Capítulo 22 de 26

Las flores del cuarto año

Xóchitl separó las flores antes de llamar a su madre.

Había aprendido cuáles resistían mejor el traslado y cuáles debían cortarse al final. Las dispuso por su frescura y por el uso que tendrían, no por la necesidad de que todo pareciera más hermoso que en las otras casas. Algunas procedían de la chinampa recuperada. Otras las habían aportado mujeres con quienes ahora compartía el trabajo.

Citlali se sentó a revisar los tallos.

—Has dejado pocas para la venta.

Xóchitl miró las cestas. Era cierto. Durante un instante quiso defender la elección por la importancia de la fecha. Después apartó una parte para el mercado. Los cuidados del último año tampoco debían dejar sin comida a quienes seguían allí.

Malinal preparaba un envoltorio de prendas que habían reservado a lo largo del ciclo. Se detuvo ante una pequeña reparación hecha por ella muchos años antes.

—Pensé que habría dejado de dolerme encontrar estas cosas.

Su nuera se sentó al lado.

—A mí algunas me duelen de otra manera.

La mujer recorrió la costura con un dedo. Doblaron juntas la prenda y continuaron.

Tepal había preparado un recipiente nuevo para alimentos. Lo dejó cerca de la vasija de los perros y se detuvo a examinar esta última. Había sido uno de sus primeros regalos para el matrimonio. Reconoció la hendidura bajo el borde y observó los animales que pintó años atrás.

—Puedo repararle esta grieta —ofreció.

Al moverla para limpiar, Tepal había descubierto la grieta. Xóchitl examinó la línea fina: partía del borde y se perdía antes de llegar al cuerpo de uno de los perros.

—Después de la ceremonia —respondió—. Quiero que siga sirviendo.

Nécuil acudió para revisar lo dispuesto. Contó los envoltorios, preguntó por las prendas reservadas y habló de la ceremonia que concluiría el ciclo funerario.

Xóchitl había temido escuchar algo distinto. Desde hacía semanas sentía que al llegar el cuarto año tendría que elegir entre permitir el descanso de Ocelotzin y conservarlo en su vida.

Se lo preguntó directamente.

Nécuil señaló los envoltorios que aún debían ofrecer.

—Esto es lo que nos falta cumplir. Después podrás seguir nombrándolo.

Xóchitl le preguntó si volvería a llevar flores.

—Las que quieras llevarle —respondió él.

Cuando se marchó, la joven permaneció en el patio. Ébano dormía cerca del telar, con el hocico más claro que antes. Se levantó al verla y caminó hasta su mano. Xóchitl se agachó para recibirlo.

Cuatro años habían dejado marcas en todos.

Pensó en la mujer que había sido durante las primeras semanas: incapaz de volver al puesto, convencida de que cualquier día soportable era una falta de amor. Le habría gustado sentarse a su lado y explicarle lo que había aprendido. Comprendió que aquella mujer no habría podido creerlo todavía.

La tarde anterior a la ceremonia, después de volver de la chinampa, salió al rincón de flores detrás de la casa. Se quedó observando una planta que necesitaba dividirse. Ocelotzin había intentado cortar una de aquellas flores para regalársela. Ella lo reprendió y él fue a comprar otra.

Recordó la expresión de indignación fingida con que volvió.

La risa le llegó sin llanto inmediato. Después sintió la pena, honda y conocida. Ambas cosas pudieron permanecer en el mismo lugar.

Al regresar al corredor encontró a Chimal ayudando con una carga de agua. Había acudido antes de lo previsto porque sabía que por la mañana tendría trabajo. Dejó el recipiente y preguntó a Citlali qué más faltaba.

Atzin terminó una parte de los alimentos. Cuauhtli llegó al caer la tarde. Teyacapan preguntó si Xóchitl había comido antes de revisar qué podía hacer.

Itotia llevó una guirnalda hecha por ella. No quiso dejarla entre los materiales de venta. Se acercó a Xóchitl y le preguntó dónde podía ponerla.

La joven recordó los primeros tallos quebrados y la mañana en que ambas habían aprendido a quedarse juntas sin encontrar qué decir. La muchacha ya no necesitaba que le corrigieran cada movimiento. Tenía clientes, compromisos y una vida que continuaría fuera de aquella casa.

—Ahí, junto a las otras flores —respondió.

Itotia la colocó y se quedó ayudando. Más tarde hablaron de una entrega que habían tenido que rechazar por falta de tiempo. Xóchitl se sorprendió dándole una opinión y aceptando que la otra prefiriera hacer algo distinto.

Cuatro años antes había creído que continuar significaría recuperar la mujer que era antes de la pérdida. Aquella conversación le mostró que también había aprendido cosas que no sabría deshacer para volver a ser exactamente la misma.

La joven miró el patio lleno de tareas y personas. Había temido que el cuarto año la encontrara frente a una casa vacía. La casa era distinta de la que imaginó con su esposo y estaba habitada.

Guardó la cuenta verde bajo su ropa y ayudó a su madre a retirar los últimos tallos dañados.