Capítulo 2 de 20
Una mentira con algo de verdad
Scarlett descubrió que Julián Ferrer no sabía recibir un cumplido.
—Tu investigación es impresionante —dijo, acomodándose la chaqueta sobre los hombros.
Él hizo una mueca.
—No la conoces.
La terraza daba al estacionamiento del personal. Abajo, un guardia recorría las filas de automóviles con una linterna. El viento movía las hojas de unas plantas que parecían haber sido elegidas para sobrevivir sin que nadie las quisiera.
Scarlett se apoyó en el barandal.
—Podrías haber dicho gracias.
—Podría. Pero después tendríamos que seguir hablando como si hubieras leído mis artículos.
Ella lo miró de perfil.
No parecía intentar humillarla. Aquello lo volvía más irritante.
—Octavio me explicó lo que haces.
—¿Qué te explicó?
—Que quieres fabricar cuerpos nuevos para personas cuyos cuerpos ya no funcionan.
Julián dejó su vaso en el suelo, junto a la pared.
—Es una descripción razonable.
—Y que no quieres que él venda el procedimiento.
Esta vez tardó en responder.
—Eso también te lo explicó.
Scarlett advirtió la desconfianza.
Había avanzado demasiado pronto.
—Octavio habla de trabajo cuando está preocupado. A veces olvida que yo no formo parte de sus reuniones.
Julián bajó la vista hacia el estacionamiento.
—No deberíamos hablar de esto.
—Está bien.
Ella guardó silencio.
Era una de las pocas cosas que hacía mejor que seducir: soportar una pausa hasta que la otra persona necesitara llenarla.
Julián tardó casi un minuto.
—¿A qué te dedicas?
Scarlett volvió el rostro.
Por lo general le preguntaban dónde había comprado el vestido, si hacía ejercicio o cuánto tiempo llevaba con Octavio. La pregunta la encontró desprevenida.
—Trabajaba en una galería.
—¿Ya no?
—No.
—¿Por qué?
Porque a Octavio no le gustaba que llegara tarde cuando él podía escaparse temprano. Porque el sueldo apenas alcanzaba para comprar la ropa con la que debía atender a los compradores. Porque un día el dueño le pidió que acompañara a un cliente a cenar y, cuando ella protestó, le recordó que había entrado por su apariencia.
—El horario dejó de convenirme.
Julián asintió.
No preguntó quién pagaba ahora sus gastos.
Scarlett agradeció la omisión y, al mismo tiempo, quiso defenderse de una acusación que él no había hecho.
—No siempre he vivido como vivo.
—No he supuesto que sí.
Ella metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Sus dedos rozaron un pañuelo, una tapa de bolígrafo y la esquina de la libreta.
Julián miró el movimiento.
Scarlett retiró las manos despacio.
—¿Siempre eres tan desconfiado?
—Trabajo en un edificio donde todos quieren que firme algo.
—Yo no he traído papeles.
—Todavía.
Por primera vez, él sonrió.
Fue una sonrisa breve, algo torcida. Le cambió la cara de una forma inconveniente.
Scarlett pensó que Octavio había exagerado al describirlo como un hombre al que bastaría enseñarle las piernas.
Julián podía desear a una mujer.
Eso no significaba que fuera a obedecerla.
⁂
Octavio la llamó antes de que llegara al departamento.
—¿Qué te dijo?
Scarlett observó su reflejo en la ventanilla del automóvil.
—Buenas noches a ti también.
—Scarlett.
—Hablamos diez minutos.
—Estuvieron fuera casi media hora.
Ella giró la cabeza hacia las luces de la avenida.
No había notado el tiempo.
—Me preguntó por mi trabajo.
—¿Y?
—Le dije que había trabajado en una galería.
—No me interesa eso. ¿Mencionó el laboratorio?
Scarlett cerró los ojos un instante.
—No.
—Tienes que conseguir que vuelva a verte.
—Lo sé.
—Sin apresurarte.
Ella soltó una pequeña risa.
—Me llamas antes de que llegue a casa para decirme que no me apresure.
Octavio ignoró el comentario.
—Mañana te enviarán información sobre él.
Scarlett miró al conductor. El hombre mantenía los ojos al frente.
—No quiero que me llames para hablar de esto cuando voy en tu coche.
