Capítulo 3 de 4
La verdader a tragedia para mí estaba a punto de llegar
Antes de continuar con esta historia, y con la seguridad de que me juzgarán, diré en mi defensa que lo que regalé era para mí algo muy valioso. Lo que es normal ser valioso en la mente de un niño y basura en la mente de un adulto.
Regalo para la madrina y el padrino, y cómo envolverlos. Pues en casa había suficiente papel periódico y mi mamá vendía productos de belleza Avon por catálogo. Y le llegaban de vez en cuando unos pomitos chiquitos con muestra de perfume, que cuando se les terminaba el contenido mi mamá los tiraba a la basura. Pero yo los recogía y les ponían agua y los usaban para jugar, porque el pomito de vidrio quedaba impregnado con la esencia del perfume y al echarle agua seguía oliendo rico. Bueno, eso era algo valioso en mi mente infantil.
Así que el regalo de la madrina quedó resuelto. Tomé uno de mis frasquitos de cristal de muestra de perfume Avon vacíos y lo llenó con agua de la pila de mi casa; Después lo envolví con papel periódico, sin caja ni nada. Sí, eran páginas de ese papel periódico que editaban y vendían mis papás.
Ah, porque yo veía que mi mamá les llevaba perfume a los padrinos. Entonces, ese era un buen regalo. Pero nuevamente otro error de ingenio, algo de lo que un niño no puede percatarse, la diferencia entre perfume grande y real y un frasquito de muestra con agua de la pila, oliendo poquito a la esencia del perfume que antes contenía.
Yo no lo entendía. Yo creía que todo iba perfecto. Solo faltaba el del padrino, ¿qué prepararía para él? A mí niña del pasado le encantaba buscar cosas en los basureros, la gente siempre tiraba allí cosas muy valiosas, tesoros invaluables, que los niños sabemos atesorar muy bien. Tenemos ese instinto y sensibilidad para reciclar y volver a utilizar lo que los adultos piensan que ya es basura.
Pues bien, me di a la tarea de salir a buscar en los basureros de la calle algo apropiado para el padrino.
Hasta este punto, quiero aclarar que eso que llamo basureros no era más que la costumbre antigua, por nadie mal vista, de juntar la basura en la calle fuera de sus casas y prenderles lumbre para que se hiciera combustión y se convirtiera en cenizas. En aquel entonces no pasaban carros de la basura, así la gente se deshacía de la basura. Al menos en mi pueblo así era la costumbre.
En fin, el chiste es que me di a la tarea de ir a buscar en los basureros cercanos a mi casa el regalo del padrino. No recuerdo si mi hermano el interesado me acompañó, yo creo que sí lo hizo. Los niños siempre nos acompañamos y nos entendemos.
Y gracias a Dios apareció el regalo del padrino en el basurero de afuera de la tiendita de la esquina, la tienda de doña Bennis. Era un peine negro chiquito y con dientes, era de hombre, por eso era el regalo ideal. Pero como les había comentado, esos basureros eran sometidos al fuego, así que ese peine había logrado sobrevivir a la lumbre de los adultos: con algunos dientes achicharrados, pero con otros todavía sin quemar.
Es decir, el peine de regalo del padrino millonario, político y pudiente estaba “molacho" con unos pocos dientes consumidos por el fuego. Sacado de un basurero y envuelto en papel periódico.
Pero, ¿cómo unos niños iban a tener la astucia de saber que eso ya era basura para los adultos? Yo no lo pensé así, al contrario, creía que era perfecto. Supongo que mi hermano menor también lo creyó así, de lo contrario no me hubiera seguido la corriente.
Los dos regalos estaban listos, el de la madrina y el del padrino. Era momento de completar la última parte del ritual social del mundo adulto. Así comprendí desde aquel entonces que funcionaban las relaciones humanas, dar para recibir. Y en nuestra infancia lo que más queremos recibir son juguetes, muchos juguetes.
Pero qué ironía, yo era consciente de que quería barbies originales de mattel con sus accesorios también bonitos y finos. Por eso sufriría tanto. Pero a la vez estaba feliz con el montón de barbies corrientes que acumulé y todos los accesorios fashionistas que les cosí y los juegos de té corrientes que compré. Y no pude ver que los regalos que preparé para los padrinos de mi hermano eran tan ridículos y humillantes para un adulto, para mí eran una maravilla.
¿Por qué mi mente veía las cosas así? Es absurdo, una absurdidad de la que una niña no pudo ser consciente…
(Aquí he omitido un fragmento de mi libro, porque son solo reflexiones profundas que me hago ahora de adulta sobre esas acciones ingenuas de mi infancia y el contexto actual de la sociedad. Las omití ahora para ser breve y terminar pronto la historia de los regalos chiclosos de los padrinos de mi hermano. También las omití porque son muy íntimas y dan a conocer la parte más frágil e imperfecta de mi yo adulto. Pero ese apartado sí será publicado íntegramente en el libro diario de mi vida.)
