Capítulo 16 de 26
La cosecha que no alcanzaba
La escasez no llegó de golpe. Primero faltó una venta, después hubo que cambiar más flores por la misma cantidad de alimento y finalmente Citlali empezó a guardar porciones menores sin decirlo.
Xóchitl lo advirtió cuando su madre aseguró que ya había comido. Conocía aquella respuesta desde niña. Revisó los recipientes y se sentó con ella a calcular lo que quedaba.
El acuerdo de reparación seguía vigente. Habían cumplido las jornadas convenidas, pero una parte de la producción todavía correspondía a quienes aportaron materiales. Acalli acudió a reclamarla antes de que la cosecha terminara. Su familia también necesitaba comer.
Xóchitl se enfadó por la manera en que lo pidió. Él se enfadó porque interpretó la demora como una decisión de olvidar lo acordado. Durante unos minutos hablaron de porciones y cargas como si cada uno pudiera dejar fuera de la conversación el hambre de su casa.
Citlali pidió que volvieran a reunirse con quienes conocían el acuerdo.
Explicaron cuánto había producido el terreno y ofrecieron repartir la entrega pendiente entre dos cosechas. A cambio, Xóchitl trabajaría determinadas jornadas adicionales. Citlali las contó de nuevo delante de todos. Acalli pidió una parte inmediata. Los demás discutieron qué podían entregarle sin consumir las semillas de la próxima siembra.
El arreglo no dejó satisfecho a nadie por completo. Permitió continuar.
Aquella noche Xóchitl lloró de cansancio antes de acostarse. Citlali le acercó comida y se sentó con ella. Comieron aunque ya era tarde; su madre tuvo que avivar las brasas para calentar la última tortilla.
La madre de Ocelotzin comenzó a tener dolor en las manos. No podía tejer tanto y rechazaba ayuda por temor a convertirse en otra carga. Tepal trabajó más horas. Xóchitl quiso compensarlo aceptando encargos que no alcanzaría a terminar.
Atzin la encontró cortando flores antes de que clareara.
—Si sigues así, vas a enfermarte.
—Si no lo hago, no vamos a entregar.
La mujer revisó los manojos. Había dos tipos de encargo que podían prepararse juntos y otro que convenía rechazar antes de desperdiciar material. Xóchitl conocía esa solución, pero el agotamiento la había vuelto incapaz de verla.
Organizaron el trabajo entre varias mujeres. No todas aportaban lo mismo: una conocía compradores, otra tenía espacio para conservar tallos, otra podía transportar. Hablaron de las ganancias antes de comenzar para no descubrir después que estaban regalando su esfuerzo.
En las primeras entregas hubo errores. Se confundieron dos pedidos y una familia recibió flores de un color distinto al convenido. Xóchitl quiso asumir toda la pérdida. Las demás se negaron: habían aceptado compartir también los desaciertos.
El trabajo conjunto no convirtió la escasez en abundancia. Les permitió sostenerla sin que una sola familia tuviera que resolver todo por su cuenta.
Itotia empezó a recibir encargos propios. Al principio Xóchitl sintió orgullo; después advirtió que algunos compradores ya preguntaban por la muchacha en lugar de buscarla a ella. La incomodidad le produjo vergüenza. Había pasado años enseñándole para que pudiera trabajar y ahora temía perder una parte de sus ventas.
Atzin lo notó cuando quiso rehacer una guirnalda que no necesitaba corrección.
—Está bien así.
—Puedo mejorarla.
—También puedes dejar que sea de ella.
Xóchitl pasó la tarde enojada con su compañera. Por la noche comprendió que la frase le había dolido porque nombraba algo cierto. No se trataba solamente de dinero. El puesto era uno de los lugares donde todavía se sentía necesaria de una manera conocida.
Al día siguiente habló con Itotia de las tareas y los pagos. Revisaron lo que correspondía a cada una, el uso de materiales compartidos y los encargos que podían aceptarse por separado. La muchacha escuchó con una seriedad que la hizo parecer mayor.
—Yo no quiero quitarte el puesto —dijo.
—Lo sé. Veamos cuáles encargos son tuyos y cuáles hacemos juntas.
La conversación no acabó en un abrazo. Tuvieron que discutir varias cuentas y volver a hablar dos jornadas después. Acabaron con un arreglo más claro que les permitió trabajar juntas.
Cuando Itotia vendió su primera entrega grande, llevó comida para compartir. Xóchitl la recibió con alegría. Todavía sintió una punzada al recordar que Ocelotzin había conocido a la muchacha cuando apenas podía sujetar un manojo. Quiso contarle cuánto había crecido y encontró a su lado a las otras mujeres, dispuestas a escucharla.
Cuando se acercó otra obligación de recuerdo dentro del ciclo funerario, Xóchitl miró los recipientes con vergüenza. Había visto ofrendas más ricas en otras casas y temió que la suya pareciera una forma de cansarse de Ocelotzin.
Fue a hablar con Nécuil. El hombre escuchó lo que podían preparar y le preguntó qué habían cumplido ya. No le atribuyó al difunto una exigencia que él no podía conocer.
—¿Y con qué van a comer ustedes si lo traen todo aquí? —preguntó.
Revisaron las disposiciones necesarias y los recursos disponibles. La familia aportó según sus posibilidades. Malinal insistió en llevar algo preparado por ella; Tepal la ayudó para que no forzara las manos.
Durante la ceremonia, Xóchitl recordó la primera discusión por la manta costosa. Ocelotzin había querido regalarle algo hermoso sin atender a lo que necesitaban. Ahora ella estaba a punto de hacer lo mismo en su nombre.
Después, mientras recogían, se lo contó a Citlali.
—Habría dicho que todavía le estoy cobrando aquello.
Su madre se rio. La joven también.
En el camino de los muertos, Ocelotzin sacó una provisión de su envoltorio. Recordó a Citlali inclinada sobre el fuego. La guardó y siguió hacia la roca donde Técpatl lo esperaba.