—Es de confianza.
—Entonces habla tú con él.
Colgó.
Durante unos segundos sintió una satisfacción infantil.
Después miró el teléfono, esperando la llamada de regreso.
No llegó.
⁂
La información apareció a la mañana siguiente en una carpeta sin membrete.
Scarlett la encontró junto al desayuno que había pedido a la administración del edificio.
Había fotografías de Julián entrando en una tienda, saliendo de su casa y comprando libros en un puesto callejero. Un resumen de estudios. Horarios aproximados. Nombres de colegas.
Su madre había sido costurera.
Su padre había abandonado a la familia cuando él tenía once años.
Había una nota sobre una relación terminada seis años antes.
Scarlett pasó la hoja y se detuvo.
Elena Ferrer. Fallecida a los cincuenta y nueve años durante espera de trasplante.
Debajo figuraba la fecha.
Cerró la carpeta.
Aquello era útil. Demasiado útil.
Se levantó y fue a buscar café, aunque todavía tenía media taza en la mesa.
Cuando regresó, volvió a abrirla.
Leyó hasta el final.
⁂
Durante cuatro días no buscó a Julián.
Octavio le escribió dos veces. Ella respondió que estaba trabajando.
En realidad, intentaba resolver un problema sencillo: cualquier acercamiento que dependiera del magnate parecería organizado por el magnate.
No podía presentarse en el laboratorio.
No podía fingir un encuentro casual en la librería que aparecía en las fotografías sin arriesgarse a que él notara la coincidencia.
Al quinto día llamó a la recepción de Helix.
—Dejé unos pendientes durante la recepción.
La empleada le pidió una descripción.
Scarlett describió unos que no existían.
—Lo siento, no tenemos nada así.
—Gracias. Otra cosa: el doctor Ferrer me prestó una chaqueta y quisiera enviársela. ¿Podrían darme su correo para avisarle?
La recepcionista le ofreció una dirección institucional.
Scarlett escribió tres versiones antes de decidirse.
Doctor Ferrer:
Tu chaqueta está a salvo. Me gustaría devolvértela sin tener que asistir a otra fiesta.
Scarlett.
La respuesta llegó cuarenta minutos después.
Puedes dejarla en recepción. Gracias.
Ella leyó el mensaje dos veces.
Luego escribió:
Qué alivio. Temía que fueras a obligarme a conversar contigo otra vez.
No obtuvo respuesta.
A las seis de la tarde, el teléfono emitió un sonido.
El viernes salgo a las 17:30. Hay una cafetería frente al edificio. Diez minutos.
Scarlett sonrió.
No por los diez minutos.
Por la explicación innecesaria de dónde estaba la cafetería.
⁂
Llegó a las cinco y cuarenta.
Lo vio junto a la ventana, sin teléfono sobre la mesa. Tenía una taza vacía delante y estaba leyendo la etiqueta de un sobre de azúcar.
Scarlett dejó la chaqueta en el respaldo de la silla.
—Pensé que ya te habrías ido.
—Pensé que te habías arrepentido.
—Tuve tráfico.
Era mentira. Había esperado en el automóvil hasta verlo entrar.
Julián señaló la silla.
Ella se sentó.
Llevaba una blusa blanca, pantalones de mezclilla y el cabello recogido sin demasiada precisión. Había pasado más tiempo arreglándose que para la recepción.
—¿Siempre programas diez minutos para tomar café? —preguntó.
—Cuando creo que la otra persona solo viene a devolverme una chaqueta.
—Podrías haberme dicho que no viniera.
—Podría.
Scarlett pidió un café.
Él miró la calle mientras la mesera se alejaba.
—¿Octavio sabe que estás aquí?
La pregunta llegó sin suavidad.
Scarlett se quitó una pulsera y la dejó junto a la taza.
—No le informo de todo.
—No te he preguntado eso.
Ella lo observó.
Podía mentir con facilidad. Lo difícil era elegir una mentira que soportara las preguntas siguientes.
—Sabe que me caíste bien.
Julián se echó hacia atrás.
—Trabajo para él.
—Ya lo sé.
—Y tú estás con él.
Scarlett dejó escapar el aire.
—También lo sé.
—No quiero que confundamos las cosas.
Ella bajó los ojos hacia sus manos.
