Capítulo 1 de 20

Los gastos de una mujer invisible

Scarlett sabía cuánto costaba todo lo que había en aquel departamento, excepto ella.

El sofá italiano había costado más que los cinco años de renta de su madre. Las cortinas se abrían con un control que nunca encontraba. El cuadro sobre la chimenea venía acompañado de un certificado que acreditaba su autenticidad; Scarlett, en cambio, no podía dejar una fotografía suya en la oficina del hombre que lo había comprado.

Aquella noche había puesto dos platos.

En el calendario de la cocina seguía abierto septiembre de 2046. Scarlett había rodeado una fecha que Octavio acababa de cancelar por tercera vez.

A las diez y cuarenta guardó uno.

A las once recibió el mensaje.

No voy a poder. Cumpleaños de Inés. Se alargó la cena.

Scarlett miró el vestido verde que había elegido para él. Después abrió la fotografía que acompañaba una publicación de la fundación Valcárcel.

Ahí estaba la cena.

Inés cumplía cuarenta y seis años. Llevaba el cabello recogido y una mano sobre el brazo de su esposo. Sus dos hijos los flanqueaban. Al fondo había flores blancas y un pastel demasiado pequeño para tantos invitados.

Scarlett amplió la imagen.

Reconoció el reloj de Octavio. Ella lo había acompañado a elegirlo.

Escribió:

Podrías haberme avisado antes.

Borró la frase.

Feliz cumpleaños a tu esposa.

También la borró.

Terminó enviando:

Está bien.

Octavio respondió con un beso.

Un dibujo amarillo, sin labios, sin consecuencias.

Scarlett dejó el teléfono boca abajo y cenó de pie.

⁂

Él llegó al día siguiente, a las seis de la tarde, con una caja de joyería.

Scarlett no se levantó a recibirlo.

Estaba junto al ventanal, descalza, con el cabello rojo cayéndole hasta la cintura. El sol atravesaba algunos mechones y los volvía casi transparentes. Se había vestido con unos pantalones negros y una blusa sencilla, aunque había tardado veinte minutos en decidir cuánto debía parecerle que no lo esperaba.

Octavio dejó la caja sobre la mesa.

—Estás enojada.

—No. Me encanta preparar cenas para el refrigerador.

Él sonrió, como si ella hubiera hecho algo encantador.

A sus cincuenta y dos años, Octavio Valcárcel conservaba la apariencia de un hombre al que nadie había obligado a esperar sentado en un pasillo. Incluso el cansancio le quedaba bien. Se quitó el saco y extendió los brazos.

Scarlett no se acercó.

—Era su cumpleaños —dijo él.

—Lo sé. Lo vi.

—Entonces entiéndelo.

—Siempre lo entiendo. Es una habilidad que he desarrollado desde que te conozco.

Octavio abrió la caja.

Un collar de esmeraldas descansaba sobre terciopelo gris.

Scarlett lo miró. Lo deseó inmediatamente y le molestó que él pudiera advertirlo.

—Pruébatelo.

—¿Hasta cuándo vamos a seguir así?

Él cerró la caja con cuidado.

—No empieces.

La frase le produjo más dolor que la fotografía.

—¿Hasta cuándo, Octavio?

—Tengo hijos.

—También los tenías cuando me buscaste.

—Nunca te engañé respecto a mi familia.

Scarlett soltó una risa breve.

Era verdad. Él había sido escrupulosamente sincero en aquello que más la humillaba.

Nunca le prometió divorciarse. Ella había construido esa promesa con materiales ajenos: una discusión matrimonial que él le contó después de beber, una noche en que se quedó a dormir, la vez que dijo que a su lado podía respirar.

—Podrías querer otra vida —murmuró.

—Quiero que estemos bien.

Octavio se acercó y apartó su cabello para besarle el cuello. Scarlett cerró los ojos un instante. Todavía le bastaba su olor para recordar a la mujer que había sido antes de empezar a contar sus ausencias.

Él le puso el collar.

En el cristal del ventanal aparecieron juntos: un hombre de negocios impecable y una mujer hermosa a la que acababa de arreglar una tristeza con piedras preciosas.

—Necesito pedirte algo —dijo Octavio.

Scarlett sostuvo una esmeralda entre los dedos.

—Ya me parecía que estabas especialmente generoso.

⁂

El nombre era Julián Ferrer.

Octavio lo pronunció mientras servía whisky, como si hablara de una adquisición pendiente.

—Treinta y ocho años. Genetista. Dirige un proyecto en Helix.

Scarlett conocía Helix. Había visto su logotipo en carpetas, invitaciones y en la pantalla del teléfono de Octavio durante algunas de las pocas cenas que compartían.

