Capítulo 6 de 20
Una llave sin promesa
A Julián le gustaba verla desayunar.
Scarlett lo descubrió al tercer bocado, cuando levantó la vista y lo encontró sonriendo detrás de la taza.
—¿Qué?
—Nada.
—Tengo algo en la cara.
—No.
Ella se limpió de todos modos.
Sobre la mesa había pan tostado, mantequilla y un frasco de mermelada que Julián había abierto golpeando la tapa con el mango de una cuchara. La cocina recibía una luz opaca. En el edificio de enfrente alguien sacudía una alfombra por la ventana.
Scarlett había pasado muchas mañanas en lugares más hermosos.
En ninguna recordaba haber tenido tanto cuidado con lo que decía.
El teléfono estaba junto a su plato.
No había vuelto a vibrar desde que envió las fotografías.
—¿Dormiste bien? —preguntó Julián.
—Sí.
Él la miró un instante.
Scarlett untó demasiada mantequilla en el pan.
—Te despiertas muy temprano —añadió.
—Hoy me despertaste tú.
Ella sostuvo la mirada.
—Perdón.
—No me molestó.
Julián extendió el brazo y le apartó un mechón de la boca.
Scarlett quiso besarle la mano.
En lugar de hacerlo, tomó el café.
⁂
Octavio tardó hasta el mediodía en responder.
Faltan los anexos técnicos.
Scarlett leyó el mensaje en el baño de su departamento.
Llevaba veinte minutos bajo el agua cuando lo oyó vibrar.
Escribió con los dedos húmedos:
Fotografié todo lo que había en esa carpeta.
La llamada llegó antes de que pudiera dejar el aparato.
—Hay referencias a un módulo que no aparece —dijo él.
—Entonces no estaba ahí.
—Eso ya lo sé.
Scarlett se envolvió en una toalla.
—También había documentación de autoría. Me la pediste.
—Y la tengo. Ahora necesito lo demás.
Ella apoyó una mano en el lavabo.
—Quiero ver lo del departamento antes de seguir.
Octavio guardó silencio.
—Scarlett, no conviertas cada conversación en un regateo.
—Tú la empezaste diciendo que faltaba una parte.
—El martes podrás hablar con mi abogado.
—¿Para firmar?
—Para revisar.
Se apartó el cabello mojado de los hombros.
—El martes —repitió.
Colgó antes de que él añadiera otra condición.
⁂
Julián no la llamó durante el fin de semana.
Le escribió una vez para preguntar si había encontrado demasiado tráfico al volver. Después, nada.
Scarlett revisó su teléfono mientras Octavio dormía la siesta en el sofá.
El magnate había llegado el domingo con comida de un restaurante caro y un humor excelente. Había adelantado el viaje: su vuelo salía aquella noche, en lugar del lunes. No mencionó las fotografías.
Scarlett se sentó al otro extremo del sofá y observó sus zapatos sobre la alfombra.
Octavio abrió los ojos.
—Ven.
Ella se acercó.
Él apoyó la cabeza en sus piernas.
Durante dos años había deseado aquella confianza doméstica, la libertad de tocarlo sin que él mirara el reloj. Ahora tenía los dedos en su cabello y estaba pensando en otro hombre.
No con ternura.
Con preocupación profesional, se dijo.
Necesitaba que Julián volviera a buscarla.
—¿Qué haces? —preguntó Octavio sin abrir los ojos.
Scarlett dejó el teléfono.
—Nada.
—Estás distraída.
Ella le acarició la frente.
—Tengo cosas que pensar.
—No pienses tanto.
Octavio volvió a dormirse.
Scarlett permaneció inmóvil hasta que le dolieron las piernas.
⁂
El lunes encontró a Julián en la cafetería frente a Helix.
Habían quedado a petición de ella.
Él se levantó cuando la vio y la besó en la boca. El gesto fue breve, natural. Una mujer en la mesa contigua alzó los ojos y volvió a su computadora.
Scarlett se sentó.
—Creí que te habías arrepentido de lo del viernes.
