Capítulo 4 de 20

La copia que faltaba

Julián fue quien se apartó.

No lo hizo bruscamente. Le acarició una vez la mejilla y bajó la mano, como si necesitara comprobar que todavía podía decidir qué hacer con ella.

Scarlett permaneció cerca.

Desde el pasillo llegaba el golpeteo de unos zapatos. Una puerta se cerró. Alguien pidió que no desconectaran un equipo.

Aquel lugar seguía funcionando mientras ellos intentaban entender qué acababa de ocurrir.

—No vuelvas a besarme para evitar una conversación —dijo él.

Scarlett bajó los ojos hacia la carpeta que había quedado sobre la mesa.

—No sabía que iba a hacerlo.

Era una mentira pequeña comparada con las otras. Había sabido que acabaría besándolo. No había previsto la incomodidad de escucharlo hablar después.

—Octavio sabe que nos vemos —añadió.

—Acaba de dejarlo bastante claro.

—Entonces no tenemos que escondernos.

Julián soltó aire por la nariz.

—Él sigue siendo tu pareja.

Scarlett se apoyó en el borde de la mesa.

—¿Qué quieres que te diga?

—Algo que puedas sostener mañana.

Ella levantó la mirada.

Durante un instante pensó en prometer que dejaría al magnate. Habría sido fácil. Él quería creerlo y, en aquel momento, ni siquiera le habría pedido una fecha.

Pero una promesa así podía obligarla a inventar explicaciones demasiado pronto.

—Quiero volver a verte —dijo—. Eso sí puedo sostenerlo.

Julián miró hacia la puerta.

—Fuera de aquí.

Scarlett asintió.

Él tomó una tarjeta de la mesa y escribió una dirección en el reverso.

—El miércoles. A las ocho. Prepararé algo de cenar.

Ella recibió la tarjeta.

No había besos dibujados ni una reserva en un restaurante donde todos supieran que debían mirar hacia otra parte.

Había una dirección escrita a mano.

La guardó en el bolso con más cuidado del necesario.

⁂

Octavio la llamó cuando estaba en el ascensor.

—¿Funcionó?

Scarlett observó cómo cambiaban los números sobre la puerta.

—No hables así.

—¿Cómo quieres que hable?

El ascensor se detuvo en otro piso. Entró un hombre con una caja de muestras y ella esperó a que se cerraran las puertas.

—Voy a su casa el miércoles.

Al otro lado hubo una pausa.

—Bien.

Scarlett apretó el teléfono.

Había esperado unos celos, una pregunta que no perteneciera al encargo. Cualquier señal de que a Octavio le costara imaginarla besando a otro hombre.

—No le preguntes directamente por el ajuste —continuó él—. Necesito que averigües dónde conserva una copia fuera de los servidores.

—¿Por qué supones que la tiene en su casa?

—Porque nunca confía todo a un solo lugar.

—Quizá deberías preguntarte por qué.

—Quizá tú deberías recordar lo que estamos haciendo.

La llamada terminó antes de que Scarlett saliera al vestíbulo.

Se quedó un momento junto a una maceta, con el teléfono todavía en la mano.

Después buscó al conductor.

⁂

El miércoles eligió un vestido que podía quitarse sin ayuda.

Lo advirtió cuando ya estaba cerrando el broche de los pendientes.

Se miró en el espejo y se enfadó consigo misma, aunque no lo suficiente para cambiarse.

Llegó a casa de Julián con una botella de vino que costaba más de lo que debía costar una botella llevada a aquella cena. Le había parecido una cortesía al comprarla. En la puerta, con el ascensor antiguo a su espalda, empezó a parecerle una ostentación.

Él abrió con un paño de cocina en el hombro.

—Llegaste puntual.

—Estoy intentando mejorar mi reputación.

—Entonces voy a ocultar lo que se me quemó.

Scarlett sonrió.

El departamento era pequeño, pero no estaba desordenado. Había libros en una pared completa, dos plantas junto a la ventana y una mesa redonda cubierta con un mantel que conservaba los pliegues de haber pasado mucho tiempo guardado.

En la cocina olía a ajo y a mantequilla.

Julián recibió el vino.

Leyó la etiqueta y después la miró.

—Me dijeron que era bueno —se adelantó ella.

—Yo iba a decir que no tengo las copas adecuadas.

Sacó dos vasos.

Scarlett dejó el bolso junto al sofá.

Desde allí podía ver una puerta entreabierta. Dentro había un escritorio, un archivador metálico y una lámpara encendida.

—¿Puedo ayudar?

—Sí. Impide que vuelva a tocar el horno.

La cena tenía una esquina demasiado tostada y otra casi perfecta. Julián intentó servirse la peor parte. Scarlett cambió los platos antes de que se sentara.

—No me invites si vas a tratarme como inspectora de sanidad.

Él rio.

Era la primera vez que lo escuchaba reír sin contenerse.

⁂

Durante la comida, Julián le preguntó por su madre.

Scarlett dejó el vaso sobre la mesa.

—Vive al otro lado de la ciudad.

—¿La ves seguido?

—Menos de lo que debería.

—Eso lo dice casi todo el mundo.

—Mi madre también. Pero sobre mí.

Le contó que trabajaba haciendo arreglos de ropa, aunque ya no aceptaba vestidos de novia porque las novias lloraban demasiado y luego discutían el precio.

Julián sonrió.

—La mía cosía uniformes.

Scarlett lo sabía.

Clavó el tenedor en un trozo de verdura para no responder demasiado deprisa.

—¿Te enseñó?

—A enhebrar una aguja. Nunca conseguí que un botón quedara en el sitio correcto.

Él señaló el mantel.

—Lo hizo ella.

Scarlett pasó los dedos por la orilla.

Había una costura diminuta, casi invisible.

