Capítulo 15 de 26

Los primeros collados

La pendiente le devolvió a Ocelotzin el recuerdo del esfuerzo.

No tenía músculos como los del cuerpo que había dejado, pero seguía sintiendo el peso de subir. La tierra cambiaba bajo sus pies y algunas elevaciones terminaban donde parecía comenzar otra más alta. Contar los ocho collados no lo libró de detenerse a mitad del primero.

Técpatl avanzaba a su lado. Su forma era más tenue en algunos bordes. Ocelotzin pensó en decírselo y levantó una mano: también entre sus propios dedos pasaba la claridad.

Encontraron a un muchacho arrodillado junto a una piedra. Repetía un nombre que podía ser el de su madre. Había muerto de una enfermedad breve y parecía esperar que, si se negaba a continuar, alguien viniera a recogerlo.

Ocelotzin se sentó cerca. El muchacho le preguntó si había una salida hacia arriba.

—No conozco una —respondió.

—Dicen que los dioses pueden ir y venir.

El guerrero miró el camino. Había escuchado relatos de dioses que descendían por fines que no pertenecían a los hombres. No podía convertirlos en una promesa para quien tenía delante.

—Nosotros tenemos este viaje.

El muchacho se volvió, irritado. Ocelotzin permaneció un rato más y después se levantó. No podía obligarlo a avanzar. Tampoco podía quedarse para siempre ofreciendo una respuesta que no poseía.

En el segundo collado escuchó pasos detrás. El joven los seguía a distancia.

No hablaron de ello.

Durante la subida, Ocelotzin recordaba las veces que se había marchado dejando a Xóchitl junto al canal. Entonces las despedidas tenían una duración que podía imaginar. Ella le pedía que volviera y él sabía qué debía hacer para intentarlo: conservar fuerzas, atender al terreno, obedecer o discutir una orden.

Ahora la marcha lo llevaba cada vez más lejos de aquella orilla donde Xóchitl acostumbraba esperarlo. Miró atrás y encontró la cuesta que acababa de subir, desnuda hasta perderse en la bruma.

Aceptar aquello le costó más que reconocer el cansancio.

En el tercer collado quiso recordar una tarde de lluvia y encontró también la discusión que la precedió. Había llegado irritado del trabajo y exigió silencio cuando ella necesitaba hablar. Después se disculpó, pero durante un tiempo conservó la idea de que el cansancio lo justificaba.

Allí pudo recordar la escena sin inventarse un esposo mejor. Xóchitl lo había amado con sus defectos, no porque nunca hubiera tenido que soportarlos.

El muchacho se acercó cuando lo vio sonreír con tristeza.

—¿De qué te acuerdas?

Ocelotzin se lo contó. El joven dijo que su madre también se enfadaba cuando él respondía sin escuchar. Hablaron durante una parte del ascenso. Después la pendiente se hizo más empinada y tuvieron que guardar el aliento para subir.

Más adelante, el viento les arrebató una parte de lo que cargaban. Técpatl quiso correr detrás de su envoltorio y resbaló. Ocelotzin lo sujetó hasta que pudo apoyar las manos en una superficie firme.

No recuperaron todo.

El hombre mayor se quedó mirando el espacio vacío. Su esposa había preparado aquellas cosas con una atención que él recordaba demasiado bien para desprenderse sin dolor.

—No las he tirado —dijo.

—Lo sé.

—Las guardé.

Ocelotzin se sentó con él. No le explicó que los objetos no importaban ni que debía dejar de aferrarse. Importaban. Habían formado parte de una despedida y el camino los iba transformando.

Continuaron cuando Técpatl pudo hacerlo. Al llegar al cuarto collado, el hombre mayor se adelantó siguiendo una curva que el guerrero todavía no veía. El muchacho descansó bajo una roca. Ocelotzin permaneció entre ambos sin saber si volverían a encontrarse después.

Levantó la vista hacia el siguiente tramo. Había pasado buena parte de su vida esperando ser recordado por lo que consiguió. Ahora lo sostenía una escena sin testigos: Xóchitl riéndose bajo una manta mientras él se quejaba de sus pies fríos.