Capítulo 9 de 26

La culebra del camino

Xóchitl volvió al mercado antes de sentirse preparada.

Llevó pocas flores. Atzin había ofrecido venderlas por ella, pero la joven necesitaba saber si todavía podía sentarse en el puesto sin buscar a Ocelotzin detrás de cada ruido. Citlali la acompañó con una cesta de comida.

La mujer del puesto vecino dejó libre un espacio. No preguntó por el sueño ni por las noches. Empezó a quejarse del precio de una carga y permitió que Xóchitl escuchara sin responder. Aquella conversación ordinaria fue la primera ayuda de la mañana.

Más tarde llegó un hombre buscando flores para una ceremonia familiar. Xóchitl eligió los tallos con cuidado. Al recibir el pago recordó que Ocelotzin guardaba las cuentas en un envoltorio cerca de la puerta. Tuvo que dejar la mano apoyada en el petate hasta que pasó la punzada.

No se marchó. Tampoco vendió todo.

Itotia llegó a media mañana con un encargo terminado. Se había quedado ayudando a su tía y no sabía si Xóchitl querría verla cerca del puesto. Desde las exequias había pasado varias veces por la calle sin encontrar valor para entrar.

—No fui porque no sabía qué decir —admitió.

Xóchitl recibió las flores. Durante la enfermedad la muchacha había sostenido tareas que ella apenas recordaba agradecer. Su ausencia después de la muerte le había parecido otra forma de abandono.

—Podías haber venido sin decir nada.

Itotia bajó los ojos.

La joven quiso dejar la frase allí, como un reproche merecido. Después recordó cuántas veces había evitado una casa en duelo por el mismo miedo. Le señaló un espacio junto a la cesta.

—Hoy puedes sentarte.

Trabajaron sin conversar durante un rato. Itotia encontró una flor que no recordaba cómo sujetar y preguntó. Xóchitl le mostró el movimiento. La aprendiz lo repitió con tanto cuidado que el tallo acabó quebrándose de todos modos.

Se quedó inmóvil, esperando una reprimenda.

Xóchitl tomó otro.

—Todavía nos pasa.

Le habló de la primera vez que Ocelotzin intentó ayudarla. No llegó al final de la historia porque la voz se le cerró. Itotia esperó. Cuando pudo continuar, ambas se quedaron mirando los tallos rotos con una tristeza que también permitía algo de ternura.

Antes de marcharse, la muchacha pidió seguir ayudando determinadas mañanas. Su tía la necesitaba otras y no podía prometer todas las jornadas.

Xóchitl aceptó esa ayuda limitada. Durante meses había estado recibiendo ofrecimientos hechos por el dolor, tan grandes que después resultaba imposible cumplirlos. Le alivió acordar algo que ambas pudieran sostener.

Esa tarde Itotia atendió una venta mientras su maestra comía. Fue una tarea pequeña. Xóchitl recordaría durante mucho tiempo la libertad de terminar un bocado sin levantarse.

Al volver a casa encontró a Ébano acostado sobre una prenda de Canela que había quedado entre las mantas: un paño que usaban para secarla después del canal. El perro levantó la cabeza, esperó un momento y volvió a apoyar el hocico.

Xóchitl se sentó a su lado. No supo cómo explicarle dos ausencias diferentes. Le habló de la mañana y le dio comida de su propia mano.

En el otro mundo, Ocelotzin encontró una culebra atravesada en el sendero.

Al principio creyó que era una raíz. Después distinguió el movimiento de la piel y la cabeza levantada sobre una piedra. No conocía un animal de aquel tamaño. Su cuerpo ocupaba el espacio por el que debían continuar.

Técpatl se quedó detrás. Ocelotzin buscó por costumbre el arma que ya no llevaba. Cerró los dedos sobre la manta y sintió vergüenza de un gesto que no sabía abandonar.

La culebra no necesitaba atacarlo para impedirle avanzar.

El guerrero recordó a Nécuil sentado junto a su petate durante la enfermedad. Repitió en voz baja las palabras con que le había explicado aquel paso y buscó el papel correspondiente entre lo que llevaba.

Se inclinó y presentó lo que lo acompañaba para aquel paso. No pidió recibir un trato reservado a los valientes. Permaneció allí con el miedo visible.

La cabeza del animal se movió lentamente. Su lengua rozó el aire. Ocelotzin sintió que la tierra cambiaba bajo sus pies, como si el camino dejara de ser una cosa que pudiera medirse con la vista.

La culebra se deslizó hacia un costado. Quedó un espacio estrecho. Ocelotzin pasó sin tocarla y esperó a Técpatl al otro lado. El hombre llevaba tanto tiempo apretando los dedos que tuvo que abrirlos con la otra mano.

—Creí que habría que pelear —dijo.

Ocelotzin miró el sendero.

—Yo también.

Esperaron a que les dejara de temblar el cuerpo antes de seguir. La culebra permaneció detrás, enroscada al borde del sendero.

En la ciudad se acercaba la conmemoración de los ochenta días. Nécuil explicó a la familia qué debían preparar, distinguiendo lo que había que cumplir de las cosas con que otros intentaban exhibir riqueza. Malinal llevó prendas que habían pertenecido a su hijo. Xóchitl sostuvo una durante largo rato.

Todavía conservaba un pliegue que él hacía al doblarla.

—Podemos esperar a que estés lista para apartarla —dijo Citlali.

—La ceremonia no puede esperar a que yo deje de quererla.

La frase le sorprendió al pronunciarla. No significaba que ya pudiera desprenderse de todo; aquella prenda formaría parte de las disposiciones elegidas y otras permanecerían para momentos posteriores del ciclo.

Tepal recibió el envoltorio. Su mano se detuvo en el borde gastado.

Prepararon alimentos y compartieron trabajo. Xóchitl miró el humo de las ofrendas que debían consumirse y sintió una pérdida nueva, menor que la primera y, sin embargo, difícil de sostener. Después regresó a la casa y renovó el agua en la vasija de los perros.

No encontró una señal. Se acostó con la tranquilidad limitada de haber cumplido una tarea.

Muy lejos de cualquier medida que ella pudiera conocer, Ocelotzin siguió andando. La culebra quedó atrás sin perseguirlo. Delante, sobre un terreno más claro, algo verde se movía al borde del paso.