Capítulo 14 de 26
Una vida que todavía tiene mañanas
El segundo ciclo se acercó con flores distintas de las que Xóchitl esperaba.
La parte reparada de la chinampa resistía, pero necesitaba producir antes de que ella pudiera elegir todo lo que quería sembrar. Distribuyó las plantas según el agua, la venta y las obligaciones del acuerdo. Solo detrás de la casa mantuvo el rincón de flores que no destinaba al mercado.
Atzin la ayudaba a llevar cuentas mediante objetos, marcas y memoria. Citlali comprobaba lo que podían guardar para alimento antes de separar lo destinado a los intercambios. Tepal insistió en que no aceptaran encargos que exigieran entregar más de lo que creciera en una mala estación.
Xóchitl descubrió que las decisiones sensatas también podían doler. Había imaginado otra clase de casa y ahora debía organizar aquella con personas que no habían formado parte de sus planes de matrimonio.
Una parienta empezó a mencionar a un hombre que había perdido a su esposa. Tenía trabajo, un hijo pequeño y una madre que necesitaba ayuda. Lo describía como si un conjunto de necesidades encajara sin esfuerzo en otro.
Xóchitl le pidió que dejara de hacerlo.
—No estoy buscando otro marido.
—No tienes que decidir hoy.
—Entonces no decidas tú por mí mientras tanto.
La discusión dejó un malestar que duró varios días. Cuando Xóchitl se lo contó a Malinal, temió herirla con la posibilidad misma de que alguien la imaginara casada otra vez.
Malinal siguió tejiendo un momento.
—No sé —respondió al fin—. Me dolería, creo.
Dejó el tejido sobre las rodillas.
—Pero hoy has venido a contarme otra cosa. No voy a pelear contigo por lo que diga esa parienta.
Xóchitl apoyó la frente en sus manos. Agradeció que no hubiera recibido una bendición fácil ni una prohibición.
En el mercado conoció después al hombre mencionado por la parienta. Se llamaba Técpan y reparaba herramientas de madera. No había enviado la propuesta. Al enterarse, se disculpó por la intromisión y le devolvió un mango arreglado sin convertir el favor en una deuda.
Volvieron a saludarse en otras mañanas. Cuando un mango se aflojó, Xóchitl se lo llevó para que lo reparara y acordaron el pago antes de dejarlo.
La conmemoración del segundo año encontró a la familia menos desorientada y, en algunos sentidos, más triste. Ya no había urgencias funerarias que llenaran cada hora. Conocían la ausencia en las fiestas, en el trabajo y en las enfermedades pequeñas de los vivos.
Malinal llevó una prenda que había conservado desde las primeras disposiciones. Tepal se resistió a verla formar parte de las ofrendas de aquel ciclo. Durante la discusión dijo que siempre era él quien tenía que acercar las cosas al fuego.
Nadie había advertido cuánto le pesaba esa tarea.
Xóchitl se ofreció a hacerlo con él. Antes de la ceremonia extendieron la prenda sobre el petate. Recordaron dónde la usó Ocelotzin y una reparación hecha por su madre. No inventaron una importancia para cada mancha. Algunas cosas ya no podían explicarlas.
Durante la comida, Cuauhtli habló de sus hijos. El mayor había comenzado a entrenarse y discutían porque quería aprender deprisa lo que todavía no podía sostener con el cuerpo. Xóchitl escuchó sin pensar que toda alegría ajena era una ofensa a su pérdida.
Después del rito, Nécuil recordó que el camino del difunto continuaba. Tepal recogió los recipientes vacíos mientras Xóchitl y Malinal separaban las prendas que reservarían para el año siguiente.
Aquella noche Xóchitl se cubrió con la manta de Malinal. Había aprendido a usarla sin quedarse despierta recordando para quién se comenzó. La tela seguía siendo parte de su matrimonio y también abrigaba un cuerpo que necesitaba descansar ahora.
Soñó con Ocelotzin buscando una herramienta. Él le preguntaba dónde la había dejado y ella se enfadaba porque estaba delante de sus ojos. Al despertar tuvo ganas de reír y llorar a la vez.
No fue a buscar a nadie que interpretara el sueño.
Preparó agua, acarició a Ébano y salió a trabajar cuando empezó a clarear. Durante el camino sintió una alegría breve al ver abrirse una flor. La conservó sin obligarla a convertirse en algo mayor.