Julián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No me llamaste.
—Tú tampoco.
Ella abrió la boca y la cerró.
Julián dejó escapar una sonrisa.
—No se me ocurrió que hubiera un turno.
—No lo hay.
—Entonces podemos llamarnos los dos.
Scarlett miró la carta aunque ya sabía qué iba a pedir.
Con él no funcionaban algunas maniobras que había utilizado durante años. La distancia que debía provocar deseo podía parecerle simplemente distancia. Un reproche delicado podía recibir una solución literal.
—¿Trabajaste todo el fin de semana?
—Una parte.
—¿Pasó algo?
Julián miró hacia la ventana.
—Están preguntando demasiado por documentos que antes no les interesaban.
Scarlett mantuvo los dedos sobre la carta.
—¿Quiénes?
—Los abogados de Helix.
La mesera se acercó. Ella pidió agua.
Cuando volvieron a quedarse solos, Julián continuó:
—Quieren que justifique algunos depósitos de mi investigación anterior. Citan fechas que no figuran en los informes que entregué.
Scarlett sintió una presión debajo de las costillas.
—Quizá consiguieron los registros por otra vía.
—Quizá.
Él no parecía mirarla de manera distinta.
Aun así, Scarlett retiró las manos de la mesa.
—¿Eso puede perjudicarte?
—Puede hacerme perder tiempo.
—¿Solo eso?
Julián tardó en responder.
—No quiero pasarme la vida defendiendo el derecho a terminar mi trabajo.
Había cansancio en su voz.
Scarlett estuvo a punto de ofrecer consuelo, pero él se inclinó hacia ella.
—Vera va a venir a cenar el jueves. Me gustaría que estuvieras.
La invitación la tomó desprevenida.
—¿Ella sabe…?
—Que nos vemos, sí.
—¿Y qué piensa?
—No le he pedido una evaluación.
Antes de despedirse, Julián consultó una notificación de su teléfono.
—El próximo lunes tengo que retirar unos originales de casa y llevarlos a Amalia. Después estaré más libre.
Scarlett le preguntó quién era Amalia.
—Mi representante —respondió él—. La abogada de la que te hablé en Helix.
Ella recordó la carpeta gris y dejó que la mesera recogiera las tazas antes de seguir hablando.
Scarlett sonrió.
Por dentro calculó cuánto sabía Vera y cuánto podría averiguar durante una cena.
⁂
El martes, el abogado de Octavio le mostró un documento con numerosas marcas de revisión.
No era la escritura del departamento.
Era una propuesta de transmisión sujeta a varias condiciones que no supo encontrar en una primera lectura.
Scarlett pidió llevársela.
El abogado vaciló.
—Se la enviaré cuando quede autorizada.
—Quiero esta versión.
—Todavía puede cambiar.
—Precisamente.
Consiguió una copia.
La guardó sin agradecerla.
Aquella noche, Octavio la llamó desde el aeropuerto.
—¿Estás contenta?
Scarlett tenía las hojas extendidas sobre la mesa.
—Hay una cláusula que permite revocar todo si incumplo obligaciones de confidencialidad.
—Es lo normal.
—También hay obligaciones que se definirán después.
Octavio suspiró.
—Eso se corrige.
Ella miró el espacio vacío donde debía figurar la firma de él.
—Julián va a retirar unos originales el lunes.
Hubo silencio.
Scarlett oyó un anuncio de embarque.
—¿De su casa? —preguntó Octavio.
—No lo sé todavía.
—Averígualo.
Ella cerró la carpeta.
—Primero corrige esto.
⁂
La doctora Salcedo llegó con una bolsa de mandarinas y una botella de vino corriente.
Scarlett había llevado un postre.
Se saludaron en la entrada del departamento de Julián, las dos con algo entre las manos.
—Podríamos haberlo organizado —dijo Vera.
—Todavía podemos cenar solo esto —respondió Scarlett.
Vera la observó un segundo y sonrió.