Pensó en la fotografía de Inés, en el plato guardado, en el collar que todavía no había vuelto a ponerse.
Cuando habló, no tuvo que fingir el cansancio.
—Octavio vuelve a su casa después de verme. Tiene a alguien que le pregunta cómo le fue y unos hijos que pueden llamarlo a cualquier hora. Yo no puedo llamarlo un domingo si no me ha escrito primero.
Julián permaneció inmóvil.
—No te estoy pidiendo que hagas nada con eso —añadió ella—. Solo quería tomar un café con alguien sin mirar la puerta todo el tiempo.
La mesera dejó la taza.
Scarlett le dio las gracias.
Julián esperó a que se alejara.
—¿Por qué sigues con él?
Ahí estaba.
La pregunta que podía convertirla en una mujer atrapada o dejarla como una mujer cómoda.
Scarlett tomó la cucharilla.
—Porque todavía lo quiero. Porque me acostumbré. Porque cuando pienso en irme descubro que mi vida entera cabe en cosas que él paga.
No había planeado decir lo último.
Julián miró la pulsera sobre la mesa.
Ella volvió a ponérsela.
—Supongo que eso te parece miserable.
—Me parece difícil.
Scarlett alzó la vista.
Él no la estaba absolviendo. Tampoco parecía dispuesto a condenarla para sentirse mejor.
Aquello la incomodó más de lo que esperaba.
⁂
Hablaron cuarenta minutos.
Julián le contó que vivía a veinte minutos del laboratorio y tardaba casi una hora en llegar porque prefería caminar una parte del trayecto.
Scarlett le habló de un cuadro que no había conseguido vender en la galería: una cocina vacía con una silla volcada.
—Todos decían que era triste —recordó.
—¿Y lo era?
—A mí me parecía que alguien acababa de levantarse.
Él la miró con interés.
Scarlett sintió el impulso de adornar la historia. Se contuvo.
Cuando salieron, llovía.
Ella tenía el automóvil esperando a una calle de distancia.
—Puedo acercarte —dijo.
—Voy a caminar hasta la estación.
—Te vas a empapar.
—Tengo tu chaqueta.
—Es tuya.
—Cierto.
Julián se la puso y buscó algo en el bolsillo interior.
Scarlett vio aparecer la libreta.
Pequeña. Azul. Con una goma negra.
Él la abrió para comprobar que no se hubiera doblado.
Entre las páginas había un recibo de supermercado.
Scarlett apartó la mirada antes de que él la encontrara observando.
—Gracias por el café —dijo.
—Lo pagaste tú.
—Entonces gracias por exceder los diez minutos.
Julián guardó la libreta.
—Que llegues bien.
Ella caminó hasta la esquina.
Antes de subir al automóvil miró hacia atrás.
Él seguía bajo el toldo, esperando que la lluvia disminuyera.
Scarlett levantó una mano.
Julián respondió.
⁂
Octavio estaba en el departamento cuando ella llegó.
Había abierto una botella y ocupaba su lugar habitual en el sofá.
—¿Cómo te fue?
Scarlett dejó el bolso.
—Podrías avisarme antes de venir.
Él levantó las cejas.
—¿Desde cuándo?
Ella no contestó.
Octavio miró su ropa, el cabello húmedo alrededor de su cara.
—¿Estuviste con él?
—Tomamos café.
—¿Empieza a confiar?
Scarlett recordó la pregunta: ¿Por qué sigues con él?
—Todavía no.
Octavio dejó la copa y la tomó de la cintura.
Ella permitió que la acercara.
—Sabía que podías hacerlo.
La besó.
Scarlett le respondió por costumbre, por amor, por todo lo que aún esperaba conseguir de aquel hombre.
Más tarde, mientras él se duchaba, su teléfono vibró sobre la mesa de noche.
Era un correo de Julián.
Olvidé preguntarte si encontraste los pendientes. La recepción me comentó que los habías perdido.
Scarlett se incorporó.
Escuchó el agua detrás de la puerta.
Miró el mensaje durante un largo rato.
Después escribió:
Sí. Estaban en otro bolso. Soy un desastre.
Lo envió y dejó el teléfono boca abajo.
Por primera vez desde que aceptó el encargo, comprendió que Julián también prestaba atención a las cosas pequeñas.
Tendría que mentir mejor.