Capítulo 3 de 20

Lo que ella sabía de él

La segunda mentira le exigió comprar unos pendientes.

Scarlett salió temprano y recorrió tres joyerías hasta encontrar unos pequeños, de plata, con una piedra azul. No se parecían a los que había descrito por teléfono, pero Julián no conocía aquella descripción.

Se los puso frente al espejo del automóvil.

Luego se sintió ridícula.

Él no había pedido pruebas. Quizá solo había querido saber si recuperó algo que creía perdido. Era ella quien empezaba a vivir rodeada de personas imaginarias capaces de contradecirla.

Al regresar, encontró un mensaje de Octavio.

La semana próxima hay una demostración interna. Necesito saber qué versión va a presentar.

Scarlett respondió:

No va a contarme eso durante un café.

Haz que no sea solo un café.

Se quedó mirando la pantalla.

Después abrió la conversación con Julián.

Escribió una invitación a cenar, la borró y dejó el teléfono en el asiento.

No quería parecer obediente con ninguno de los dos.

⁂

Pasaron dos días antes de que volviera a verlo.

Esta vez no hubo casualidad fingida.

Scarlett le envió la fotografía de una pintura: una mesa puesta para cuatro personas, con una sola silla.

Encontré algo peor que la cocina vacía que te conté.

Julián tardó en responder.

Quizá están reparando las otras tres.

Ella soltó una carcajada en mitad de una tienda.

Acabas de arruinar una obra sobre la soledad.

El carpintero también merece una interpretación.

Scarlett leyó el intercambio varias veces.

Luego preguntó:

¿Quieres verla? La exposición cierra el domingo.

Él aceptó para el sábado, a las doce.

No preguntó por Octavio.

Ella decidió considerar aquello un avance.

⁂

Julián llegó con una camisa gris y el cabello todavía húmedo. Al verla, bajó un instante los ojos hacia sus pendientes.

Scarlett resistió el impulso de tocárselos.

—¿Es aquí?

—No. Me gusta esperar hombres frente a edificios equivocados.

Él sonrió y le abrió la puerta.

La galería olía a pintura reciente y a café recalentado. Había seis visitantes, un vigilante y una mujer que escribía en una computadora sin levantar la cabeza.

Scarlett conocía al dueño, pero había elegido el horario en que no solía estar. No quería explicar a Julián por qué un antiguo compañero podía preguntarle si seguía viviendo con el señor Valcárcel, como si la vida de una mujer pudiera resumirse con una dirección y un apellido ajeno.

Se detuvieron frente al cuadro de la mesa.

Julián lo estudió.

—La silla tampoco parece cómoda.

—No puedes seguir resolviéndolo todo con problemas de carpintería.

—Tú me invitaste.

Scarlett inclinó la cabeza, fingiendo examinar la pintura.

Lo observaba en el reflejo del vidrio.

Él no aprovechaba cada silencio para mirar su cuerpo. Cuando ella hablaba, atendía sus palabras con una concentración que a veces parecía excesiva. Scarlett estaba acostumbrada a conseguir atención; no tanto a tener que hacer algo con ella.

—¿De verdad te gusta? —preguntó Julián.

Ella volvió al cuadro.

—Me gusta que los cuatro platos estén usados.

Él se acercó.

Había restos de comida pintados con trazos diminutos.

—No los había visto.

—Alguien se quedó a recoger.

Julián la miró.

Scarlett se alegró de haber encontrado algo que enseñarle sin ayuda de una carpeta.

⁂

Al salir, él propuso comer en un lugar cercano.

Antes de cruzar la calle, ella se apoyó un instante en el marco de la puerta. Había subido las escaleras de la galería demasiado deprisa y le tiraba el costado. Rechazó el brazo que Julián le ofreció y dijo que eran los zapatos.

Era un restaurante pequeño, con mesas demasiado juntas y una carta plastificada. Scarlett acomodó el bolso sobre sus rodillas porque el suelo estaba húmedo.

Julián lo advirtió.

—Podemos ir a otro sitio.

—¿Por qué?

—Estás incómoda.

