Capítulo 21 de 26

Donde empieza a oírse el agua

El viento perdió fuerza de una manera que Ocelotzin tardó en comprender.

Había aprendido a encogerse ante cada golpe y seguía protegiéndose incluso donde ya no caían piedras. Xilotl lo llamó desde un tramo más bajo. El guerrero levantó la cara y descubrió que podía distinguir el horizonte del otro mundo sin que el polvo se lo cerrara.

Caminaron hasta una superficie oscura. Allí descansaron. Ocelotzin extendió las prendas transformadas, los papeles y los fragmentos que conservaba. Pasó un dedo sobre los pliegues antes de envolverlos de nuevo.

Xilotl preguntó si al llegar tendrían que contar lo que hicieron durante la vida.

Ocelotzin recordó los relatos.

—Llevaremos las ofrendas ante los señores de la muerte —respondió—. Llegamos porque este es nuestro destino. No van a pedirnos victorias.

El joven se quedó mirando sus manos.

—Entonces no tengo que inventarme otra vida.

El guerrero sintió una ternura inesperada por aquella pregunta. Él también había repasado sus años intentando corregir, demasiado tarde, una palabra o una decisión. Nada del camino le había permitido volver para hacerlo.

Pensó en Xóchitl. Le habría gustado decirle que ya no conservaba solo las tardes felices. Recordaba sus discusiones, la impaciencia de ambos y las reconciliaciones pequeñas. Amarla entera lo había ayudado a abandonar la imagen de una vida perfecta que nunca existió.

No tenía cómo enviarle esa explicación. La dejó permanecer dentro de lo que aún era.

Más adelante empezó a oírse agua.

El sonido parecía cercano y, sin embargo, tardaron en alcanzar un lugar desde el que pudieran verla. Xilotl se adelantó por una curva. Ocelotzin lo perdió entre la bruma y continuó a su propio paso.

Cuando llegó al borde, encontró una corriente ancha. Había perros en la orilla opuesta y otras figuras esperando. Reconoció el río del que le habían hablado: el paso donde necesitaría una ayuda que su fuerza no podía sustituir.

No entró enseguida.

En la ciudad, Xóchitl salió de la reunión de las familias con la noticia de que el acuerdo de reparación quedaba cumplido. Habían entregado las partes convenidas y trabajado las jornadas pendientes. La chinampa no era ahora más grande ni estaba a salvo de futuras lluvias, pero aquella deuda ya no decidiría sus cosechas.

Buscó a Tepal para contárselo. Lo encontró enseñando a un aprendiz a retirar una pieza sin deformarla. Esperó a que terminara. Tepal había cambiado desde la muerte de su hermano: tenía las manos más firmes y una paciencia que Xóchitl no recordaba haberle visto cuando ayudaron a preparar la casa.

—Lo conseguimos —dijo.

Él quiso saber cuánto podrían reservar de la próxima cosecha. Xóchitl comenzó a responder y se detuvo.

Durante mucho tiempo había necesitado que cada noticia buena llegara también a Ocelotzin. Aquel deseo seguía allí, pero ya no le impedía compartirla con quien tenía delante.

Prepararon una comida sencilla. Citlali se quejó de que la llamaran cuando todo estaba decidido y Malinal pidió que la dejaran hacer algo aunque le dolieran las manos. Atzin llevó una parte de lo que había reservado para su propia casa.

Hablaron del trabajo siguiente, no de grandes planes. Una cubierta que podía repararse, semillas que convenía guardar, un encargo que ahora podrían aceptar sin comprometer la comida.

Al anochecer Xóchitl se sentó junto al lugar de la urna.

—La tierra está mejor —dijo—. Yo también, algunos días.

Permaneció allí sin completar la frase con una disculpa.

Delante de Ocelotzin el río seguía moviéndose. En la otra orilla, entre los animales, una forma rojiza levantó la cabeza. El guerrero se incorporó lentamente, temiendo confundir el deseo con lo que veía.

La perra comenzó a correr junto al agua.