Capítulo 8 de 26
Las montañas que se encuentran
Ocelotzin descubrió que no llevaba el peso de la enfermedad.
Lo primero que hizo fue respirar hondo por costumbre. El aire no le produjo alivio ni dolor. Se tocó las costillas, donde había apoyado tantas veces una mano durante las últimas jornadas, y encontró una forma conocida que ya no obedecía a las necesidades del cuerpo.
Frente a él había tierra oscura.
No vio la casa ni a quienes lo habían acompañado. Conservaba las mantas y los papeles funerarios de una manera que no sabía explicar. Intentó recordar el instante de la separación y encontró solamente la mano de Xóchitl sobre su brazo.
La llamó.
Su voz cayó cerca, sin respuesta.
Caminó hasta una elevación desde la que se distinguían otras figuras. Algunas avanzaban solas. Otras permanecían inmóviles, como si hubieran olvidado qué habían ido a buscar. No todos parecían iguales, pero ninguno llevaba las insignias de una dignidad capaz de abrirle paso.
Un hombre mayor se detuvo a su lado. Tenía un brazo recogido contra el pecho.
—¿También esperas que venga alguien a decirte dónde debes ponerte? —preguntó.
Ocelotzin lo miró. El desconocido sonrió apenas.
—Yo pasé la vida recibiendo órdenes. Aquí todavía no he encontrado a quién obedecer.
Se llamaba Técpatl. Había muerto después de una enfermedad que lo dejó sin fuerzas para levantarse. Recordaba a su esposa preparando agua y le preocupaba que no supiera dónde guardar las herramientas.
Ocelotzin pensó en Tepal. Estuvo a punto de hablar del techo de su casa, pero un estruendo los obligó a volverse.
Dos montañas se aproximaban. La tierra tembló bajo sus pies y el espacio entre las paredes desapareció en una nube de polvo. Cuando volvieron a separarse, quedó un paso estrecho hacia una oscuridad más honda.
Ocelotzin reconoció el relato de los mayores. Buscó los papeles dispuestos para aquel tránsito y sostuvo uno entre los dedos. La vibración de las montañas le llegaba hasta las rodillas.
Se acercó con Técpatl. Un hombre intentó correr en cuanto se abrió el paso y retrocedió cubierto de polvo. El guerrero quiso calcular cuánto permanecían separadas las montañas. Los movimientos no obedecían a una cuenta fácil.
Se agachó y apoyó la palma sobre el suelo. Sintió la vibración antes de que llegara el ruido.
Técpatl observó una grieta alta. De ella caía una línea de polvo cuando las paredes comenzaban a juntarse. Entre ambos encontraron señales suficientes para intentar avanzar. No podían eliminar el peligro. Podían atenderlo.
En la casa, Xóchitl también aprendía a esperar sin una cuenta precisa. Había transcurrido una veintena desde las exequias y cada día contenía tareas que antes parecían pequeñas. Levantarse era una de ellas.
Citlali la dejó permanecer acostada algunas mañanas. Otras le pidió que eligiera entre ayudar a limpiar maíz o acompañarla a la chinampa. La elección no la curaba del dolor, pero le permitía hacer algo que no fuera soportarlo inmóvil.
Una vecina le dijo que todavía era joven. Xóchitl no entendió qué debía hacer con esa noticia. Otra le aconsejó que no llorara tanto para no perturbar a Ocelotzin. Teyacapan interrumpió la conversación y le entregó un recipiente a la mujer para que ayudara con la comida.
—Llora, hija. Yo me quedo aquí.
La joven se quedó pensando en aquellas palabras mientras retiraba hojas secas. Temía hacer algo equivocado incluso al llorar.
En el camino, Ocelotzin entró entre las montañas. Técpatl avanzó detrás. Al llegar al recodo encontraron una saliente donde protegerse mientras el paso volvía a abrirse. El ruido les atravesó las formas que conservaban.
Ocelotzin sintió miedo. Le sorprendió no haberlo dejado junto al cuerpo.
Cuando las paredes se separaron otra vez, ayudó al hombre mayor a levantarse. Cruzaron el último tramo sin correr más de lo necesario. Al salir, ninguno encontró una señal de victoria. Había otro sendero.
El guerrero se volvió hacia las montañas y comprendió que no podría desandar aquel paso simplemente porque quisiera volver a la habitación donde había sido amado.