Durante la comida hablaron de un vecino que llevaba semanas haciendo reformas, de los estudiantes que Vera supervisaba y de una película que Julián no había entendido.
Scarlett intervino lo suficiente para no parecer incómoda. También escuchó.
Vera no lo trataba con admiración. Se burlaba de sus horarios, le recordaba comprar comida y discutía con él sin suavizar las palabras. A Scarlett le molestó reconocer una intimidad que no tenía nada de romántica y que, precisamente por eso, resultaba más difícil de alcanzar.
Cuando Julián fue a buscar café, Vera recogió los platos con ella.
—¿Sigues trabajando con la fundación? —preguntó.
—Todavía no hay nada definido.
—Comprendo.
Scarlett puso dos vasos en el fregadero.
—Puedes preguntármelo directamente.
Vera dejó de recoger.
—¿Qué cosa?
—Lo que quieras saber de Octavio.
La doctora sostuvo un plato entre las manos.
—No necesito conocer tu relación con él.
—Pero te preocupa.
—Me preocupa Julián.
Scarlett apoyó las palmas en la encimera.
—No es un niño.
—Por eso no le digo con quién debe estar.
Vera depositó el plato y bajó la voz.
—Tampoco voy a fingir que las circunstancias no existen.
Scarlett sintió el impulso de contestar algo cruel. Bastaba con insinuar que a Vera le incomodaba perder un lugar que nunca había sabido pedir.
No lo hizo.
La atención de Vera tenía poco que ver con los celos.
Eso era más peligroso.
—A mí también me importa —dijo Scarlett.
Vera la miró.
—Entonces ten cuidado con él.
Julián regresó con las tazas.
Scarlett recibió la suya y cambió de tema.
⁂
Vera se marchó antes de las once.
Julián cerró la puerta y volvió hacia Scarlett.
—¿Fue terrible?
—Me enseñó los dientes sin dejar de sonreír.
Él se quedó serio.
—Hablaré con ella.
—No hace falta.
Scarlett lo tomó de la camisa.
—No quiero que tengas que defenderme de todo el mundo.
—No eres una acusada.
Ella lo besó para que no siguiera hablando.
Más tarde, mientras se quitaba los pendientes en el dormitorio, vio el teléfono de Julián encenderse sobre la cómoda.
En la pantalla apareció un recordatorio.
Lunes, 9:00. Revisar inventario y retirar originales.
Scarlett leyó la frase antes de apartar los ojos.
Julián salió del baño secándose las manos.
Ella siguió buscando el cierre del pendiente.
—¿Tienes mucho trabajo la semana próxima?
Él miró el aviso.
—Trámites.
Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón.
Scarlett se sentó al borde de la cama.
Los originales de los que le había hablado el lunes.
Si los retiraba, Octavio perdería una oportunidad. Y si ella preguntaba demasiado, podía perderla antes.
Julián se arrodilló frente a ella para recoger un pendiente que había caído al suelo.
Se lo puso en la palma.
—Siempre se te pierde algo.
Scarlett cerró los dedos alrededor de la pequeña piedra azul.
⁂
El viernes, Julián le entregó una llave.
Lo hizo en la cocina, mientras buscaba una bolsa para que ella se llevara el postre que había sobrado.
—El portero a veces no escucha el timbre.
Scarlett miró la pequeña pieza de metal.
—¿Quieres que la tenga?
—Si vas a seguir viniendo.
Ella extendió la mano.
Julián dejó la llave sobre sus dedos y volvió al refrigerador.
No hubo una condición que debiera cumplirse después. Tampoco una conversación sobre cuánto tiempo podía conservarla.
Scarlett la guardó en un bolsillo interior del bolso.
Desde allí podía ver la puerta del estudio.
Pensó en el lunes. En los originales. En la escritura sin firmar que la esperaba en su departamento.
Julián regresó con el recipiente.
—¿Todo bien?
Scarlett alzó la cara y sonrió.
—Sí.
Lo abrazó antes de marcharse.
Mientras él le acariciaba la espalda, ella calculó cuántas horas pasaría fuera de casa al día siguiente.