personas que sabían qué hacer con las manos.

Una mujer trajo agua. Otra preparó alimentos. Tepal salió a buscar lo necesario y volvió con una carga que dejó junto a la entrada sin mirarla. Citlali recibió a quienes llegaban. Malinal permanecía sentada cerca de su hijo y reconocía sus prendas cuando alguien preguntaba cuáles debían usarse.

Xóchitl tenía las manos vacías.

Había cuidado a Ocelotzin durante tantas jornadas que no sabía cómo pasar una mañana sin acercarle agua o acomodarle la espalda. Al verlo inmóvil, quiso retirar una arruga de la manta. Una anciana la dejó hacerlo antes de continuar con la preparación.

Nécuil fue indicando las tareas con palabras que Xóchitl había escuchado otras veces en casas ajenas. Malinal extendió las mantas de algodón. Sobre un petate se ordenaron los papeles que acompañarían los pasos del viaje; Tepal tuvo que sujetar una esquina para que el aire no los levantara. Una anciana humedeció con agua la cabeza del difunto. Nécuil nombró los lugares para los que se disponía cada papel, y Xóchitl reconoció lo que le había explicado a Ocelotzin durante la enfermedad.

Al hablar de Canela, Xóchitl levantó la cabeza.

La perra rojiza estaba junto al petate. Había dormido allí durante toda la enfermedad. Nécuil recordó la ayuda del perro en el cruce del río y las disposiciones con que la familia había decidido acompañar a Ocelotzin.

Xóchitl lo sabía. Saberlo no le evitó acercarse a Canela y rodearle el cuello con los brazos. La perra le lamió la mejilla.

—No quiero que vaya solo —dijo.

La frase le produjo un dolor distinto al que esperaba. No le permitió sentirse serena ni convencida de que una obligación podía cumplirse sin pérdida.

Se despidió del animal en el patio. Recordó el día en que Ocelotzin la descubrió escondida detrás de un puesto. Él fingió que no iba a darle comida; al final apartó un bocado, y la perra los siguió hasta casa. Xóchitl protestó porque ya tenían a Ébano. Aquella misma tarde, sin embargo, la levantó del suelo húmedo y empezó a buscarle un rincón seco.

Cuando llegó el momento del sacrificio funerario, Citlali permaneció con su hija dentro. Xóchitl apoyó la cara en el hombro de su madre y no quiso mirar. Más tarde, los restos de la perra fueron dispuestos para acompañar a su dueño. Ébano olfateó la manta y buscó a Canela alrededor del petate. Xóchitl tuvo que apartarse para respirar.

Cuauhtli acudió a ver a Ocelotzin. Le costó reconocer al hombre que había sostenido un escudo a su lado bajo aquel arreglo de telas y papeles. No pidió que lo despidieran como muerto en batalla. Su compañero había muerto en su casa, de enfermedad, y correspondía honrar la verdad de aquella muerte.

Ayudó a Tepal con los preparativos materiales. Después se sentó con él, porque el menor llevaba demasiado tiempo levantándose cada vez que alguien necesitaba algo.

Las exequias se extendieron durante los días dispuestos. Xóchitl perdió la cuenta de las personas que entraban, pero Citlali y Nécuil conservaron la de las obligaciones. Nadie le exigió recibir a cada visitante ni mantener el rostro descubierto cuando el llanto la vencía.

Antes de la cremación, la dejaron acercarse. Xóchitl tocó la cicatriz detrás de la oreja de Ocelotzin. La tira bordada seguía con él. No la retiró como recuerdo: había decidido que lo acompañara, y esa decisión permanecería.

—No sé cómo ayudarte desde aquí —murmuró—. Voy a aprender.

Malinal se arrodilló a su lado. Al acomodar el borde de la manta, encontró la mano de Xóchitl y la sostuvo un momento.

Cuando encendieron el fuego, Xóchitl tomó la mano de su madre. No encontró consuelo inmediato en el humo que subía. Le dolieron las cosas concretas: la piel que ya no tocaría, la voz que no se despertaría si pronunciaba su nombre, el peso del cuerpo que había conocido de noche.

Después se recogieron los restos cremados y se guardaron en una urna. Tepal ayudó a enterrarla bajo el suelo de una habitación; Xóchitl se quedó mirando la tierra removida hasta que su madre la llamó. En el corredor, la vasija de los perros seguía llena de agua y flores.

Las visitas empezaron a retirarse.

Al caer la noche, Xóchitl descubrió que había demasiada comida y que no tenía hambre. Ébano se tendió junto a la entrada. Citlali le ofreció quedarse. La joven aceptó sin fingir que podía dormir sola.

Durante un rato escucharon el agua del canal.

—¿Cuánto dura el viaje? —preguntó Xóchitl, aunque conocía la respuesta.

—Cuatro años —dijo su madre.

La joven miró el sitio donde por las mañanas entraría la luz. Nunca había imaginado una distancia que pudiera medirse en tantas estaciones sin que los pies avanzaran juntos.