Capítulo 24 de 26

Ante los señores de la muerte

El recinto no se parecía a una casa de los vivos.

Ocelotzin intentó reconocer una entrada, una pared, un lugar donde aguardar antes de que lo llamaran. Las formas cambiaban al mirarlas. Había una profundidad que no podía medirse con pasos y una quietud en la que el agua del río parecía haberse quedado muy lejos.

Canela caminaba cerca.

El guerrero había esperado sentir miedo al aproximarse a Mictlantecuhtli. Lo sintió. También un cansancio distinto, semejante al de quien por fin puede dejar de preguntar cuánto falta.

Otras figuras avanzaban hacia el interior. No encontró un sitio reservado para los hombres que habían recibido honores ni una fila separada para quienes no tuvieron bienes que dejar. Las diferencias de sus vidas no cambiaban el hecho de haber llegado al destino que les correspondía.

Se detuvo cuando reconoció las dos presencias.

Mictlantecuhtli tenía el rostro de los huesos y la inmovilidad de algo que no necesitaba apresurarse para ser obedecido. Junto a él estaba Mictecacíhuatl. Ocelotzin no pudo reducirlos a las imágenes conocidas en el mundo de arriba. Las imágenes lo habían preparado para nombrarlos; no para agotar lo que tenía delante.

Se inclinó.

Presentó las ofrendas que lo habían acompañado y fue dejándolas ante las dos presencias. Los papeles se desplegaron sobre lo que parecía un suelo de sombra.

Al abrir las manos reconoció restos de las prendas, los papeles y la tira bordada. El algodón conservaba apenas el movimiento de una línea de agua. Ocelotzin pasó un dedo por la puntada irregular antes de dejarla.

Durante mucho tiempo había imaginado que el final le permitiría preguntar por Xóchitl: si estaba bien, si lo recordaba, si seguía llevando la cuenta verde. Alzó la cabeza. Los señores de la muerte aguardaban. Él apartó las manos de lo que acababa de ofrecer.

Su esposa tenía días que él no conocería.

Le dolió pensar en las mañanas que ella viviría sin él. Imaginó a Xóchitl cruzando el patio con la cesta, cada vez más lejos de la última imagen que conservaba.

Mictlantecuhtli lo recibió. Ocelotzin permaneció inclinado, con las manos abiertas después de entregar las ofrendas. El cansancio del camino le pesaba en los hombros.

La voz que escuchó parecía venir del recinto entero.

—Has llegado.

Ocelotzin bajó la cabeza.

Canela se sentó junto a él. El guerrero apoyó una mano sobre su lomo. El pelo rojizo aún tenía la suavidad que recordaba de las tardes en casa, cuando apartaba comida para ella fingiendo que nadie lo veía.

El agua se oía ya muy lejos. Ocelotzin dejó de buscar con los ojos la continuación del sendero. Por primera vez desde que salió de la casa, pudo descansar sin estar calculando cuándo tendría que levantarse.

Antes de entregarse a aquella quietud, una memoria volvió con toda su claridad.

Era la mañana posterior a su unión. La casa olía a humo pequeño y a maíz. Él había ido por agua para no quedarse sentado mirando a su esposa. Al regresar la encontró inclinada sobre las brasas, con una mancha en la mejilla.

Recordó que quiso quitársela y ella apartó la cara, creyendo que iba a burlarse.

—Te has pintado para recibir a tu marido —dijo él.

Xóchitl le entregó el cuenco de maíz.

—Entonces trabaja para que no me arrepienta.

Se había sentado a su lado con aquella tarea sencilla. No esperaba una felicitación ni sabía que muchos años de su vida cabrían después en ese instante. Ella movía una brasa y él separaba granos dañados. Afuera, los perros discutían por un trozo de manta.

Ocelotzin conservó la risa de Xóchitl hasta que dejó de necesitar sostener cada detalle con esfuerzo.

Su mano descansó sobre Canela.

No hizo una promesa imposible de regreso. Tampoco llamó a su esposa para que abandonara el mundo donde todavía tenía un lugar. La había amado allí, en una vida que existió y terminó. Nada de lo recibido necesitaba volverse mentira por haber terminado.

Ante los señores de la muerte, el guerrero dejó de andar.