Capítulo 18 de 26
El último collado
Ocelotzin dejó de ver a Técpatl después de una pendiente larga.
Lo llamó una vez. Luego otra. La respuesta no llegó desde ninguna dirección. El hombre mayor podía haberse adelantado o tomado un tramo que él no alcanzaba a reconocer. No había señales de violencia ni un cuerpo que buscar debajo de las piedras.
El guerrero permaneció esperando hasta que comprendió que su inquietud no le permitía saber más.
Ocelotzin miró una vez más la curva de la pendiente. Después recogió su envoltorio y continuó.
Continuó con el muchacho que lo seguía desde los primeros collados. Se llamaba Xilotl. Durante un tiempo se había negado a pronunciar su nombre por sentir que hacerlo allí confirmaría su muerte. Ahora lo decía para presentarse cuando encontraba a alguien.
Ocelotzin había visto ese cambio sin producirlo. Le alivió no tener que atribuirse cada paso de los otros.
En el sexto collado les costó avanzar por una franja de tierra suelta. Xilotl se adelantó para buscar una superficie firme y regresó a indicar por dónde subir. En el séptimo fue Ocelotzin quien pudo ayudarlo. No hicieron una promesa de no separarse. Ya sabían que el camino podía darles distancias distintas.
El octavo parecía pequeño desde abajo. Tardaron más de lo que esperaban en alcanzar la parte alta. Allí no encontraron una vista completa del trayecto ni un lugar desde el que despedirse de lo recorrido. Había un viento que llevaba piedras delgadas.
Una le abrió a Ocelotzin la mejilla.
El dolor llegó con la nitidez de una herida viva. Al tocarse no encontró la sangre que esperaba. Se cubrió el rostro y sintió otra vez la fragilidad que había querido dejar atrás al convertirse en guerrero.
Xilotl se agachó junto a él. Los fragmentos de obsidiana golpeaban la tierra y saltaban contra la roca. El muchacho se cubrió la nuca con la prenda.
Itzehecayan. Ocelotzin recordó el nombre que Nécuil había pronunciado junto a su petate. El viento de navajas. Apenas pudo decirlo antes de tener que taparse la boca.
Buscaron protección al pie de una roca. El joven comenzó a temblar. Ocelotzin quiso decirle que terminaría pronto y se contuvo. No sabía.
—Vamos a esperar a poder mirar —dijo.
Se quedaron juntos hasta distinguir los cambios de las ráfagas. Cuando avanzaron, tuvieron que inclinarse tanto que a ratos caminaron con las manos cerca del suelo.
Un borde de la manta del guerrero quedó prendido entre dos piedras. Tiró para liberarlo y la tela se rasgó. Sintió rabia. Le habían preparado aquella prenda para cubrirlo y él quería conservarla entera por el cuidado que contenía.
Xilotl regresó a ayudarlo. Entre ambos liberaron lo que quedaba. El muchacho no intentó decirle que era solamente una tela.
En otro tiempo, Xóchitl también había guardado prendas por los gestos que parecían conservar. Ocelotzin la recordó zurciendo una rotura pequeña y burlándose de su incapacidad para esperar sentado.
La memoria lo hizo sonreír. El viento le llenó la boca de polvo.
Subieron un tramo más hasta una depresión donde las piedras no llegaban con tanta fuerza. Allí Ocelotzin examinó la tira bordada que aún lo acompañaba. La puntada apretada seguía siendo reconocible, aunque la materia parecía menos firme que antes.
Sostuvo la tira un momento y la guardó al fondo del envoltorio, entre los pliegues que todavía resistían.
Xilotl se había dormido o había encontrado una quietud semejante al sueño. El guerrero lo dejó descansar. No podía medir cuánto tiempo llevaban muertos, pero sabía que la vida de arriba no había quedado suspendida mientras él cruzaba los collados.
Imaginó a Xóchitl trabajando, más allá del alcance de sus preguntas. Le dolió no saber si tenía hambre, si el techo resistía o si alguien la hacía reír.
Pudo desear que se riera sin sentir por ello que lo estaba abandonando.
Cuando el joven se levantó, volvieron al viento.