Capítulo 25 de 26

Flores para tu viaje

La ceremonia del cuarto año comenzó con tareas que Xóchitl conocía.

Había que disponer los alimentos, revisar las ofrendas reservadas y dejar libre el espacio para quienes participarían. Su madre llegó temprano. Malinal se instaló cerca de la luz con las prendas dobladas. Tepal ayudó a mover recipientes y se quedó un rato frente al lugar donde descansaba la urna.

Xóchitl no tuvo que explicar a cada uno qué hacer. Durante cuatro años habían aprendido a acompañarse con errores, cansancio y una voluntad que regresaba incluso después de las discusiones.

Nécuil guio las últimas ofrendas del ciclo. Nombró al difunto y a quienes lo recibían en su destino. Xóchitl esperó junto a Malinal, con el envoltorio de prendas entre las manos.

Xóchitl escuchó sin intentar adelantarse al momento en que terminarían.

Al acercar las últimas prendas dispuestas para la ofrenda, le temblaron las manos. Malinal la ayudó. La mujer había reparado algunas de aquellas telas cuando su hijo todavía crecía. Su nuera había lavado otras durante una vida matrimonial que pareció demasiado breve. Ambas conocían cosas distintas del hombre al que despedían.

El humo se levantó lentamente.

Xóchitl no buscó una figura entre él. Miró hasta que los ojos comenzaron a dolerle y después se apartó para respirar. Citlali le acercó agua sin decir que todo había terminado, como si la pena pudiera obedecer la misma cuenta que el rito.

Comieron juntos. Cuauhtli llevó alimentos y permaneció cerca de Tepal, que había empezado a hablar de una nueva forma de sostener las piezas al cocerlas. Atzin se quejó de un comprador que había cambiado el encargo después de recibirlo. Malinal quiso saber por qué no le cobraron el trabajo ya hecho.

La conversación regresó a las cosas que los vivos tendrían que resolver al día siguiente.

Al principio Xóchitl sintió que aquello sucedía demasiado pronto. Habían acabado de cumplir la última obligación del ciclo y las personas volvían a hablar de ventas. Después reconoció la comida servida, las mantas que alguien tendría que lavar y las herramientas esperando junto a la entrada.

Xóchitl recogió un cuenco y acercó más comida a Malinal. La mujer le hizo sitio a su lado antes de seguir preguntándole a Atzin por el encargo.

Cuando las visitas se retiraron, la joven salió a la chinampa con Atzin para revisar una entrega de la mañana siguiente. El terreno reparado conservaba marcas del trabajo compartido. Una planta había crecido donde antes terminaba el borde caído y tuvieron que decidir si dividirla o dejarla otra estación.

Xóchitl se inclinó junto a una hilera. Había un tallo roto entre las hojas. Lo apartó con cuidado de las flores que todavía podrían cortar.

Recordó a Ocelotzin intentando limpiar una guirnalda durante su primer regreso. Había quebrado dos flores y se quedó mirándolas como si acabara de perder una batalla particularmente absurda.

La imagen la hizo sonreír.

Atzin esperaba cerca de la canoa. No preguntó qué recordaba. Xóchitl se lo contó de todos modos y ambas rieron mientras terminaban la carga.

Volvieron antes de que oscureciera. Malinal estaba dormida junto al telar. Citlali se había quedado con ella para no dejarla sola durante la tarde. Ébano levantó la cabeza y salió a recibirlas con un paso más lento que en otros años.

La joven acarició el pelaje negro, ya salpicado de canas. El perro buscó comida en su mano y resopló al encontrar solamente hojas.

—Sigues haciendo tus cuentas mal —le dijo.

Le dio un bocado antes de entrar.

En la casa, la vasija de los perros estaba sobre el mismo soporte de madera. Tepal la llevaría después para reparar la grieta. Xóchitl retiró las flores marchitas y lavó el interior con cuidado. La hendidura bajo el borde seguía reconociéndose al pasar el pulgar.

Había conservado aquel objeto durante años. Tepal todavía hacía la misma hendidura en sus piezas nuevas. Xóchitl lo imaginó en el taller, examinando la grieta junto a la luz.

La colocó de nuevo donde entraría la claridad por la mañana.

Esa noche no pidió un sueño. Se acostó bajo la manta de Malinal, con el cansancio del día y una tristeza que ya no la obligaba a expulsar todo lo demás.

Antes de dormirse recordó el primer desayuno.

Ocelotzin volvió del canal con agua y la encontró junto al fuego. Ella había dormido poco y se sentía extrañamente avergonzada al mirarlo después de la noche compartida. Él quiso limpiarle una mancha de ceniza. Xóchitl apartó la cara y recibió una broma que la hizo entregarle trabajo para ocultar la sonrisa.

Lo vio sentado a su lado, separando granos. Recordó algo que llevaba mucho tiempo sin encontrar: la forma en que él juntó las rodillas para dejarle más sitio, sin interrumpir lo que ella estaba diciendo.

Habían hablado de una visita de Citlali, de las flores que faltaban por cortar y de cuándo podrían terminar una pared. No sabían que estaban construyendo un recuerdo capaz de acompañarlos más allá de todo lo que alcanzaron a vivir juntos.

Xóchitl se quedó con aquella mañana hasta que llegó el sueño. Volvió a oírlo preguntar por la pared y a sí misma respondiendo que aún tendrían que esperar para terminarla.

Despertó con las primeras voces del barrio.

Por costumbre extendió una mano hacia el lugar donde él dormía. El espacio seguía vacío. Dejó la palma un momento sobre la manta y después se incorporó.

Malinal aún descansaba. Ébano esperaba junto a la puerta. Citlali había vuelto a su casa antes del amanecer y dejó comida cubierta para cuando despertaran.

Xóchitl salió al patio. La luz alcanzaba el borde de la vasija. Cortó una flor del rincón que no destinaban a la venta y la colocó en el agua. Al acomodarla, una gota le corrió por el dedo y cayó sobre la madera.

Tocó la cuenta verde bajo su ropa.

—Hoy hay mucho que hacer —dijo suavemente.

Ébano movió la cola, convencido de que le hablaba a él.

Xóchitl fue a buscar la cesta. Al levantarla recordó que el asa estaba gastada y tendría que repararla antes de salir. Se sentó en el umbral, tomó una tira de fibra y comenzó el trabajo.

Más tarde llevaría flores al mercado. Volvería para comer con Malinal. Escucharía las quejas de Atzin, discutiría una venta y encontraría alguna razón para reírse que todavía no podía imaginar.

La flor permaneció en el lugar del corredor donde llegaba la luz.

Xóchitl terminó el nudo, probó el asa con las dos manos y se levantó para comenzar el día.

FIN