Capítulo 20 de 26
Los que recuerdan de otra manera
Chimal llegó al mercado con una red que no necesitaba reparar.
La extendió cerca del puesto de Xóchitl y empezó a pasar los dedos por los nudos. La joven lo conocía desde antes de casarse. Su hijo Icpal había muerto en una campaña y la noticia llegó cuando todavía era posible que Ocelotzin recibiera otra orden de marcha.
Durante años habían intercambiado saludos sin conversar demasiado. Ahora Chimal se quedó esperando a que terminara una venta.
—Van a preparar la conmemoración de tu esposo —dijo.
Faltaba poco para cumplir el cuarto año. Xóchitl asintió.
El hombre miró las flores antes de preguntar si podía llevar algunas para recordar a su hijo. No necesitaba permiso para hacerlo. Necesitaba decir por qué había acudido.
Eligieron juntos. Chimal se detuvo ante una flor pequeña que a otros les habría parecido poco vistosa.
—Se llevaba las que tú apartabas —recordó—. Decía que todavía servían para alegrar a alguien.
Xóchitl vio de pronto a Icpal joven, esperando con una torpeza amable junto a los puestos. No lo había conocido lo suficiente para conservar muchas historias.
—No puedo decirte que los imagine juntos —admitió.
Chimal entendió. Su hijo había muerto en combate y, según lo aprendido de los mayores, acompañaría al Sol. Se quedó acariciando el borde de la flor antes de responder.
—Yo tampoco sé cómo imaginarlo todo —respondió—. Algunas mañanas solo recuerdo que dejaba alimento para los perros.
Ébano olfateó la red. El hombre le acarició las orejas con una mano que pareció recuperar una tarea antigua.
Esa tarde Xóchitl comprendió que había hablado poco de su esposo fuera de la familia. Había temido cansar a los demás o recibir consejos que no había pedido. Al escuchar a Chimal, encontró una conversación donde nadie tenía que mostrar que su pérdida era la mayor.
Lo invitó a comer un día con ellos. Chimal aceptó después de fingir que tenía que revisar sus encargos.
Acudió con la misma red. Malinal le preguntó si pensaba terminarla alguna vez y él respondió que necesitaba un trabajo capaz de durar todas sus visitas. La broma les permitió sentarse sin una solemnidad que hiciera difícil empezar.
Cuauhtli llevó a su hijo mayor. El muchacho escuchó a los adultos recordar a los guerreros sin convertir cada historia en una batalla. Icpal aparecía como un niño que escondía perros; Ocelotzin, como un hombre incapaz de comprar una manta sin discutir después sobre el gasto.
—Nunca me contaron esas cosas —dijo el joven.
—Todavía no habías preguntado —respondió su padre.
Xóchitl guardó silencio un momento. Había visto crecer al muchacho durante los cuatro años. El tiempo no era solamente lo que había tenido que soportar: también había dejado cambios en personas a las que quería.
Al despedirse, Chimal le dio una pequeña red para separar material del agua. La había hecho mientras conversaban. No quiso recibir flores a cambio. Xóchitl aceptó el regalo y prometió decirle si no servía.
—Entonces sí te pareces a tu madre —observó él.
Esa noche soñó con la comida. Ocelotzin estaba sentado donde había estado Cuauhtli y pedía que no contaran la historia de la manta. Todos se reían. En el sueño, Xóchitl sabía que él había muerto y al mismo tiempo podía verlo llevarse un bocado a la boca.
Despertó llorando suavemente. Permaneció acostada hasta que pudo respirar con calma. Desde el otro lado de la habitación le llegó el roce de la manta de Malinal.
Malinal estaba despierta al otro lado de la habitación. Preguntó si necesitaba agua.
Xóchitl aceptó. Después le contó el sueño.
La madre sonrió al escuchar el reproche de su hijo en el sueño. Le pidió que contara de nuevo quién había comenzado a reírse.