Capítulo 17 de 26
La casa que cambió de forma
Malinal se cayó al intentar levantar un recipiente.
No se quebró un hueso, pero el golpe le dejó un dolor que tardó en ceder. Tepal la encontró sentada en el suelo, furiosa consigo misma, y tuvo que discutir antes de que aceptara ayuda para incorporarse.
Durante los días siguientes, Xóchitl llevó comida y se quedó algunas tardes. Citlali acudió otras. La mujer podía caminar despacio, pero las tareas que exigían agacharse se volvieron difíciles. Tepal empezó a perder encargos por regresar a casa cada vez que necesitaba algo.
Xóchitl propuso que Malinal se trasladara temporalmente con ellas.
La madre del guerrero se negó. No quería dejar su telar ni vivir en la casa que su hijo había preparado con otra mujer. La explicación sorprendió a Xóchitl; hasta entonces había creído que ese vínculo haría más fácil la propuesta.
—Ahí todo me lo va a recordar —dijo Malinal.
—Aquí también.
—Aquí sé dónde puedo llorar sin que nadie me mire.
Xóchitl comprendió que ofrecer espacio no bastaba. Visitaron la casa juntas, cuando pudo hacerlo, y hablaron de un rincón donde el telar estaría cerca de la luz. Malinal eligió por sí misma qué llevar. No trasladaron todas sus pertenencias ni decidieron que ya no volvería a su vivienda.
Para acomodarla necesitaban mover el petate de Xóchitl y abrir más espacio bajo el corredor. Ocelotzin había dejado una atadura hecha sobre una viga. La joven llevaba casi tres años evitando tocarla, aunque ya no servía para lo que se colocó.
Tepal levantó la mano para cortarla y esperó.
Xóchitl sintió que regresaba la tarde en que su esposo la hizo, concentrado en una reparación sencilla mientras ella le preguntaba algo desde el patio. No había guardado aquel momento como importante. La ausencia lo había convertido en una de las últimas pruebas que todavía podía tocar.
—Hazlo —dijo.
Cuando la cuerda cayó, Xóchitl se agachó a recogerla. La fibra se deshizo un poco entre sus dedos. La dejó con los materiales gastados y sostuvo el soporte mientras Tepal hacía la atadura nueva.
Trabajaron durante dos jornadas. Técpan ayudó a adaptar un soporte y recibió el pago acordado. Atzin llevó comida. Citlali reorganizó los recipientes con Malinal, discutiendo lo suficiente para que ambas dejaran de tratarse como visitas.
Xóchitl se sintió incómoda la primera noche. Había defendido la casa como un espacio donde nadie debía cambiar nada y ahora no encontraba un recipiente porque su madre lo había colocado en otro lugar. Salió al patio con deseos de enfadarse.
Malinal estaba sentada bajo el corredor.
—También me molesta que hayan movido mis cosas —admitió.
La confesión las hizo reír. Después hablaron de lo que podían reorganizar y de lo que cada una necesitaba conservar a mano. La convivencia no quedó resuelta por compartir un dolor.
Ébano eligió dormir junto al nuevo lugar del telar. Xóchitl se sintió traicionada por el perro durante unos segundos y se avergonzó de sí misma. Malinal le rascó el cuello al animal.
—Antes tu esposo se enfadaba cuando prefería acostarse conmigo —recordó.
Hablaron de una mañana en que Ocelotzin intentó atraerlo con comida y el perro robó el bocado para volver al mismo sitio. Ébano, ajeno a la risa de ambas, se acomodó mejor junto al telar.
Al terminar la tercera conmemoración anual, la casa tenía una forma que Ocelotzin nunca conoció. El rincón de la urna seguía cuidado. La vasija de los perros permanecía donde recibía luz, aunque el paso hasta ella era distinto.
Xóchitl dejó unas flores y observó el patio reparado. Había vivido mucho tiempo temiendo que cualquier cambio redujera el espacio de su esposo. Ahora pudo reconocerlo en una casa habitada por necesidades nuevas.
Antes de dormir, Malinal le preguntó si quería que le ayudara a guardar la manta grande.
Xóchitl la extendió sobre el petate.
—Hoy voy a usarla.
Lo dijo sin justificarse. Afuera comenzaba a caer una lluvia suave. Los recipientes estaban secos y nadie tenía que levantarse para perseguir una gotera. La joven se acostó con una gratitud que no borró la pena, pero encontró lugar junto a ella.