Capítulo 12 de 26

El borde de la chinampa

Las lluvias llegaron antes de que Xóchitl consiguiera reparar el terreno.

Al principio fueron un alivio. Había plantas que necesitaban agua y el polvo de las calles dejó de pegarse a la garganta. Después llovió varias noches seguidas. Una mañana Atzin llegó a la casa antes del alba y llamó desde el embarcadero.

El borde se había abierto.

Xóchitl salió con una manta sobre los hombros. Tepal acudió a buscar herramientas. Encontraron una parte de la tierra hundida y las raíces de varias plantas expuestas a la corriente. Junto a lo que Ocelotzin había reforzado quedaban ataduras flojas y materiales que ya debían haberse cambiado. Durante la enfermedad habían pospuesto el trabajo; después de las exequias, las semanas siguieron pasando.

Xóchitl miró las ataduras que llevaba meses viendo aflojarse y se culpó por no haberlas cambiado.

Quiso entrar al tramo inestable para rescatar una cesta de semillas. Atzin la sujetó del brazo y la hizo retroceder. Tepal recuperó parte de la carga desde una zona firme. El resto se fue con el agua.

Trabajaron hasta que el frío les entumeció los dedos. Cuauhtli llegó con dos hombres y ayudó a asegurar lo que todavía podía salvarse. No era una reparación completa. Impedía que el daño siguiera avanzando durante la mañana.

Al regresar, Xóchitl tenía barro hasta las rodillas. Miró el lugar donde Ocelotzin dejaba las herramientas y empezó a llorar con una rabia que asustó a su madre.

—Él habría sabido qué hacer.

Citlali le quitó la manta mojada.

—Él habría tenido que pedir ayuda también.

—No así.

La mujer no discutió con la imagen de un muerto que, durante unos minutos, parecía capaz de resolverlo todo. Le acercó ropa seca y esperó.

Tepal volvió por la tarde con una propuesta. Acalli, un vecino cuya familia cultivaba una franja contigua, podía aportar materiales y trabajo a cambio de compartir durante un tiempo parte de la producción. El acuerdo debía discutirse con quienes tenían obligaciones sobre el terreno; no bastaba una promesa entre ambos.

Xóchitl escuchó la cantidad que tendrían que entregar y se negó.

—Eso nos dejaría trabajando para él.

Tepal aceptó que era demasiado. Propuso hablar con otras familias para repartir la ayuda y reducir la dependencia de una sola. La joven estaba tan cansada que interpretó cada solución como otra prueba de lo que había perdido.

—No quiero que todos crean que pueden decidir por mí porque él ya no está.

Su cuñado se quedó mirándola.

—Yo tampoco quiero reemplazarlo. Pero la tierra sigue cayéndose.

Se marchó antes de enfadarse más. Xóchitl pasó la noche despierta, escuchando el agua y sintiendo vergüenza por haber lastimado al hombre que había pasado la mañana trabajando a su lado.

Al día siguiente fue a buscarlo. Lo encontró alisando una pieza de barro.

—Ayer no podía escuchar más —dijo.

Tepal dejó la herramienta.

—Y hoy la tierra sigue cayéndose. Ven. Vamos a ver las cuentas.

Prepararon juntos lo que debían proponer a las familias. No pedirían que todos cargaran con una deuda indefinida. Repartirían jornadas de reparación, materiales y una parte delimitada de las cosechas siguientes. Xóchitl aportaría trabajo en los terrenos de quienes ayudaran cuando el suyo quedara estable.

Citlali revisó las cuentas con ellos. Atzin señaló un compromiso que no podrían cumplir en temporada de mayor venta. Lo corrigieron antes de presentarlo.

La reunión no fue sencilla. Había otros daños en el barrio y personas que llevaban tiempo esperando ayuda. Xóchitl tuvo que escuchar esas necesidades sin repetir que la suya era más urgente por estar sola. Al final acordaron reparar primero el punto que amenazaba varias franjas y continuar después con los bordes menores.

Durante el trabajo, la joven descubrió que conocía más del terreno de lo que creía. Ocelotzin había reforzado una parte; ella sabía dónde conservaba humedad, qué flores resistían mejor y qué zona no debía pisarse cuando el agua subía.

Una tarde corrigió a un hombre que colocaba materiales sobre las plantas que podían recuperarse. Lo hizo sin disculparse por hablar. Él cambió la carga de sitio.

Al terminar la primera etapa, Xóchitl se sentó junto al canal. Tenía una ampolla abierta y barro seco en el cabello. No sintió que hubiera vencido al duelo. Sintió cansancio y el alivio de saber qué parte del trabajo continuarían mañana.

Fue a casa, lavó sus manos y renovó el agua de la vasija. Después comió antes de hablarle a Ocelotzin de lo ocurrido.