Fragmentos de mí: barbies empoderadas

Capítulo 4 de 4

Mis barbies económicas más fashionistas que la original de mattel

…Yo, una imagen y semejanza de satanás, la peor niña del mundo, la que cometió el error más grande de su vida. Y digo en su vida, porque sigo aquí cometiendo ese mismo error una y otra vez, y otra vez, y otra vez y mil veces más.

Pues esa niña “perversa”, para mí simplemente soñadora, sin darse cuenta había cumplido en sí misma la frase esa de “no es tu culpa nacer pobre, pero sí es tu culpa morir así”.


Ahora se me viene a la mente esa historia que estaba en los libros flaquitos de español lecturas de primaria, esa en donde un hombre libera a una serpiente que está atrapada con un tronco y ella lo muerde después de que la libera. La moraleja decía que el bien que haces con el mal lo pagas.


Y así me ocurrió a mí con mi hermano menor de tres años. Por querer yo hacerle un bien, él me volvió todo su mal. Se vengó de mí, me dio en donde más me dolió. Mi mundo entero se derrumbó después de esa acción.


Haber, vamos a recapitular. Sí fui “pobre”, sufrí por mi pobreza, pero luché y me esforcé por la “riqueza”. Y sí la tuvo, a mi manera pero la tuvo.


Yo era igual a mis hermanos “los ricos”, tenía muchos juguetes hermosos. No eran barbies originales de mattel, seguían siendo las copias piratas al igual que los accesorios fashionistas que yo les había diseñado. Pero para mí eran valiosos y hermosos porque fueron creados con mi esfuerzo y mi creatividad.


La plenitud que yo sentía con mis barbies corrientes y accesorios creados por mí, ya era total. Pero, ¿por qué cometí el “error” de voltear a tratar de ayudar al otro, al que según yo, seguía triste y desvalido como yo lo estuve en algún otro momento del pasado? Mi hermano menor que yo por tres años, al que sus padrinos de bautizo tampoco le llevaban juguetes el 6 de enero.


Tal vez hice esa “obra altruista” con él (la de ayudar a que le llevara regalos a sus padrinos), porque yo entendía su dolor como sentí y entendí el mío cuando no tenía muchos juguetes acumulados. Y quería que él dejara de sentir esa pena, y pudiera experimentar el mismo placer que yo vivía ahora.


Pues en esta vida tan extraña y llena de ironías, con mis acciones solidarias no solo no pude mejorar su mundo ni mitigar su dolor, sino que lo aumenté. Por lo que ahora él vino violento a derrumbar esa felicidad que con tanto esfuerzo yo me había construido.


Sí, así es. Mi mundo “pseudocapitalista”, esa omnipotencia mía para poder construir ciudades y mundos con mis juguetes, y mandar y gobernar en ellas. Yo como fuerza creadora de todo ese universo. Yo, la diosa de mi mundo de juegos infantiles. Obviamente, a veces también compartía esa divinidad y omnipotencia con mis hermanos, cuando jugábamos juntos.


Pero ese mundo se desmoronó. Todas esas barbies “culecas” y “pitukas” que yo había almacenado y cuidado por años, sufrieron un atentado terrorista. Llegó un “loco comunista”, el “pobre comunista” al que le tendí la mano desinteresadamente, vino a mi mundo color de rosa y lo derrumbó:


¡Rapó a todas mis barbies corrientes y no originales de mattel! ¡Las dejaron a todas pelonas!


Una nueva tristeza se apoderó por completo de todo mi ser. Esta era una nueva dimensión de dolor. Porque mi dolor anterior lo entendí como algo que no dependía de nadie, no era causado deliberadamente por ningún otro ser humano semejante a mí.


Eran solo reyes magos mágicos, imposible creer que una divinidad mágica haga cosas incorrectas, nunca los juzgué. Nadie juzga a la magia, al contrario, le agradecemos las muchas o pocas bendiciones que ellos tienen una voluntad de entregarnos.


Y lo de mis padrinos de bautizo abandonandome por ir en busca del sueño americano, tampoco era “maldad” humana. Solo eran personas pobres que deseaban tener mejores condiciones de vida material. Yo lo comprendía así, no vivían en mi ciudad, por eso no podía regalarme barbies originales de mattel.


Ni los reyes magos, ni mis padrinos de bautizo tenían la intención de dañarme. Ni siquiera sabían del dolor profundo que su olvido causaba en mi interior. Mi pequeño hermano sí, él sí sabía del dolor que me causaría al raparme las barbies.


Pero ¿cómo juzgarlo? Si él había sufrido tanto con mis acciones, que en palabras de los adultos, yo lo había hecho para lastimarlo a él y ridiculizarlos a él.


Yo sabía que todo lo que ellos creían de mí era mentira, ellos no lo sabían, pero yo sí, y con eso me bastó. Y de este nuevo dolor que la vida me provocó, saqué una nueva solución:


¡Mis barbies estrenaron nuevos looks de cabello! ¡Les cosí unas extensiones marca hilos de la máquina de coser de mi mamá! Así fue mejor, ahora tenían rayitos e infinidad de colores de cabello. Porque yo podía mezclar varios colores de hilos, yo era la diseñadora total del look capilar de mis muñecas. Lo cual las convirtió en más fashionistas y originales que las barbies de mattel.


Sí, supongo que esta labor me llevó muchísimo tiempo, porque con una aguja de coser les había ido poniendo hebra por hebra de hilo en las cabezas de mis barbies. Y fue así como mi bello mundo anterior se volvió ahora todavía más hermoso y original. Porque ahora yo lo había hecho más original y fashionista. El look actual de mis barbies no hubiera podido ser posible sin la incomprensión del mundo y la humanidad por mi sensibilidad infantil.


Cuando la vida o el destino quieren frenar nuestra libertad y nuestra felicidad, los seres humanos siempre tenemos el coraje para rebelarnos y luchar por construir una mejor realidad.


Estas hermosas barbies y esa enorme maleta llena de ellas y de sus accesorios me acompañaron hasta mi adolescencia. El siguiente capítulo de esta historia habla del dolor que tenemos afrontar en la adolescencia, cuando decimos adiós a la infancia para convertirnos en adultos.


Salimos de ese mundo mágico y lleno de juegos y fantasías, para entrar a la cruel realidad de los adultos. A los que de niños jamás comprendimos, y que ahora de adultos al igual que ellos nos desgarramos. Ahora los pesares existenciales van más allá de aquel sufrimiento de no tener una barbie original para jugar.


Y desde esta vejez podemos comparar y entender que los motivos del dolor de un niño es tan insignificante comparado con los de nosotros. Pero, ¿es eso verdad?


¿Es más grande e importante el sentimiento de dolor de un adulto que el de un niño?


Si me atrevo a sentir que sí, ¿qué significado y valor tendría la empatía para mí?

Si tuviera el cinismo de sentir y afirmar que sí, me convertiría en la peor escritora del mundo. El fraude supremo de la literatura universal.


Y tú qué crees, ¿que aprendí la lección de la moraleja que dice “el bien que haces, con el mal se paga” y dejé a un lado mis acciones altruistas y perdí la fe en la efectividad de los rituales sociales de los adultos?


¿Podemos los escritores dejar de ser soñadores? Descubre aquí lo que hice después de esta lección de vida que me dio mi hermano menor.