Capítulo 13 de 26

Los ocho páramos

Ocelotzin dejó de preguntarse cuántos días llevaba caminando.

No porque el tiempo hubiera desaparecido, sino porque su cuerpo ya no guardaba las señales con que lo había medido. No crecía barba sobre una cara que a ratos parecía carecer de piel. No había hambre al amanecer ni sueño al caer la tarde. Había cansancio, pero no llegaba siempre después del esfuerzo ni cedía siempre con la quietud.

Los páramos se sucedían con diferencias pequeñas. En uno, el suelo estaba cubierto de piedras claras; en otro, una niebla tan baja ocultaba los pies. Más adelante encontró una extensión donde el frío parecía subir por dentro de sus piernas.

Conservó la cuenta de los ocho porque formaba parte de lo que sabía del viaje. No consiguió que aquella cuenta le dijera cuánto faltaba para terminar cada uno.

Técpatl caminó con él durante parte del recorrido. Le contó que había pasado años transportando cargas y que, al enfermar, lo que más le costó fue no poder ayudar a su esposa a levantarlas. Ocelotzin reconoció aquella vergüenza.

—Le dije cosas que no eran para ella —admitió.

El hombre mayor observó una piedra entre sus manos.

—Yo también.

El frío les había endurecido los dedos. Técpatl dejó la piedra y se frotó las manos bajo la manta. Caminaron un buen trecho sin hablar.

Una vez encontraron a una mujer sentada junto a una elevación. Llevaba una prenda fina, reducida a una forma que el viento movía sin ruido. Al escuchar al guerrero, le pidió que fuera delante y señalara dónde debían pisar.

Ocelotzin quiso hacerlo. Se levantó con una seguridad que recordó de inmediato y avanzó hasta una depresión oculta. La tierra cedió bajo sus pies. Cayó de rodillas y perdió de vista a los demás.

La manta se le había enganchado bajo una rodilla. Se soltó con torpeza y buscó por dónde regresar.

Regresó despacio.

—No sé el camino mejor que ustedes —dijo.

La mujer lo observó con desagrado primero, después con cansancio. Técpatl se acercó al borde por otro lado y encontró una superficie firme. Continuaron sin que nadie tuviera que fingir una experiencia que no poseía.

En otro páramo el guerrero se quedó solo. Sus compañeros se habían adelantado mientras él buscaba el envoltorio que dejó caer. No sintió abandono hasta que quiso contarle a alguien una imagen de Xóchitl y descubrió que no había nadie cerca.

Recordó el primer desayuno. Ella le había entregado maíz para limpiar y él recibió la tarea como si fuera un encargo difícil. Podía ver todavía una mancha de ceniza en su mejilla.

La imagen permanecía completa. Él había cambiado al sostenerla. Durante un tiempo quiso usarla para negarse a seguir; ahora pudo dejar que lo acompañara sin intentar convertir el páramo en aquella habitación.

Se sentó sobre una piedra y tocó la tira bordada que lo había acompañado desde las exequias. Bajo los dedos aún distinguía la puntada apretada de Xóchitl.

Le sorprendió que recordar a su esposa pudiera producirle ternura sin traer de inmediato el deseo de arrancarse de aquel lugar.

Continuó.

Arriba, Xóchitl había comenzado a trabajar en los terrenos de quienes ayudaron a reparar la chinampa. Algunas mañanas regresaba demasiado cansada para ordenar su propia casa. Citlali la reprendió cuando la encontró intentando limpiar de noche.

—Deja eso. La casa puede esperar hasta mañana.

La joven se acostó y durmió hasta que Ébano la despertó olfateándole el oído. Se enfadó con él, lo apartó y después se rio al ver su indignación. Había aprendido a reconocer esa clase de regreso a la vida: no llegaba con una ceremonia, sino con el mal humor de alguien que necesitaba dormir un poco más.

Al final del último páramo, Ocelotzin encontró otra vez a Técpatl. El hombre mayor había perdido una parte de la prenda que llevaba al principio. No parecía preocupado por encontrarla.

Se saludaron con el alivio de reconocerse.

Frente a ellos se levantaban los collados. Ocho elevaciones, dijeron las palabras conservadas en su memoria. Ocelotzin las miró sin exigir que desde allí pudiera verlas todas. Ajustó lo que llevaba y comenzó a subir.