—¿Y qué quiere tu genetista?

—Ese es el problema. No quiere lo suficiente.

Octavio abrió una fotografía en su tableta.

Un hombre de cabello oscuro miraba hacia un costado, incómodo ante la cámara. Llevaba una camisa arrugada bajo la bata y unas gafas de montura fina. No parecía tímido de una manera encantadora. Parecía irritado porque alguien había interrumpido su trabajo para demostrar que existía.

—¿Está casado?

—No.

—¿Tiene novia?

—Que sepamos, no.

Scarlett levantó los ojos.

—Qué manera tan rara de contestar.

Octavio bebió.

—Está cerca de terminar algo extraordinario.

Le explicó lo indispensable.

Ferrer había desarrollado un procedimiento capaz de producir un organismo adulto a partir de las células de un paciente y adaptar su desarrollo a un patrón genético corregido. El proyecto incluía la transferencia de la continuidad neuronal: recuerdos, hábitos, asociaciones, aquello que permitía a una persona reconocerse al despertar.

Todavía había límites. El cuerpo receptor debía prepararse antes del deterioro cerebral irreversible. La compatibilidad exigía un ajuste individual. No bastaba con fabricar una copia y esperar que abriera los ojos siendo alguien.

—¿Ya lo han hecho con una persona? —preguntó ella.

—Hay un programa autorizado de continuidad. Pocos casos, vigilancia externa. Ferrer ha encontrado cómo ampliar la compatibilidad y corregir alteraciones que antes impedían utilizarlo.

Scarlett miró la tableta. Recordaba las noticias de los primeros pacientes y las discusiones sobre si quien despertaba seguía siendo el mismo. Había creído que aquello ocurría demasiado lejos de su vida para tener que formarse una opinión.

—Entonces no inventó vivir otra vez.

—Hizo que pudiera dejar de ser una excepción —respondió Octavio—. Ahí está el negocio.

Scarlett escuchó sin interrumpir.

—¿Estás hablando de vivir otra vez?

—Estoy hablando de no tener que morir cuando tu cuerpo deje de servirte.

Ella miró de nuevo la fotografía.

Aquel hombre llevaba una mancha de café en el puño.

—¿Lo consiguió?

—Consiguió lo suficiente para que algunos inversionistas estén perdiendo el sueño.

—¿Y él?

—Él quiere publicar el protocolo.

Scarlett esperó.

—Con acceso abierto —añadió Octavio—. Sin exclusividad.

—Tú quieres venderlo.

—Yo he pagado seis años de investigación.

—No te pregunté cuánto has pagado.

Octavio dejó el vaso.

—Sí. Quiero venderlo.

No parecía avergonzado.

Scarlett casi agradeció aquello. Detestaba cuando los hombres envolvían sus negocios en discursos sobre la humanidad.

—¿Y no puedes obligarlo? Es tu empleado.

—Su método de ajuste procede de una investigación anterior a Helix. Negoció una excepción en su contrato. Mis abogados consideraron que era una hipótesis sin aplicación comercial.

—Tus abogados cobran mucho para equivocarse así.

Octavio no sonrió.

Ferrer había permitido que Helix utilizara una parte del procedimiento para las pruebas internas. Conservaba, sin embargo, el módulo decisivo y los registros que acreditaban su desarrollo. Sin su autorización, la empresa podía pasarse años litigando sobre algo que otros laboratorios terminarían reproduciendo.

—Necesito el protocolo completo —dijo Octavio—. Y necesito saber dónde guarda la documentación original.

Scarlett apoyó la espalda en la silla.

Ya había entendido.

Quiso obligarlo a decirlo.

—¿Para qué me estás contando esto?

Él sostuvo su mirada.

—Porque quiero que te acerques a él.

El aire acondicionado se encendió con un murmullo.

—¿Que me acueste con él?

—Quiero que confíe en ti.

—No me insultes cambiándole el nombre.

Octavio permaneció callado.

Scarlett bajó la vista hacia las esmeraldas.

De pronto le pesaban.

—¿Y no te molesta?

—Sé distinguir las cosas.

Ella asintió despacio.

Había pasado dos años intentando convertirse en una excepción para él. Ahora descubría que también podía convertirse en un recurso.

—¿Qué sabe de mí?

—Que estamos juntos.

Scarlett levantó la cabeza.

—Entonces tu plan es estúpido.

—Sabe que tengo esposa. Sabe que tú no eres mi esposa. No es difícil imaginar que estés cansada de esa situación.

Era tan exacto que Scarlett sintió ganas de romperle el vaso contra la pared.