…ya listos los regalos, era momento de llevarlos a sus destinatarios, pero ni yo ni mi hermano podíamos ir a llevarlos solos. Ni siquiera sabíamos la calle donde vivían.
No recuerdo cómo fue que le dijimos a mi mamá ya mi papá, no recuerdo cómo conseguimos que mi hermano se subiera al carro de mi papá para que lo llevara a entregar estos regalos. El chiste es que lo hizo. Y según escuché, mi papá no se dio cuenta del fraude de aquellos regalos pitukos, sino hasta que ya estaban él y mi hermano tres años menor en la oficina del padrino millonario y pudiente entregando esos presentes corrientes y mugrosos envueltos en papel periódico.
Yo no estuve presente en esa parte de la historia, yo solo acompañé a mi hermanito a las bodegas de mi papá y le abrí la puerta para que se subiera al carro. Mi papá dijo que lo fuera subiendo en lo que él terminaba de hacer unas cosas para después ir a llevar. Lo miré por última vez allí arriba del carro con sus regalos y mi corazón y mi alma se llenaron de una profunda paz e ilusión.
Lo habíamos logrado, él iba a resolver su dolor de no tener juguetes bonitos y costosos. Yo nunca tendría esa felicidad, pero él sí, y yo había contribuido a ello. El altruismo da una buena sensación, podemos ser felices con la felicidad de los demás.
Yo fui feliz en ese instante en que dejé a mi hermanito arriba del carro. Después de regresar a la casa, estaba cerca de las bodegas en donde trabajaba mi papá, podíamos ir y venir caminando, como a una cuadra nada más. Y allí en el segundo piso, al pie de la máquina de coser de mi mamá, me puse a jugar con mis barbies en lo que pasaba el tiempo. Estaba ansiosa y emocionada por ver el regreso de mi hermano.
Quizás en mi mundo irracional yo pensaba que mi hermano llegaría feliz, que los padrinos estarían felices, que mis papás estarían felices. Y que el próximo 6 de enero los padrinos llegarán con juguetes bonitos y lujosos para mi hermanito. Porque en ese momento era diciembre, fiestas navideñas. Respeté las fechas en que se debía llevar a cabo el ritual.
Yo esperaba emocionada, jugaba con mis barbies emocionada. Esperaba felicidad, esperaba alegría. Yo ya la tenía, ahora solo quería verla confirmada en los demás.
Pero en lugar de eso llegó toda la Batalla de Troya a mi casa. Mi familia entera se volcó de cabeza. Y no, no es lo que piensan, no hubo ni un solo maltrato físico hacía mi persona, incluso creo que ni siquiera se me hizo una reprimenda verbal directamente. Nadie me regañó, nadie me maltrató, nadie me reclamó.
Sólo se me juzgó, ellos, los adultos, pusieron pensamientos malignos en mi mente. Dijeron que todo el mal había sido deliberado, se me acusó de tener una mente maquiavélica. No daban crédito a cómo había una niña tan pequeña como yo había planeado y llevado a cabo toda esa atrocidad, no podía entender por qué había tanta maldad en mi mente, pero daban por hecho que era verdad. Era verdad que yo lo había hecho todo aquello con mala intención.
Y no era que me lo dijeran a mí directamente. Como les había dicho antes, yo estaba en el segundo piso jugando con mis barbies, y toda la alegata se llevó a cabo en el primer piso. Yo nada más los escuchaba desde allá arriba decir todas esas cosas tan feas sobre mi persona. Yo no los entendía, no entendía por qué ellos creían que era tan maquiavélica.
Obviamente yo no me atrevía a bajar allí donde estaba el debate. Ellos sabían que yo estaba allá arriba, pero no me iban a buscar para regañarme ni nada. Solo cuando un miembro de la familia subía a algo allá arriba, me miraba todo asustado o riéndose.
Desde allá arriba yo escuchaba el bullicio y los juicios de todos, de mis hermanos mayores y de mis papás. Algunos estaban molestos, otros se carcajeaban, otros más tenían opiniones sobre mi persona que me resultaban muy hirientes.
Y al final la conclusión de los adultos fue tajante:
la maldad que había en la mente de esa niña era inmensurable, descomunal. Y que tenía la suficiente paciencia y perseverancia para tomar gran parte de mi tiempo en pensar, planear y ejecutar esos planes perversos. Con el único fin de perjudicarlos a ellos, a los adultos, y también a mi hermano menor.
Mi hermano también era un niño como yo, también los escuchaba. Y creyó todo, creyó que yo era lo peor y que todo lo había hecho para perjudicar y burlarme de él. Así que supongo que me odió con todo su corazón y decidió vengarse.
Porque allí no termina la historia. Aún faltaba lo peor, faltaba que mi hermano se cobrará venganza.
La verdadera tragedia para mí estaba a punto de llegar.