Capítulo 11 de 26

El primer páramo

El frío no tenía una hora en que terminara.

Ocelotzin había conocido madrugadas duras durante las marchas, pero siempre había esperado que el Sol calentara la espalda o que un fuego devolviera sensibilidad a las manos. En el páramo, la claridad no traía calor. El suelo permanecía desnudo hasta donde podía mirar.

Técpatl caminaba cerca. A veces uno avanzaba mientras el otro descansaba; después volvían a encontrarse sin saber si habían pasado horas o estaciones. Los relatos de los vivos habían hablado de ocho páramos. El frío les entumecía las manos mientras intentaban reconocer el límite del primero.

El guerrero empezó a levantar pequeñas piedras para recordar los trechos recorridos. La primera marca desapareció detrás de una niebla baja. La segunda quedó tan lejos que no pudo verla al volverse. La tercera se confundió con las piedras que ya estaban allí.

Abandonó la tarea.

No significaba que el camino no tuviera orden. Significaba que su modo de medirlo había dejado de servir.

Una figura se acercó envuelta en una manta estrecha. Era una mujer mayor, de cabello corto, que había muerto después de una larga debilidad. No buscó un sitio delante del guerrero ni se apartó al reconocer los restos de su indumentaria.

—¿Llevas agua? —preguntó.

Ocelotzin le mostró lo que conservaba de las provisiones funerarias. La mujer revisó su propio envoltorio y continuó. Él ajustó el suyo bajo la manta antes de seguirla; aún llevaba alimentos que su familia había preparado para aquel camino.

Durante un trecho, Ocelotzin pensó en cómo Xóchitl habría preparado los alimentos. Recordó una discusión sobre una salsa demasiado fuerte y el modo en que ella se inclinaba para probarla. El recuerdo le produjo ternura, después una punzada de hambre que no pertenecía al cuerpo.

Le costó aceptar que podía amar algo sin poder volver a tocarlo.

Arriba había pasado el primer ciclo desde su muerte.

Xóchitl lo supo antes de que Citlali mencionara los preparativos. Reconocía la estación por las flores disponibles y por la forma en que cambiaba el agua de los canales. La proximidad de la fecha le devolvió el cansancio de la enfermedad. Durante varios días durmió mal y dejó sin atender encargos sencillos.

Atzin la acompañó a la chinampa. No intentó distraerla con preguntas. Retiraron juntas plantas dañadas, revisaron los bordes y separaron semillas. Al terminar, Xóchitl observó una zona donde el agua empezaba a erosionar la tierra.

Ocelotzin la había reparado antes de enfermar.

—Hay que reforzarla —dijo Atzin.

Xóchitl sintió una resistencia absurda, como si las manos de su esposo siguieran allí y fuera posible dañarlas al cambiar algo. Aceptó buscar ayuda después de la ceremonia.

Nécuil explicó las disposiciones del primer año. Las familias trajeron alimentos según sus posibilidades. El copal ardía cerca de las prendas preparadas y las flores recién cortadas conservaban humedad en los tallos. Xóchitl escuchó las palabras del rito y siguió con atención lo que debían hacer para acompañar el destino al que se dirigía su esposo.

Malinal llevó la manta que había empezado para el matrimonio. Estaba terminada.

—Esta no es para quemarla —dijo antes de que alguien preguntara—. La tejí para que la usaran. Tú todavía estás aquí.

Xóchitl la recibió sin conseguir hablar. Había temido que aceptar algo hermoso significara reconciliarse demasiado pronto con la vida.

Durante la comida, Cuauhtli contó una torpeza del guerrero. Un vecino intentó corregir el recuerdo para que pareciera una hazaña. Malinal lo detuvo.

—Mi hijo también se equivocaba. Déjennos recordarlo entero.

La risa llegó mezclada con llanto. Xóchitl no pidió perdón esa vez.

Al caer la noche se sentó cerca de la urna y habló de la chinampa. Dijo que necesitaba reparar el borde, que no sabía a quién pedirle el trabajo y que la manta nueva era demasiado grande para el lugar donde dormía.

No oyó contestación. Aun así, al terminar tenía más claras las cosas que debía hacer por la mañana.

En el páramo, Ocelotzin se volvió hacia un calor que no podía localizar. No vio a su esposa ni supo lo que ocurría en su casa. Lo sostuvo una memoria de comida compartida, una de tantas que había llevado consigo.

Se levantó y siguió andando.