En lugar de hacerlo, preguntó:

—¿Y qué gano yo?

Octavio pareció relajarse. Aquella era una conversación que conocía.

—El departamento quedará a tu nombre. Sin condiciones. Además, dos millones de dólares cuando tengamos el protocolo.

Scarlett contempló las luces que empezaban a encenderse al otro lado del cristal.

Dos millones.

Había aprendido a disimular el deseo de muchas cosas. De aquello no fue capaz.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Qué?

—¿También te gano a ti?

Octavio tardó apenas un segundo en responder.

—No mezcles esto con nosotros.

Scarlett sonrió.

Una sonrisa pequeña, sin alegría.

—Claro.

⁂

Conoció a Julián tres días después.

La recepción se celebraba en Helix, entre jardines interiores y paredes tan blancas que Scarlett temió mancharlas con el reflejo de su cabello.

Octavio llegó con Inés.

Scarlett llegó sola.

Estaba previsto de ese modo.

Llevaba un vestido azul oscuro que seguía sus curvas sin descubrir demasiado. Había elegido unos pendientes discretos y dejado el cuello desnudo. El collar de esmeraldas permanecía en su caja.

Desde el otro extremo del salón observó a Octavio colocar una mano en la espalda de su esposa para guiarla entre los invitados.

Inés se inclinó hacia él y le dijo algo. Ambos sonrieron.

Scarlett apartó la mirada antes de que aquella escena pudiera estropearle el trabajo.

Encontró a Julián junto a una puerta lateral, sosteniendo un vaso de agua.

Sin bata parecía más joven. También más cansado.

Una mujer intentaba convencerlo de acercarse al fotógrafo.

—Solo una imagen, doctor. Con los patrocinadores.

—Ya tienen una mía.

—Es del año pasado.

—No he cambiado de especie.

Scarlett tuvo que contener una sonrisa.

La mujer se marchó ofendida.

Él la vio acercarse y su expresión se cerró antes de que pudiera hablar.

—Scarlett —dijo.

No fue un saludo. Fue una identificación.

—Me ahorraste presentarme.

Julián miró por encima de su hombro. Octavio seguía junto a Inés.

—¿Necesitas algo?

Scarlett había preparado una frase sobre su investigación. La descartó.

—Un lugar donde no tenga que fingir que me interesa esta fiesta.

—Hay una salida detrás de ti.

—Buscaba algo menos definitivo.

Él no se rio.

Scarlett tomó agua de la bandeja de un mesero.

Por primera vez en mucho tiempo, un hombre parecía desear que su vestido fuera menos bonito para poder ignorarla con mayor tranquilidad.

—Sé lo que piensas —dijo ella.

—Lo dudo.

—Sabes quién soy y te preguntas por qué vengo a hablarte mientras él está con su mujer.

Julián dejó de mirar la puerta.

—No me corresponde preguntarte eso.

—Pero te lo preguntas.

Él sostuvo el vaso con ambas manos.

—Me pregunto si has venido porque él te lo pidió.

Scarlett sintió una descarga breve en el estómago.

No dejó que llegara a su rostro.

—Él no me pide que hable con otros hombres.

La mentira tenía una ventaja: cualquier persona habría querido creerla.

Julián observó de nuevo a Octavio.

—No lo conozco tanto fuera del trabajo —dijo.

Scarlett siguió su mirada.

Inés le acomodaba a su marido el borde de la corbata.

No tuvo que inventar lo que sintió.

—Yo tampoco —respondió.

Julián la miró entonces con una atención distinta.

Scarlett reconoció el cambio. Había ocurrido apenas: una leve relajación en la boca, el cuerpo que dejaba de orientarse hacia la salida.

No era deseo todavía.

Era compasión.

Podía trabajar con eso.

—Perdona —dijo él—. He sido descortés.

—Has sido bastante preciso.

Durante unos segundos permanecieron callados.

Después Julián señaló el pasillo.

—Hay una terraza. No permiten fumar, pero nadie sale porque hace frío.

—¿Tú sales?

—Cuando necesito que no me encuentren.

Scarlett dejó su vaso en una mesa.

—Entonces no le digas a nadie dónde estoy.

Él abrió la puerta y la sostuvo para que pasara.

Al cruzar, Scarlett volvió la cabeza.

Octavio los había visto.

Levantó apenas su copa.

Ella no le devolvió el gesto.

En la terraza, Julián le preguntó si tenía frío. Scarlett dijo que un poco. Él se quitó la chaqueta y se la ofreció sin intentar ponérsela.

Scarlett la aceptó.

En el bolsillo interior, contra su costado, sintió el borde de una libreta.

No intentó tocarla.

Todavía.