Capítulo 19 de 26
El viento de navajas
La primera ráfaga separó a Ocelotzin de Xilotl.
El joven había avanzado hacia una piedra que parecía ofrecer refugio. El viento levantó polvo entre ambos y lo borró antes de que el guerrero pudiera seguirlo. Ocelotzin gritó su nombre. El sonido se perdió bajo el golpe de los fragmentos contra la tierra.
Se agachó con los brazos sobre la cabeza. Una esquirla le atravesó el dorso de la mano. La retiró con los dientes y sintió el dolor como un recuerdo que hubiera vuelto a habitarlo por completo.
No encontró un ritmo que garantizara salir ileso. Algunas ráfagas cedían lo suficiente para avanzar unos pasos; otras llegaban desde un costado antes de que pudiera inclinarse. Tuvo que atender a cada tramo sin convertir lo aprendido en una certeza para el siguiente.
Entre el ruido recordó el telar de su madre. El golpe de la madera al trabajar le pareció tan próximo que levantó la cara. Recibió otro corte y se llevó la mano a la frente.
Volvió a protegerse.
Conservaba una parte de las prendas y las disposiciones que le habían entregado. Algunas ya no tenían una forma que pudiera reconocer del todo. La tira de Xóchitl seguía entre ellas, reducida a una línea de algodón donde aún distinguía el error de la puntada.
Durante mucho tiempo había creído que, si lograba conservar todos los objetos, no perdería la vida que lo unía a ella. El viento le mostraba otra cosa. Podía arrebatarle una tela sin haber creado ni destruido lo que habían vivido.
No dejó de dolerle cuando perdió una parte.
Avanzó hasta una depresión y se quedó allí, recogido sobre sí mismo. A cierta distancia había otras figuras. Una intentaba cubrirse los pies; otra tenía la cara oculta bajo una manta rasgada.
Ocelotzin había pasado la vida entre hombres que temían mostrar el miedo. Allí dejó de ocultarlo. Tembló hasta poder moverse otra vez.
En la ciudad, Xóchitl también sintió miedo cuando Ébano dejó de levantarse para comer.
El perro había envejecido desde la muerte del guerrero. Tenía más claros algunos pelos del hocico y descansaba después de recorridos que antes hacía sin dificultad. Aquella mañana, sin embargo, la quietud era distinta.
Xóchitl dejó el trabajo y llamó a Teyacapan. Le acercaron agua, lo llevaron a la sombra y observaron cómo respiraba. La curandera no encontró una causa evidente. Pidió que no lo forzaran a caminar ni intentaran darle demasiado alimento de una vez.
La joven se quedó junto a él hasta que Citlali trajo comida.
—Tú también tienes que comer.
Las palabras la devolvieron a la enfermedad de Ocelotzin. Miró el recipiente, incapaz de levantarlo. Su madre se sentó a su lado y esperó.
—No quiero que vuelva a pasar —dijo Xóchitl.
Citlali acarició el lomo del perro.
—Yo tampoco.
Ninguna podía prometer que no ocurriría.
Pasaron dos días entre pequeños cambios. Ébano bebió por sí mismo, después aceptó un poco de comida. La primera vez que intentó seguir a Xóchitl hasta el patio, ella lloró antes de poder reírse de su debilidad.
Teyacapan les pidió que continuaran observándolo. La recuperación no lo volvió cachorro ni eliminó el miedo de perderlo. Permitió que aquella tarde pudiera acostarse bajo el telar y protestar cuando Malinal movía un pie demasiado cerca.
Xóchitl regresó al trabajo con las manos temblorosas. Atzin había cubierto una entrega. Las otras mujeres reorganizaron las siguientes para que pudiera volver temprano.
Al anochecer, la joven dejó agua fresca junto al perro y se sentó cerca del lugar de la urna. Ébano bebió y volvió a echarse. Cuando levantó la cabeza, Xóchitl le acercó el cuenco para que no tuviera que incorporarse otra vez.
Permaneció allí hasta que Malinal la llamó para cenar.
En el viento, el guerrero encontró al fin una superficie donde las piedras llegaban con menos fuerza. Se puso de pie y vio un movimiento detrás de una roca. Xilotl levantó una mano.
No corrieron para encontrarse. Avanzaron hasta que pudieron hablar sin perder el equilibrio. El joven tenía el rostro marcado, pero ya no preguntó por una salida de regreso a la casa de su madre.
Se quedaron juntos hasta que una claridad distinta apareció más allá del polvo.