Capítulo 23 de 26
Canela en la otra orilla
Ocelotzin pronunció el nombre de la perra y la vio detenerse.
Había muchos animales junto al río. Algunos se acercaban al escuchar una voz y otros seguían caminando. Canela levantó las orejas, miró hacia donde él estaba y comenzó a moverse junto al agua hasta encontrar un lugar desde el que entrar.
El guerrero cayó de rodillas.
La perra rojiza nadó con fuerza. Su cuerpo conservaba algo tan familiar que por un instante Ocelotzin recordó el canal detrás de su casa y el modo en que ella salía empapada para sacudirse sobre los demás.
Al alcanzarlo, Canela apoyó las patas delanteras contra su pecho. Él la abrazó con ambas manos, hundiendo los dedos en el pelaje. La sintió de una manera que no dependía del cuerpo dejado entre las cenizas y, aun así, la reconoció sin esfuerzo.
—Has venido —murmuró.
Canela le lamió la cara. Ocelotzin la sostuvo hasta que dejó de saltar y se quedó arrodillado un momento más, con la mano sobre su lomo.
Canela le olfateó las manos. Después se volvió hacia la corriente.
Ocelotzin miró el agua. Había escuchado hablar del Chiconahuapan, de la dificultad del paso y del perro bermejo que reconocería al difunto. Ahora ninguna de aquellas palabras le evitaba sentir miedo al ver la distancia.
A cierta distancia encontró a Xilotl. El joven llamaba a un perro que permanecía en la otra orilla. El animal levantó el hocico y comenzó a acercarse. Xilotl entró hasta las rodillas y extendió las manos para recibirlo.
Canela tiró suavemente del borde de su prenda.
Entró detrás de ella.
Al principio sintió tierra bajo los pies. Después el fondo desapareció y la corriente le dobló las piernas. Se sujetó a la perra como le habían dicho. Le costó confiar su paso a un cuerpo menor que el suyo, acostumbrado como estaba a cargar y proteger.
Canela nadaba. El agua se cerró alrededor de ambos.
Ocelotzin aflojó la fuerza de las manos para no dificultarle el movimiento. Había aprendido durante el viaje que aceptar ayuda requería atender también a quien la ofrecía. Se dejó llevar sin abandonar el cuidado.
La corriente cambió. Por un momento perdió de vista la orilla de la que habían salido. Tampoco distinguía la otra. Había solamente agua, el movimiento de Canela y su propia forma sostenida entre ambas cosas.
Recordó a Xóchitl levantando a la perra cuando era pequeña. Él la había llevado desde el mercado y ella protestó porque ya tenían a Ébano. Después se pasó una tarde entera acomodándole un lugar seco. Ocelotzin se rio de ella. Recibió como respuesta un cuenco vacío y una orden de buscar comida.
La memoria apareció completa y se quedó mientras el agua les rozaba la cara.
Canela avanzó hacia una zona donde la corriente cambiaba de dirección. El guerrero no intentó corregirla por la posición que alcanzaba a ver. El animal reconocía algo que él no sabía distinguir.
Durante una parte del cruce oyó voces. Podían ser otros muertos o el río contra las piedras. Entre el ruido le volvió la risa de Xóchitl bajo la manta, aquella noche en que habían tenido que moverse por la gotera.
Pensó en sus manos. Le había gustado prometer que las reconocería en cualquier sitio. Ahora comprendía que podía conservar ese reconocimiento sin exigir que ella apareciera delante para confirmarlo.
El agua se volvió menos honda. Canela encontró apoyo y salió sacudiendo la cabeza. Ocelotzin cayó sobre las rodillas en la orilla opuesta. Durante un rato no pudo hacer otra cosa que acariciarle el lomo.
La perra se tendió cerca, esperando.
Cuando el guerrero levantó la vista, distinguió figuras que continuaban hacia un espacio más profundo. No había un camino de flores que llevara de vuelta a la casa ni una puerta abierta al patio de los vivos. Había llegado más cerca del destino al que lo habían enviado.
Xilotl apareció a cierta distancia con el otro perro. Levantó una mano. Ocelotzin respondió al saludo y lo vio seguir por un tramo que la bruma fue ocultando.
Canela se puso de pie.
El guerrero recogió cuanto conservaba de las ofrendas. Una de las tiras de papel se movió bajo sus dedos. Recordó a su madre preparando prendas, a Citlali cerca del fuego y a Xóchitl sentada junto al petate, tratando de aprender cómo acompañarlo.
Se preguntó qué habrían hecho durante aquellos cuatro años. Ajustó el envoltorio y miró hacia las figuras que se alejaban de la orilla.
Se incorporó y empezó a caminar con Canela a su lado.