Ella dejó el bolso en la silla vacía.

—Ya no.

Pidieron comida. Julián preguntó si todavía conservaba contacto con la galería donde había trabajado.

—Con algunas personas.

—Podrías volver.

Scarlett pasó el dedo por el borde del vaso.

—No es tan sencillo.

—¿Por Octavio?

Ella levantó la vista.

—También por mí.

La respuesta pareció sorprenderlo.

—Me gustaba trabajar —continuó—. Lo que no me gustaba era revisar mi cuenta antes de aceptar una invitación a comer.

Julián guardó silencio.

Scarlett sintió la necesidad de seguir, aunque sabía que debía dejar espacio para que él imaginara una versión más digna de su historia.

—Ahora ya no reviso la cuenta. Reviso si él puede verme. Algo se pierde siempre.

—¿Y qué preferirías perder?

Ella sonrió sin alegría.

—Te gusta hacer preguntas difíciles cuando ya pedimos y no puedo levantarme.

—Puedes no responder.

La comida llegó y los salvó durante unos minutos.

Scarlett esperó a que él terminara de servir agua.

—¿Tu madre llegó a conocer tu trabajo?

Julián se quedó quieto.

Ella había ensayado aquel momento. Pensaba introducir el tema después de preguntarle por su familia, dejar que pareciera una conversación natural. Se había precipitado.

—Una parte —dijo él.

Scarlett tomó el tenedor.

—Debe de estar orgullosa.

—Murió hace siete años.

Ella dejó de mover la mano.

—Lo siento. No sabía.

La mentira salió con una facilidad que le desagradó.

Julián miró hacia la ventana.

—No hay razón para que lo supieras.

Scarlett podría haber cambiado de tema. Debió hacerlo.

—¿Estaba enferma?

—Sí.

Él cortó un trozo de comida y lo dejó en el plato.

—Esperaba un trasplante.

Scarlett conocía la edad, la fecha y el hospital. Lo que no sabía era que Julián iba a quitarse las gafas para limpiarlas aunque estaban limpias.

—No tienes que contármelo —murmuró.

—Ya está contado.

Se las puso de nuevo.

Durante el resto de la comida ella evitó preguntar por Helix.

Cuando Julián habló de una filtración en el techo de su departamento, Scarlett escuchó con una atención casi agradecida.

⁂

Octavio la esperaba esa noche en un restaurante del hotel donde acostumbraban verse cuando él no quería pasar por el departamento.

Había reservado un salón privado.

Scarlett dejó el bolso junto a la silla y no se quitó el abrigo.

—¿Qué versión va a presentar? —preguntó él.

—No lo sé.

Octavio apoyó los cubiertos.

—Has estado con él toda la tarde.

—No hablamos del proyecto.

—¿De qué hablaron?

Scarlett pensó en las gafas.

—De su casa. De cuadros.

—Scarlett, no estoy pagando para que tenga compañía.

Ella miró la mesa. Dos copas, dos platos, una puerta cerrada.

—No has pagado todavía.

Octavio se recostó en la silla.

—El departamento sigue disponible.

Seguía disponible.

Como si ella fuera una compradora que no terminaba de decidirse.

—Necesito tiempo.

—El viernes no se mueve porque tú lo necesites.

Scarlett se quitó el abrigo.

—Entonces acércate tú y pregúntale.

Él dejó pasar unos segundos.

Después empujó una carpeta hacia ella.

—El lunes vas a acompañarme a Helix. Diremos que quieres conocer la fundación y que estoy considerando incorporarte a una campaña.

Scarlett no tocó la carpeta.

—¿Inés lo sabe?

Octavio endureció la mandíbula.

—Mi esposa no organiza las visitas al laboratorio.

—Pero dirige la fundación.

—De eso me encargo yo.

Ella abrió por fin la carpeta.

Había un programa de actividades y una fotografía suya tomada de una antigua página de la galería.

Debajo de su nombre decía: Asesora de vinculación cultural.

—Hasta me conseguiste empleo.

—Querías hacer algo.

Scarlett cerró la carpeta.

