Capítulo 5 de 20

El lugar que le daban

El viernes, Scarlett esperó en una sala donde las sillas eran más cómodas que en el resto de Helix.

Octavio la había citado a las once. Eran las once y veintisiete.

Sobre una mesa había agua embotellada, revistas de arquitectura y un informe de la fundación con Inés Valcárcel en la portada. Scarlett lo abrió por la mitad para no verla.

—Ese ejemplar tiene una errata en la página dieciséis.

Levantó la cabeza.

Inés estaba en la puerta.

En persona parecía menos serena que en las fotografías. Tenía una marca roja en la muñeca, donde se había quitado un reloj, y llevaba una carpeta demasiado llena para cerrar bien.

—Pusieron dos veces el presupuesto del mismo programa —añadió—. Si va a revisarlo, prefiero advertírselo.

Scarlett cerró el informe.

—Solo estaba esperando.

—Aquí todos esperamos a alguien.

Inés se acercó a la mesa y dejó la carpeta. No le ofreció la mano.

Scarlett se puso de pie de todos modos.

—Soy Scarlett.

—Lo sé.

El silencio que siguió fue corto, pero suficiente.

Inés acomodó unas hojas que se habían deslizado fuera de la carpeta.

—Octavio me comentó que colaboraría con nosotros.

—Todavía estamos viendo cómo.

—Eso entendí cuando pedí su propuesta y nadie supo encontrarla.

Scarlett sintió calor en el cuello.

Había imaginado muchas veces aquel encuentro. En algunas versiones Inés lloraba; en otras, la insultaba. Nunca había pensado que pudiera hacerle una pregunta de trabajo para la que no tenía respuesta.

—Trabajé en una galería —dijo.

—Sí. También me lo comentó.

Inés levantó la carpeta.

—No permita que le pongan un cargo que no pueda explicar. Siempre termina siendo un problema para quien lleva la credencial.

Se marchó antes de que Scarlett contestara.

Ella permaneció de pie.

Luego se quitó la identificación provisional y la guardó en el bolso.

⁂

Octavio llegó a las once y cuarenta.

Miró la sala vacía, salvo por ella.

—¿Pasó Inés?

—Tu esposa sabe quién soy.

Él cerró la puerta.

—No es el momento.

—¿Para quién?

—Tenemos una reunión en veinte minutos.

Scarlett tomó el bolso.

—Entonces no me hagas perderlos.

Octavio la sujetó suavemente del codo antes de que llegara a la salida.

—Necesito que estés tranquila.

Ella miró su mano hasta que él la retiró.

—No vuelvas a traerme aquí con un empleo inventado.

Octavio dejó escapar un suspiro.

—Te ofrecí una oportunidad.

—No sabría decirte cuál.

Él la observó con una atención fría.

Scarlett conocía el riesgo de prolongar aquella discusión. Al otro lado de la puerta estaba la empresa. Dentro, ella llevaba zapatos que él había pagado.

Fue Octavio quien cambió de tema.

—Después de la demostración habrá una comida. Quiero que te sientes junto a Ferrer.

—¿También quieres decidir qué le pongo en el plato?

—Quiero que recuerdes por qué estás aquí.

Scarlett se colgó el bolso al hombro.

Sí. Lo recordaba.

El departamento.

Los dos millones.

Una vida en la que nadie pudiera pedirle que se marchara porque había dejado de resultar conveniente.

—Voy a recordar cada cosa —respondió.

⁂

Julián la vio entrar al auditorio con Octavio.

No se acercó enseguida. Estaba junto a Vera, revisando una presentación en una computadora. Llevaba una corbata oscura que parecía haber anudado con disgusto.

Scarlett esperó a que Vera se apartara.

—Te queda bien —dijo.

Julián bajó la vista hacia la corbata.

—Me la prestaron.

—¿Piensas devolverla?

—Antes de que alguien me asigne más responsabilidades.

Ella sonrió, pero él no.

—No sabía que venías.

—Yo tampoco sabía para qué me habían citado.

Julián miró hacia Octavio, que saludaba a dos inversionistas.

Scarlett bajó la voz.

—No me mires como si acabara de confesarte algo desagradable.

—Estoy intentando entender.

