Capítulo 10 de 26

El lugar de la lagartija verde

La primera vez que Xóchitl se rió después de la muerte de su esposo, pidió perdón.

Tepal había llevado una pieza de barro con la figura de Ébano. Quiso representar al perro sacudiéndose y consiguió un animal que parecía discutir con sus propias patas. Citlali lo observó con seriedad antes de preguntar si necesitaba un apoyo para no caerse.

La risa salió de Xóchitl antes de que pudiera detenerla. Después miró hacia el lugar de la urna y se cubrió la boca.

Tepal recogió la pieza, confundido.

—No me estoy burlando de él —dijo ella.

Su madre se acercó.

—Nos estamos riendo de un perro de barro.

La sencillez de aquella respuesta no bastó para quitarle la culpa, pero le impidió convertirla en una prohibición. Guardaron la figura cerca de las herramientas. Al día siguiente Xóchitl volvió a sonreír al verla.

Habían pasado los ochenta días y las jornadas empezaban a distinguirse por algo más que su distancia de la muerte. Una venta buena, una discusión con una proveedora, un recipiente perdido en el canal. La ausencia seguía presente dentro de todo ello. No necesitaba ocupar cada conversación para conservar su peso.

Malinal acudía algunas tardes con el telar portátil. Xóchitl aprendió a no preguntarle de inmediato cómo estaba. Podían pasar una hora trabajando antes de que alguna mencionara a Ocelotzin. A veces la madre contaba algo que la esposa no conocía. Otras se enfadaba cuando un recuerdo de la vida matrimonial le mostraba una parte de su hijo que no le pertenecía.

Una tarde discutieron por la manta que él había usado durante la enfermedad. Malinal quería llevársela; Xóchitl no estaba preparada para verla salir. Ambas hablaron como si la tela pudiera demostrar quién lo había cuidado mejor.

Citlali no decidió por ellas. Les pidió que dejaran el recipiente de comida antes de volcarlo.

Al día siguiente, Malinal regresó.

—Hoy no voy a llevármela —dijo—. Pero no me pidas que deje de querer hacerlo.

Xóchitl le ofreció un asiento. La manta permaneció doblada entre ambas durante parte de la tarde.

En el sendero de los muertos, Ocelotzin veía moverse la lagartija verde.

Xochitónal. Conservaba aquel nombre entre las cosas oídas desde niño. El animal descansaba sobre un terreno que parecía seco hasta que sus patas dejaban círculos de agua. Alrededor había una quietud que hacía difícil reconocer dónde comenzaba el peligro.

Técpatl se detuvo a su lado. Otros muertos llegaron y permanecieron a distancia. Nadie podía explicarle al siguiente lo que aún no había atravesado.

Ocelotzin sacó los papeles dispuestos para aquel lugar. Habían cambiado desde la primera jornada; conservaban su función sin parecer exactamente el objeto guardado entre las mortajas. La memoria de unas manos preparándolos le resultaba más firme que su materia.

El verde del animal era tan intenso que el guerrero recordó los tallos recién cortados en el puesto de Xóchitl. Quiso quedarse en esa imagen y perdió de vista el suelo bajo sus pies. Dio un paso inseguro. Técpatl le sujetó el brazo.

—Mira aquí.

Ocelotzin atendió de nuevo al camino. No podía atravesarlo solamente recordando otro lugar.

Avanzaron cuando el movimiento de la lagartija dejó libre una franja de tierra. El animal giró la cabeza y Ocelotzin sintió un impulso antiguo de retroceder hasta una posición segura. La posición segura ya no estaba detrás. Había que continuar.

Presentó lo que le correspondía y avanzó por la franja descubierta. Técpatl lo siguió con dificultad. Al otro lado, un hombre que había caminado cerca de ellos se echó sobre la tierra y permaneció inmóvil un largo rato.

Ocelotzin se sentó a cierta distancia. No le ordenó levantarse. Recordó las veces que había confundido el agotamiento de otros con una falta de voluntad.

Cuando el desconocido pudo continuar, no agradeció ni se presentó. Siguió su camino. El guerrero lo dejó marchar sin necesitar que aquel gesto se convirtiera en una deuda.

Más adelante el paisaje se abrió en una extensión desnuda. No había hierba ni árboles que permitieran calcular las distancias. El frío llegaba desde el suelo y parecía atravesar las mantas sin rozarlas.

Técpatl preguntó si faltaba mucho.

Ocelotzin no sabía. En otro tiempo habría ofrecido una cuenta para sostener el ánimo de quienes lo seguían. Allí prefirió sentarse con el hombre hasta que ambos pudieran volver a ponerse de pie.

Xóchitl, en su casa, dobló por fin la manta que había discutido con Malinal y la colocó donde las dos pudieran encontrarla. Aquella noche soñó con su esposo sentado al sol. Al despertar conservó durante un rato la tibieza de aquella imagen.