De pronto recordó la carpeta que guardaba en un cajón de su departamento. Una vida resumida por alguien que había decidido qué dolor podía serle útil.

—Es bonito —dijo.

Julián la miró unos segundos antes de recoger los platos.

Scarlett se levantó con él.

Lavaron juntos. Ella enjuagaba y él secaba. El espacio entre el fregadero y la pared los obligaba a rozarse cada vez que cambiaban de lugar.

Cuando Julián se inclinó para guardar una fuente, Scarlett le tocó la nuca.

Él se volvió.

Esta vez no hubo una carpeta que pudiera utilizarse como excusa.

Julián la besó junto al fregadero, con las manos todavía húmedas.

Scarlett lo acercó por la camisa.

El teléfono sonó dentro de su bolso.

Ambos lo oyeron.

Ella tardó un segundo en apartarse.

—Puedes contestar —dijo él.

La pantalla mostraba el nombre de Octavio.

Scarlett silenció la llamada.

—No es urgente.

Julián se secó las manos.

—¿Cómo lo sabes?

Ella dejó el teléfono boca abajo.

—Porque si lo fuera llamaría a otra persona.

⁂

Más tarde, Julián recibió una llamada de Vera.

Scarlett estaba sentada en el sofá, descalza, hojeando un libro de fotografías.

Él escuchó en silencio.

—No reinicien nada —dijo al fin—. Mañana lo reviso.

Se levantó y entró en el estudio.

Scarlett mantuvo el libro abierto.

Lo oyó buscar papeles.

—La comparación está en el respaldo… No, en ese no. En el registro previo.

El tono de Julián se volvió más bajo.

Scarlett alzó la vista.

Desde el sofá veía parte del escritorio y la mano con la que él sostenía el teléfono. La otra abrió un cajón.

Sacó una carpeta gris.

En la cubierta había una etiqueta escrita a mano:

CONTINUIDAD. REGISTRO DE AUTORÍA.

Julián pasó varias páginas.

Scarlett sintió que el corazón le golpeaba demasiado fuerte.

No era el protocolo, o no necesariamente. Pero aquellas palabras respondían a una parte de lo que Octavio había pedido.

Sacó su teléfono del bolso.

La cámara tardó en abrirse.

Julián estaba de espaldas.

Scarlett amplió la imagen y tomó una fotografía.

El sonido estaba desactivado.

Miró el resultado apenas un instante. La etiqueta se leía.

Guardó el teléfono cuando él volvió.

—Perdona.

—¿Todo bien?

—Un archivo mal identificado. Han comparado datos que no correspondían.

Scarlett cerró el libro.

—¿Por eso necesitas guardar copias aquí?

Julián se quedó quieto.

Ella señaló vagamente el estudio.

—Te oí hablar del respaldo.

Él se sentó a su lado.

—Guardo versiones anteriores. A veces necesitas saber cuándo te equivocaste para entender por qué algo funciona ahora.

Scarlett apoyó el libro sobre sus rodillas.

—Octavio cree que podrías terminar pronto.

Julián la observó.

Ella no apartó los ojos.

—Habla de eso constantemente —añadió—. Como si ya estuviera vendido.

Él se quitó las gafas.

—Para él siempre está vendido antes de existir.

—Ha puesto mucho dinero.

—Sí.

La respuesta, sencilla, la sorprendió.

Julián dejó las gafas sobre la mesa.

—El equipo merece cobrar. Mantener un laboratorio cuesta. No creo que todo pueda hacerse con buenas intenciones.

—Pero quieres regalar el descubrimiento.

—Quiero que otros puedan estudiarlo y mejorarlo. Y que nadie tenga derecho a decidir que una persona no puede acceder solo porque no alcanza un precio fijado para unos cuantos.

Scarlett recordó la llamada de Octavio.

¿Funcionó?

—Aunque tengas razón, vas a necesitar dinero —dijo.

—Lo sé.

—Muchísimo.

—También lo sé.

Ella buscó una respuesta más soberbia, algo que le permitiera considerarlo un ingenuo. Julián parecía conocer las dificultades y seguir allí de todos modos.

—¿Y qué vas a presentar el viernes?

Él la miró.

Scarlett sintió el impulso de retirar la pregunta.

—Una actualización de resultados —respondió—. Nada que cambie las condiciones del proyecto.

Ella asintió, fingiendo que la precisión no le interesaba.

Julián tomó el libro y lo dejó en la mesa.

—Ya hablamos suficiente de mi trabajo.

Scarlett dejó que le acariciara la mano.

Por primera vez aquella noche, agradeció no tener que seguir preguntando.

⁂

Se marchó poco antes de medianoche.

Julián la acompañó hasta la puerta.

—Puedes quedarte —dijo.

Scarlett lo besó.

Quedarse habría sido útil. También habría sido más fácil de lo que quería admitir.

—Hoy no.

Él asintió sin pedir explicaciones.

En el ascensor, Scarlett abrió la fotografía.

La carpeta aparecía al fondo, algo inclinada. También se veía la mano de Julián y, junto al teclado, una taza con el borde roto.

Recortó la imagen hasta dejar solo el título.

Octavio había enviado tres mensajes.

Scarlett adjuntó la fotografía.

Tiene documentación de autoría en casa. Presentará resultados, no una cesión.

La respuesta llegó de inmediato.

Por fin.

Ella se quedó mirando esas dos palabras.

Después recibió un mensaje de Julián.

Avísame cuando llegues.

Scarlett cerró los mensajes.

Bajó del ascensor y cruzó el portal sin mirar al guardia. En el automóvil volvió a encender el teléfono.

Escribió a Julián:

Gracias por la cena.

Antes de enviarlo, añadió:

Me gustó estar contigo.

Era verdad.

La envió de todos modos.