—Sigo viéndolo. Ya lo sabías el miércoles.

Él dejó la computadora.

—El miércoles estábamos en mi casa.

Scarlett sintió una punzada de impaciencia.

Lo quería receptivo, deseoso de creerla. No había contado con que también tuviera días difíciles.

—¿Te arrepientes?

Julián la miró a los ojos.

—No.

La respuesta la calmó más de lo que debía.

Antes de que pudiera acercarse, llamaron al doctor al estrado.

⁂

Scarlett entendió la demostración por partes.

Había imágenes de tejido, curvas de respuesta y una secuencia de registros que Julián explicó con cuidado. No prometió inmortalidad. Habló de límites, de fallos anteriores y de aquello que todavía no podían garantizar.

Octavio intervino desde la primera fila.

—Pero estamos ante un procedimiento reproducible.

Julián sostuvo el control de la presentación entre las manos.

—Bajo las condiciones que acabamos de describir.

—Con el equipo adecuado.

—Y con evaluación individual. El ajuste de un paciente no sirve para otro.

Un inversionista preguntó si podían reducir el tiempo de preparación.

Vera respondió antes que Julián.

—Reducirlo no equivale a mejorarlo.

Scarlett observó a Octavio.

Tenía la expresión amable que reservaba para las objeciones dichas en público.

Al terminar, pidió a Julián que se quedara un momento con los asistentes principales.

Sobre la mesa ya había una carpeta preparada.

Scarlett reconoció el gesto: Octavio la abrió por la página que requería una firma.

Julián leyó de pie.

Después volvió varias hojas hacia atrás.

—Esto no es un acta de resultados.

Octavio no levantó la voz.

—Incluye la autorización para el siguiente paso.

—Incluye una licencia exclusiva.

Una mujer de traje azul se acercó.

—Es provisional, doctor.

—Tiene una duración de veinte años.

Nadie respondió inmediatamente.

Scarlett miró la hoja. Desde donde estaba alcanzaba a ver los pequeños marcadores de colores junto a los espacios en blanco.

Julián cerró la carpeta.

—Envíen el documento a mi representante.

—Podríamos resolverlo hoy —dijo Octavio.

—Hoy resolvimos lo que estaba programado.

La comida comenzó doce minutos después.

Todos hablaron como si no hubiera ocurrido nada.

⁂

Scarlett se sentó junto a Julián.

Octavio ocupó la cabecera y pidió vino.

Durante el primer plato habló de ampliar instalaciones. Durante el segundo, de los pacientes que algún día viajarían desde otros países. Una de las invitadas preguntó por las listas de espera.

—Habrá criterios de admisión —respondió él.

—¿Clínicos? —preguntó Julián.

Octavio dejó los cubiertos.

—Por supuesto.

Scarlett bebió agua.

Debajo de la mesa, apoyó los dedos sobre la rodilla de Julián.

Él volvió el rostro hacia ella.

Scarlett le sostuvo la mirada un instante. Quería aliviarlo. También quería que Octavio viera hasta dónde estaba dispuesta a llegar sin necesitar instrucciones.

Julián cubrió su mano con la suya.

No la apartó.

Aquello la conmovió de una forma que habría preferido poder controlar.

Al final de la comida, él se ofreció a acompañarla a la salida.

⁂

—No quiero volver a sentarme en una mesa así —dijo Julián cuando estuvieron solos.

Scarlett se detuvo junto al ascensor.

—No sabía lo del contrato.

—No digo que lo supieras.

Pero había pensado en preguntárselo. Ella lo oyó en la pausa.

—Me gustaría ir contigo.

Él miró los números del ascensor.

—Tengo trabajo.

—Después.

Julián se pasó una mano por la cara.

—Hoy no sería buena compañía.

Scarlett le acomodó la corbata.

—Podrías dejar que yo lo fuera.

Él le sostuvo la muñeca, sin fuerza.

Durante un instante ella creyó que iba a rechazarla.

—A las nueve —dijo.

⁂

Octavio la llamó antes de que saliera del estacionamiento.

Scarlett hizo que el conductor esperara.

—¿Vas a verlo? —preguntó él.

—Sí.

—Necesito la carpeta gris completa.