Tuvo que apretar las manos bajo la mesa para no arrojársela.

⁂

El lunes, Julián la vio entrar junto a Octavio y dejó de sonreír.

Scarlett alcanzó a advertir el cambio antes de que él saludara a su jefe.

Una mujer de bata azul los acompañaba. Octavio la presentó como la doctora Vera Salcedo, responsable de supervisión clínica.

—Scarlett colaborará en la difusión de algunos proyectos de la fundación —explicó él.

Vera le estrechó la mano.

Julián no dijo nada.

Recorrieron dos salas, observaron imágenes en una pantalla y escucharon una explicación que Octavio interrumpía para traducir las posibilidades científicas en beneficios futuros.

Scarlett entendió menos de lo que habría querido.

Comprendió, sin embargo, que el procedimiento dependía de un ajuste distinto para cada paciente y que apresurarlo podía destruir aquello que pretendían conservar.

—Una identidad no se verifica preguntando un nombre y una fecha de nacimiento —dijo Julián cuando Octavio habló de resultados concluyentes.

Vera cerró la carpeta que llevaba.

—Todavía necesitamos seguimiento.

Octavio sonrió con paciencia.

—Por supuesto.

Scarlett reconoció aquella sonrisa. La había recibido cada vez que pidió algo que él no pensaba conceder.

Al terminar la visita, Octavio salió a atender una llamada. Vera los dejó para revisar a un colaborador.

Julián esperó a quedarse solo con Scarlett.

—Podrías habérmelo dicho.

—Me lo propuso este fin de semana.

—¿Trabajar aquí?

—Colaborar con la fundación.

Él miró la credencial provisional que colgaba de su cuello.

Scarlett se la quitó.

—No sabía que venir iba a molestarte.

—No me molesta que vengas.

—Entonces mírame.

Julián obedeció.

Ella bajó la voz.

—Tú sabes cómo es mi vida. No te he dicho que lo dejé.

—Lo sé.

—Ni te he prometido algo que no puedo cumplir.

Él apartó la mirada.

Scarlett se acercó un poco.

—Pero el sábado quise estar contigo.

Julián respiró despacio.

—No quiero convertirme en el lugar al que vienes cuando él te hace sentir mal.

La frase la alcanzó de una manera inesperada.

Porque eso también había ocurrido.

Debajo del encargo, de los dos millones y del departamento, había disfrutado una comida que no tuvo que terminar cuando sonó el teléfono de Octavio.

—No fue por él —dijo.

Julián volvió a mirarla.

Scarlett le sostuvo los ojos hasta que dejó de parecer una explicación.

Luego le tocó la mano.

Él no se apartó.

La puerta del pasillo se abrió.

Octavio apareció guardando el teléfono. Su mirada pasó de uno a otro y se detuvo en las manos.

Scarlett retiró la suya.

—¿Interrumpo? —preguntó él.

Julián se irguió.

Octavio sonrió.

—Doctor, no hace falta que me mire así. Scarlett puede elegir con quién pasa su tiempo.

Ella sintió vergüenza por primera vez desde que había comenzado el encargo.

No por estar entre ambos.

Por la facilidad con que uno la ofrecía y el esfuerzo con que el otro intentaba no desearla.

—Voy a quedarme un momento —dijo Scarlett.

Octavio la observó.

Después asintió.

—Nos vemos en casa.

Cuando se marchó, Julián recogió una carpeta de la mesa.

Scarlett comprendió que estaba a punto de pedirle que saliera.

Lo tomó del brazo.

Él se volvió y ella lo besó.

Fue breve. Le dio tiempo de apartarse.

Julián no lo hizo.

Dejó la carpeta sobre la mesa y le sostuvo la cara con una mano, con una cautela que Scarlett no había previsto.

Al separarse, él apoyó la frente un instante contra la suya.

—Esto puede hacerme daño —dijo.

Scarlett cerró los ojos.

Había conseguido lo que buscaba.

Aun así, necesitó unos segundos antes de poder responder.

—No quiero hacértelo.

Julián le creyó lo suficiente para besarla otra vez.