Ella miró el parabrisas.

—Una fotografía no fue suficiente.

—Necesito saber qué pruebas conserva y qué parte del procedimiento está fuera de la empresa.

Scarlett bajó la voz.

—No voy a entrar y pedírsela.

—No te pedí que se la pidieras.

El conductor ajustó el espejo retrovisor.

Scarlett se volvió hacia la ventanilla.

—Tampoco voy a improvisar.

—El lunes viajo. Quiero algo antes de volver.

Ella dejó pasar unos segundos.

—Quiero hablar del departamento.

Octavio guardó silencio.

—La semana próxima —dijo.

—Quiero ver el documento.

—Cuando hayas cumplido.

Scarlett miró su reflejo en el cristal.

—Entonces los dos estamos esperando algo.

Colgó.

Esta vez no esperó que él llamara de nuevo.

⁂

Julián abrió la puerta sin corbata.

Había dos platos sobre la mesa, pero ninguna comida preparada.

—Pensé en pedir algo —dijo.

Scarlett dejó el bolso.

—Me parece perfecto.

Él la besó antes de que terminara de quitarse el abrigo.

Durante el trayecto había preparado preguntas, excusas para acercarse al estudio y una forma de dejar el teléfono oculto bajo la mano. Todo aquello se volvió difícil de recordar mientras Julián le acariciaba el cabello.

—Hoy fui injusto contigo —murmuró él.

Scarlett lo miró.

No le pidió que explicara.

Temía que, si lo hacía, encontrara algo que todavía no había visto.

Pidieron comida. La dejaron enfriarse.

Más tarde, en la habitación, Julián la miró como si le sorprendiera que hubiera elegido quedarse. Scarlett conocía el efecto de su cuerpo sobre los hombres. Aquella atención, sin embargo, le exigía algo distinto de la seguridad con la que solía desnudarse.

Por un momento quiso contarle una verdad que no sirviera para conseguir nada.

No lo hizo.

Se quedó con él hasta que la respiración de Julián se volvió lenta.

Entonces abrió los ojos.

El departamento estaba oscuro.

Scarlett recogió su ropa sin encender la luz. Se puso la blusa y caminó descalza hasta el estudio.

Sabía qué cajón era.

Lo abrió despacio.

La carpeta gris seguía allí.

La llevó al escritorio y separó la cubierta.

Las primeras páginas contenían fechas, anotaciones y comprobantes de depósito de documentación. Había nombres de instituciones, referencias a versiones anteriores y una carta dirigida a Julián. Después comenzaban los registros técnicos.

Scarlett sacó el teléfono.

Fotografió la primera hoja.

La segunda.

Al levantar la tercera, vio una anotación en el margen.

Revisar costo mínimo. No confundir acceso abierto con acceso real.

Se quedó quieta.

Después tomó también esa fotografía.

Llevaba diecisiete cuando oyó un ruido en el pasillo.

Guardó la carpeta con demasiada rapidez. Una esquina quedó atrapada al cerrar el cajón.

Tiró suavemente hasta liberarla.

—¿Scarlett?

Julián estaba en la puerta del dormitorio.

Ella dejó el teléfono junto al teclado.

—Buscaba papel.

Él encendió una lámpara del pasillo.

Scarlett levantó un bolígrafo que había sobre el escritorio.

—Quería dejarte una nota antes de irme.

Julián tenía el cabello revuelto y una marca de almohada en la mejilla.

—¿Te vas?

La pregunta no contenía sospecha.

Eso la ayudó.

—Tengo que pasar por casa.

Él se acercó y sacó una hoja de una bandeja.

—Hay café.

Scarlett recibió el papel.

Julián le besó la sien y fue a la cocina.

Ella esperó a que dejara de verla.

Luego abrió las fotografías, seleccionó todas y pulsó enviar.

El nombre de Octavio apareció sobre las diecisiete imágenes.

Scarlett dejó el teléfono boca abajo.

En la hoja escribió:

Me gustó quedarme.

Leyó la frase.

Desde la cocina, Julián le preguntó cómo tomaba el café.

Scarlett dobló la nota y la guardó en el bolso.

—Con un poco de leche —respondió.

Fue a sentarse con él.